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De mi libro: 'Mi casa viva'
LA ESCOPETA
Cuentos y relatos globales. 16.02.20 
A quien tiene escopeta, guitarra, reloj y mujer, nunca le falta que componer.
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- La escopeta de mi padre, marca “Arieta”, tenía en mi casa viva su lugar propio: en un rincón de su cuarto, prevenidamente descargada, con el cañón hacia arriba, la dejaba en reposo después de cada jornada de montería, trayendo, casi siempre, como resultado de la partida, tres o cuatro conejos que recitaron esa vez su últimos versos de la vida en los parajes escabrosos de Cazuela, tras el acierto de un disparo de fuego retumbante en el silencio de la noche.
Recuerdo a mi padre con su indumentaria de cazador: ropa caqui de monte, cinturón o carrrillera de cartuchera, lámpara en la frente, amarrada a su espalda la carga de carburo que daba luz a esta y, terciada al hombro, su escopeta de asombro… llevando para él, en la mochila, algo de beber y de qué comer si le fuere menester.
En ocaciones, mi padre cazaba en compañía de Juan Gutiérrez, amigo de la casa, conocido buen cazador de la región. Ponía el tiro donde el conejo le decía. Dueño, además, de unos perros criollos que, metidos en el monte, cuando él no iba a la faena, le traían a su familia a domicilio las piezas en sus boca con derecho a cobro y como les era costumbre.
En el circulo de cazadores de la época, la escopeta de mi padre tuvo renombre. “Toño Cachaca”, (Toño Molinares, el de Timotea), mató con ella venados anarquistas. Toño Padilla, el de Facundo, de reojo le dio preciso a una guartinaja…Pero he aquí que, de pronto, mi padre dejó de usarla. Contaba que una noche, por las lomas de Cazuela, vigilante dentro del monte, sintió un ruido o, mejor, un movimiento…y que al meter la luz de la lámpara hacia el lugar del que provenía la alerta, un conejo grande, le dio el ojo. Él disparó y el objetivo salió corriendo. Unos metros más adelante, el mismo conejo, de frente, se le presentó y una ilusión de tiro mortal salió del arma; pero ocurrido el disparo, buscó y rebuscó en la maleza y no hubo presa. Lo que fue –decía él en sus palabras- se deslizó por otro lado. A mi padre lo consumía la duda. Él era eficaz con su puntería y su terrible “Arieta” calibre 20 no pedía tiempo al ponerle el dedo en el gatillo. Y entonces ocurrió que el conejo, como si estuviera jugando con su cazador y disfrutando de completa vida, vital y grande en su manera, de nuevo se le apareció como si tuviese el atributo y el poder de la inmortalidad. Y mi padre, en esta ocasión, intuyendo que aquello parecía una mala hora y que lo que estaba tirando amatar era el conejo incazable del diablo, arriesgado, en la incertidumbre del azar, disparó por tercera vez haciendose antes la señal de la cruz…y, en medio de una nube de humo olorosa a pólvora y a azufre, nada mató. Y hasta esa noche duró con él su pasión por la caza deportiva con el pretexto de que la abandonaba porque regresaba muy cansado de esta.

Antes de lo ocurrido, hubo noches en que a mi papá se le vio traer tres y cuatro conejos cazados, por lo que mi mamá, prevenida y acostumbrada, ponía en la hornilla, al fuego, algunos tizones a fin de ahumar las piezas de caza que después exquisitos guisos de mesa serían…

De ahí en adelante, la escopeta de mi papá, exorcizada y rezada por Juan Gutierrez, fue más usada por éste que por mi progenitor quien se la prestaba por meses y, este, con ella, de la fortuna de los montes, con conejos y una pierna de venado, le pagaba…

-Juan mata en fila a los conejos; se le ponen uno detrás de otro y estos le dicen: Juan, a mí, a mí, a mí Juan, dispárame a mí- se refería sonriente al hablar del caso.

A decir verdad, a la hora de la cena, muchos conejos comimos en casa en tanto mi padre, orgulloso de su escopeta, planeaba su próxima excusrión en atención a los consejos que le daba Vespaciano, otro famoso cazador de aquel tiempo.

En algún momento, mi padre necesitó un dinero y, encimándole hasta los pertrechos, negoció su arma con Juan. Junto con esta ya había ganado lo invertido en su compra.

-Tómala. Te la vendo barata. Esta es la escopeta de la existencia. Quien la tenga no se morirá de hambre. Cuídala. Está bendita por el padre Hernández. Yo creo que con ella una vez maté al diablo-le dijo.
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