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Tel. Alhaurin.com 678 813 376 Telf. de interés Su opinión Clientes Colaboraciones Normas de Alh.com Buscador Anúnciese aquí Hemeroteca Todas las carpetas •3 usuarios en línea • Miércoles 12 de Agosto de 2020
Relatos de  mi casa viva…
De la vez en que me dieron paperas
Cuentos y relatos globales. 12.07.20 
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Pienso en mi primera enfermedad; creo debió ser una ligera gripe que mi madre me curraría con tres “Mejoralitos” bebidos cada ocho horas en medio vaso de agua de azúcar y ya…pero de lo que sí hago claros y vívidos recuerdos es de aquel padecimiento en que, sin ganas para levantarme de mi cama y alistarme esa mañana para irme a la escuela, sin alientos ni para ir a desayunarme, como lo hacía de costumbre, esa vez no me fue posible ni pude hacerlo.
Mi madre, notando lo anterior, me despertó; me veía des-compuesto el semblante y, poniéndome una mano en la frente, me dijo: “Tienes fiebre”- y agregó- hasta la sábana está caliente.
Y, amorosa, ordenando me pusiera de pie, me revisó todo. Tenía mareo, me dolía la cabeza y me dolía la garganta, me palpó el cuello y otra vez dijo:
-Tienes paperas.
Inquieto y asaltado por el temor le pregunté:
-¿Y eso es malo?
-A todos los niños y niñas de 10 a 12 años, les da. Debemos cuidarte y por ahora no irás a la escuela- me respondió.
Mi nuevo escenario no cambiaba y entre tener paperas e ir a la escuela sin falta, prefería esto último pensando en que me atrasaría en mis materias de estudio.
El drama me cubrió de pie a cabeza y, por cancelar toda duda terrenal con relación a mi recién descubierta enfermedad, in-tranquilo, volvía a preguntarle a mi madre.
-¿Amá, y a Adán le dieron paperas?
-Mijo, en el paraíso, hasta antes del pecado original, no ha-bían enfermedades, y como él pecó fue siendo adulto, y eso da es cuando se un niño, a lo mejor no- y nuevamente añadió- no será la primera víctima si no te niegas a guardar reposo. Eso te lo pegaron en la escuela al toser o al estornudar alguien. Te toca andar cubierto y te apartaré tu utensilio. Me han dicho que se propagan, que es contagioso y que ni brinques ni hagas esfuerzos porque se te pueden bajar para los testículos y quedas estéril. Llamaremos al doctor Arango para ver que te receta.
Temeroso se me quedaron flotando en la mente estas palabras: no brinques, no hagas esfuerzos, son contagiosas, se propagan, testículos y estéril…no era algo para divertirme.
Traído por mi papá, al rato, vino mi casa viva, montado en su caballo de color retinto, “el terrorífico” pero acertado doctor Arango. Me sacaron a la puerta, me miró con sus ojos azules de discusión, y sin bajarse de la bestia, sin necesidad de indicarme que sacara la lengua ni de “despepitarme" los ojos, con voz de cachaco, dijo:
-Las parótidas.
… Y sacando del bolsillo de su camisa color caqui mangas largas un recetario y un lápiz, escribió y luego dijo y leyó:
-Cómpremele donde “la Niña Merce (la boticaria del pueblo), seis inyecciones de “Paratyrona Byla”, de 0.01 gramos, con su agua destilada, que yo vengo a aplicársela, una cada dos días. Si no hay de esas inyecciones, cómprenle ese mismo medicamento en pastillas y que ella les haga el preparado que ya sabe y le dan cuatro cuchadas en el día. Denle vitamina “d”, puede comer pescado, hígado de res, queso, yema de huevo, beber jugo de piña, de zanahoria , de naranja. Que guarde re-poso por 12 días. Póngale compresas frías para bajar la fiebre, “Mejoral” como analgésico y mucho, mucho líquido.
Y dicho esto, dándosele las gracias y casi sin recibir su paga, como para que yo le oyese, se fue con este recalcado monólogo de cinco palabras entre sus labios: “Mañana vengo a inyectarlo temprano”.
Y escuchando aquello, me dije: Dichoso Adán que no lo inyectaron.
Por doce días, viví mi incomodidad. Incontables fueron las atenciones de mis padres y sólo daré cuenta de lo agradable de mi dieta de enfermo, pero no así de las aterradoras inyecciones del doctor Arango.
Duré una semana “inmerso en mis paperas” sin asomarse a la puerta y así evitar que los amigos del barrio me dijeran “burro con paperas”; pero eso sí, untado de ceniza caliente con limón en la hinchada garganta. Aquello, dizque, decía Eloina, la vecina, “era la perra brava” contra el mal.
Aún despertaba con dolor de amígdalas y con sensación de mareo y era el termómetro medidor de mis fiebre, la mano de mi mamá en la frente diciéndome afectuosa:
-Estás tibiecito todavía.
A la semana siguiente, pude al fin descubrir de nuevo la be-lleza de las cosas. A mi hermana Cristina, no obstante la con-finaron en la casa de mi abuela, volviendo de allá, le dieron. A Carmen, mi otra hermana, caso extraño, le dieron cuando joven. Y de Jesús, mi hermano mayor, no sé o desconozco, porque él estudiaba en Barranquilla.
Cualquier día en referencia, el termómetro inequívoco de la mano de mi mamá, marcaría otra cosa favorable cuando, más amorosa que nunca, me dijo:
-Gracias a Dios, ya estás bien.
Y nunca como esa vez, tal expresión me hizo tan feliz, y mucho más viniendo de quien venía…Qué alegría viví por el resto de aquellos fechas y vivo hasta las actuales.
…¿Y de todo esto qué me quedó? Se preguntarán ustedes y ya les cuento: Me quedó el hermoso recuerdo de la penumbra de mi cuarto para que el niño no cogiera “un mal aire”, me quedó el tacto tibio de las sábanas de mi cama para que el niño, sudando, se le bajara la fiebre, me quedó la sensación cálida de mis calzadas chancletas de “Panam”, me quedó presente el contacto de la entrañable mano de mi mamá colocada como termómetro en mi frente, y de ella misma la maternal preocupación de decirme: “No sé explicármelo, pero quedaste flaco y con tanto que comías…Y, desde luego, me quedó el regocijo natural que me produjo la revisión médica del doctor Arango diciéndome que mis paperas no se me bajaron para los huevos…
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