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Las nuestras  y  los  nuestros
Jose Maria Barrionuevo Gil. 02.05.20 
Hablando con propiedad de nuestras propiedades, muchas veces nos devanamos los sesos y queremos presionarnos las neuronas para metérnoslas en un ovillo y que nos ocupen menos espacio, no sea que se nos vayan por esos campos de Dios y puedan ser asaltadas por cualquier pensamiento desaprensivo de los que pululan por doquier. No se trata de ir muy lejos. Podemos hasta aprovechar esta cuarentena, que al paso que vamos se nos hará mayor de edad, para pensar hacia dentro viendo lo poco y lo mucho que podemos ver hacia afuera.
Pensando y pensandillo, vemos claramente que no nos podemos desentender de lo que en estos tiempos, ahora por bastantes días, nos está pasando y además con un desprecio de la oportunidad turística y empresarial de tanto valor y precio. Claro que a este precio tan alto, podemos pensar que  no son despreciables los valores que habíamos olvidado y que estábamos dejando de apreciar.
Siempre nos han contado que la propiedad privada fue fruto de un pensamiento muy sencillo, cuando a alguien le dio por decir: “Esto es mío” y los demás se lo creyeron, porque en ello no les iba la vida. Posteriormente, ya fueron subiendo las contrapartidas, que no los criterios, y ya la vida podía ser enajenada por lo mismo: “Porque esto es mío”.
Cuando fuimos creciendo en número y hasta en saber, pero sobre todo en gobierno, ya hubo que rastrear senderos, roturar campos, colonizar territorios, porque en ello se nos iba, a veces, la vida, aunque tuviéramos conciencia de que, con todo, todavía no nos resultaba corta.
Poco a poco y, a veces, a la velocidad de los imperios, pensamos que no iba quedando sitio ni bienes para todos. Ya la apropiación indebida se hizo ley, la del más fuerte. Y la ley del más fuerte, para que a nadie le cogiera en la ignorancia, se hizo acreedora de todos los créditos y creencias. La ley del más fuerte llegó a defender a bombo, platillo e, incluso, a espada, su superioridad y excelencia como si de un dios se tratara. Los titanes de la fuerza crearon escuela y las leyes les amparaban sobremanera. Se sacaron de la manga todas las leyes que les vinieron en ganas y, sobre todo, aquella que hizo de la prepotencia su santo y seña, consagrando el autoritarismo y absolutismo, pues la ofensa se medía por  la desigual dignidad del ofendido, sin atenuantes, pues se defendía categóricamente que “Todos los hombres reconocen que una injuria es tanto más grave cuanto mayor es la dignidad de la persona ofendida; de donde se infiere que  la duración del castigo, lejos de decrecer en función de la bajeza del culpable, naturalmente debería crecer en razón directa a esta bajeza” (“El ateo convertido” de Juan José Delauro-Dubez. Vitoria, 1842, pág. 65).
Con este castigo del COVID-19 que nos ha sobrevenido, tenemos que admitir con humildad que somos de tierra y que la Naturaleza se está rebelando contra nosotros por la apropiación indebida que estamos haciendo de ella. La deforestación, el asalto a la biodiversidad, el comercio de animales exóticos, la acumulación de basuras en los mares... nos está exponiendo desde hace tiempo a estos  “nada pequeños peligros”, que se agigantan ante nuestra miopía, como son el sida, la gripe A, el ébola y, ahora, el coronavirus-19, que nos empequeñecen tanto que nos pueden dejar fuera de juego.
Ya va siendo hora de que lo mismo que la manzana “golpeó” a Newton, los virus nos den con la misma eficacia natural en nuestras modernas mentalidades tan pagadas de inventos, comercios, finanzas y viajes turísticos, que nos deslumbran y, a la vez, nos impiden ver los bosques que vamos a seguir talando, los mares que vamos a seguir surcando y envenenando, las enfermedades que podemos seguir  adquiriendo  gratuitamente y que nos recluyen, porque necesitamos espacios interiores que nos hagan merecedores de nuevas reflexiones y meditaciones para que nuestra Tierra pueda seguir girando con la elegancia y belleza de siempre.
Nuestro afán acaparador, haciendo de las nuestras, como siempre, por culpa de nuestros caprichos, también, entre ellos,  hasta el capricho de la posesión de los animales exóticos, nos ha traído, y lo sabemos ya, la visita de virus exóticos que nos han  tumbado  de golpe nuestro egregio vicio de la apropiación indebida y, por ello  “las nuestras” ya son esas enfermedades  que “cogemos” por lo agonías que somos y “los nuestros” somos todos nosotros que nos infectamos con estas pandemias, que ya están infestando salvajemente a toda nuestra tan amable pero  tan maltratada Tierra.
josemª 
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