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Debates  y elegancia
Jose Maria Barrionuevo Gil. 27.06.20 
Los que hace unos treinta años, distribuíamos nuestras horas de clase organizándonos para que las chicas y chicos pudieran, además de hacer ejercicios de lengua, de literatura y dictados, tener tiempo para coloquios, algún que otro cinefórum..., asistimos hoy día con bastante perplejidad a los debates que se desarrollan en las televisiones. Siempre pensamos que las palabras, tan llevadas y tan traídas que podíamos tomar entre participantes de un coloquio, eran por ellas mismas capaces para que se organizara una actividad eminentemente educativa. Se trataba de una actividad de proximidad y, además, de acercamiento y apertura a los demás. Aparte de la oportunidad de hablar en público, y no solo para soltar una lección aprendida de memoria, se veía con diáfana claridad que todos los temas y opiniones que se exponían no eran más que un reflejo de lo que se podía pensar y hablar en la calle. Sin embargo, ahora, cuando nos asomamos a lo más inmediato de las tertulias y debates que nos ofrecen las televisiones, nos podemos encontrar con un panorama (como visión general o total) poco educativo, un panorama de desencuentros, de alejamientos, de verdades absolutas inamovibles y, hoy día hasta inviolables, que son difíciles de descolocar de su peana,  porque esas verdades no pueden revestirse nunca de provisionalidad.
Por entonces, pasado ya un tiempo, que podemos llamar de bastante cortesía, de incorporación a nuestro nuevo trabajo en un pueblo grande, se nos preguntó qué nos parecía el pueblo. A bote pronto, y sin asesores, a pesar de que nosotros tampoco contamos con dietas para desplazamientos, se nos ocurrió decir que “nos parecía un pueblo en el que se cotilleaba mucho y se dialogaba poco”. Con el tiempo y, sobre todo, visto lo visto, hoy día España, nuestra querida España (Cecilia) es así. Del pueblo y sus malos hábitos hemos pasado, sin despeinarnos siquiera, a contagiar a España entera, a las televisiones, a las tertulias y hasta al Congreso de nuestros diputados y diputadas.
Las televisiones se llevaban la palma hasta hace poco, porque hemos podido ir comprobando que el guirigay que se armaba era de campeonato. En muchos casos, incluso marcas de medios de comunicación que parecen de prestigio, han ido cediendo ante el altar de la confusión y, especialmente, cuando al moderador o moderadora le encanta tomar partido y, sobre todo, con los de “la casa”. Así podemos observar que se ejerce más permisividad con unos que con otros de los participantes, y que los de “la casa” son precisamente los que más interrumpen y los que peores modales nos muestran para que nos enteremos como es debido de sus opiniones, llenando, a su vez, el plató de bastante ruido para que no podamos escuchar a los de la bancada del otro lado. Y tan es así que hasta cuando alguno de los contertulios está hablando, nos muestran la cara y, a veces, el careto de alguno de los contertulios oyentes, que deja con menor fuerza y efecto las palabras de quien está hablando en ese preciso momento, que queda algo así como un comentario en off.
Sin embargo, como “no todo el monte es orégano” ni todo territorio es un desierto, nos sorprendió el que las otras noches nos lleváramos un bocanada, no de exabruptos, sino de aire fresco que sentimos muy dentro de nosotros.
El caso fue que un médico, en un momento dijo algo así como que “los virus tenían vida”. Esta afirmación nos hizo tambalearnos en nuestras sillas, ya que hace varias semanas en el artículo “Noli me tangere” habíamos llegado a hacer la afirmación de “que los virus, a pesar de no estar vivos, son intolerantes con la depresión,...”. Incluso llegamos a pensar que éramos unos antiguos por no saber.
El debate o tertulia o coloquio, en cuestión, siguió por sus fueros normales y nadie saltó, ni para chupar cámara ni para atraer audiencia. Mucho menos para atacar el parecer del compañero que había hecho una afirmación que no estaba en consonancia con lo que se podía saber sobre el tema. Es más, incluso podemos pensar, y hasta suponer, que el asunto se había tratado con cierta pedagogía para que los espectadores no se descolocaran o distrajeran demasiado del asunto.
Lo que pasó, sencillamente, fue que, más tarde, un virólogo que formaba parte del debate, sin más alaracas ni desplantes, afirmó que “los virus no son seres vivos, porque no tienen metabolismo”.
Como podemos ver, el tema quedó zanjado y nosotros, además de tranquilos, disfrutamos de la elegancia de una persona de ciencia y que está preparada no solo científicamente sino también social y humanamente. Pensamos que la ciencia nos ayuda a la conciencia y a la educación.
josemª
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