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Crónicas  del  otro  “Macondo” -Historias  para  ganarle  al  olvido-
El enigma de la escalera de la iglesia de mi pueblo

Cuentos y relatos globales. 29.03.20 
*Todos quieren subir la escalera hacia el éxito y algunos no se dan cuenta de los dos primeros pasos. Lo que quieren es correr. “ —  Nicki Minaj rapera, cantante, compositora, actriz y modelo trinitense y estado anídense 1982
Escribe; Walter  E. Pimienta Jiménez.- De pronto, como si por encanto se hubiera desaparecido, la gente del pueblo dejó de ver la histórica larga escalera de madera que, apoyada a un costado de la iglesia, se usaba para subir a su alta torre y, una vez allá arriba, tocar y tocar hasta al cansancio las campanas.
La escalera en referencia era de guadua con empotrados peldaños de pulido carreto y, al parecer, ésta databa del año 1913, hecha por Julio Ferreira, carpintero de oficio caracterizado por la puntualidad en la entrega de sus trabajos y, según dicen, “estrenada” con motivo de la ruidosa llegada del padre Salvador Prada, quien, en el mismo año, arribó a la población para regir los destinos clericales de la parroquia.
De la remota escalera, nadie hoy da cuenta, y me pregunta mi amigo Israel Arteta (hijo) si, de pronto sé algo al respecto…Pero qué pena “socio”, le digo que, prácticamente, nada de nada…y que, apenas, “removiendo” escombros, alguien de mi entera confianza, en un dato poco creíble por ambos, me dice que le dijeron que la última vez que otro alguien vio la susodicha sube y baja, fue en el taller de carpintería de Silvestre donde este le arreglaba los primeros cuatro peldaños partidos.
El informe que tengo, Israel, es confuso porque otro conocido, de quien no puedo revelar su nombre, me informa que los más antiguos gitanos que vinieran también por última vez al pueblo, habiéndola prestada para montar con ella la carpa del circo, luego de tres días de funciones, al no devolverla, marchándose precípitadamente, entre sus bártulos y los enseres propios de su mundo errante, se la llevaron por no decir que se la robaron.
Hasta aquí es lo que imprecisamente y con poca exactitud del enfadoso asunto conozco.
Tan confundido como tú, Israel, estoy, arrastrando con supuestos la existencia de la escalera municipal que, para habérsela robado no cabía en un equipaje o baúl de madera o en un atadillo de ropa…pero, hermano, de que se perdió, se perdió…
Que se sepa, la escalera no era de nadie. Nadie se preocupaba por hacer efectivos sus derechos de propiedad sobre ella…y en el sentido más cívico y ciudadano, por preceptos religiosos, pertenecía como un bien material artículo de fe, a la iglesia al igual que sus santos de yeso, razón por la cual, siempre, siempre se le mantuvo en su lugar acomodada en los días en que por ella subían y bajaban: Baltazar, “Juancho Pilita”, José santos, “el Cachaco de Isabelita”, “el Carricarri”, Juan Evangelista, “Caliche” y Darío Higgins, quienes al no darles mareo la altura, prestaban el servicio de campaneros que, a punta de alegres repiques, hicieron ir a misa hasta a las piedras…
Y de aquellos mismos días recuerdo Israel, siendo yo un pelao, que sin que mis padres lo supieran, llegue a subir cinco peldaños de esta escalera y de allí no pasaba porque empezaba a ver el mundo chiquito y, abajo, un suelo duro con una costra de cemento lo esperaba a uno en caso de una mortal caída. Media población intentó hacer lo que hice y fueron muchos quienes, conmigo, a medio camino nos quedamos sin subir siquiera al primer piso de la olvidada y vieja torre, cambiando la opinión y la dicha de tocar un día sus campanas 0.0000000importándonos muy poco el regaño que en arameo nos diera el cura…Entonces, Israel, el mundo era otro…
Israel, te cuento, la verdad, en el pueblo, nadie tiene la menor idea del paradero final y exacto de la escalera de la iglesia…Y los más curtidos en cosas históricas con quienes he consultado, son del parecer de considerar de que detrás del hecho, hay un completo enigma, un total oscurantismo y que, descabalgando en el tiempo, la pérdida o robo de esta, va camino al absurdo y forzoso ostracismo en que también quedaron los robos del cañón municipal y el tambor del bando, valiosas piezas de nuestra vida pública que no tienen por qué estar nunca en manos de nadie…
Qué bueno sería, Israel, que alguien nos diga que la escalera de la iglesia aún existe y que, retornándola a su lugar de siempre, la banda municipal, en torno de ella armara un fandango reventando bombos y platillos…Y que, entre discursos de profundo sentido municipalista, la buena noticia la supiera el mundo…Pero acaba uno envuelto en el escepticismo de una histórica duda de la que, creo, eres tú, Isarel, quien más está preocupado.
No le demos más vuelta al caso y que las campanas de la iglesia suenen a punta de jalar cabuya pues, d escalera, te repito amigo, nada de nada…y ni siquiera en las tiendas y cantinas quien ponga este aviso: “SE BUSCA UNA ESCALERA”…Y ni siquiera quien disponga una misión en su búsqueda y así encontrarla ojalá antes de la fiesta de San Juan.
Israel, con palabras pronunciadas por el corazón, de mi parte se me agota las pesquisas. Nadie quiere soltar el secreto y mi minúscula actividad de investigador, resulta imprecisa y se detiene en el silencio de todos por lo que pienso que esa vaina de que para subir al cielo se necesita una escalera grande y otra chiquita, en el pueblo necesita de otro mecanismo o tal dicho, así dicho, es puro cuento chino…
Por hoy, Israel, nada más sobre la escalera que tu buscas; hasta aquí te ayudé. Espero te sirva.
…Y se cierra el telón.

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