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El pin lúdico
Jose Maria Barrionuevo Gil. 08.02.20 
De todo el mundo es sabido que nos las estamos jugando. Nos las estamos  jugando, cuando nos salimos de las aceras y hasta cuando vamos por ellas. Nos las estamos jugando, si no sabemos dónde ponemos los pies y también si llevamos las manos ocupadas. Nadie se libra de caerse de bruces alguna que otra vez, porque cada día nos resulta más difícil mantenernos de pie. “A jugar” fue un “santo y seña” de un programa de televisión, que tenía unas dimensiones sociales que ponía a todo quisque a participar desde su casa, aunque no se jugaran nada. Está claro que los espectadores solo se jugaban su tiempo. Las magras fortunas y ganancias se las dejaban a los concursantes.
Hoy día, sabemos que todos los animalitos tenemos en nuestros aprendizajes etapas lúdicas que tenemos que quemar. Jugandillo, jugandillo, la Humanidad ha ido construyendo un acervo cultural, que ha dado como resultado una cantidad de conquistas, tanto técnicas como culturales, que nos negamos a ignorar y, mucho menos, a renunciar a ellas. El “Homo ludens”, del que nos habla J. Huizinga, es el que ha desarrollado la cultura que a través de los tiempos se nos ha legado, aunque, si “en las fases primarias se desarrolla como un juego”, “las formas superiores de juego, las sociales, cuentan con estructuras más definidas y desarrolladas”.
Sin embargo, el juego como una función biológica ha tenido y tiene un tesón en la vida y en el aprendizaje que ha sido imposible  descartarlo de nuestra experiencia, debido a la fuerza psicológica que posee. Tiene tanta fuerza que todo se convierte en juego, porque el juego nos resulta vital.
No tenemos que aclarar que una situación es la que se desarrolla como juego y otra muy distinta la que se lleva a cabo como competición. El sentido lúdico comporta creatividad y experimentación, aliñadas con grandes dosis de cooperación, que, además, se desarrolla en una atmósfera bastante desinteresada. Sin embargo, la competitividad, aunque se pueda dar en un formato de juego, se desvirtúa por su fines, interesados, y por sus medios, que son demasiado complacientes con la tenacidad del forcejeo, porque, casi siempre, demasiadas veleidades están permitidas.
Por todo ello hemos podido observar, en toda la andadura humana, que el juego siempre ha estado en manos de todos, si bien es en la infancia donde se desarrollan infinitas situaciones que se dan la mano con una espontaneidad que no necesita convocatoria, con una seriedad que se lleva de calle consigo la alegría, con unos arrestos que desafían al tiempo.
El paradigma de la competitividad, sin embargo, ha simplificado las complejas y variadas dimensiones del juego, nos ha complicado, a la vez, la vida y se ha constituido como dominador preferente, que, prostituyendo la palabra,  ha llamado juego a las apuestas con las que muchos, a veces, los más débiles social y culturalmente, se contagian, porque se trata de una grave enfermedad, un problema muy grave de salud pública, como puede entenderse hoy día.
No salimos de nuestro asombro, cuando los salvadores de la moral familiar, patria y matria, no nos han hablado ni pizca del pin lúdico, que nos está invadiendo con descarada publicidad, con chiringuitos y con una contundencia, una prisa y un poder que cada día nos espanta más. Hay que distinguir lo que es libertad y lo que es libertinaje. Los casinos para los ricos, cerca de sus mansiones, ya que pueden jugárselas todas; pero las apuestas de calle y por redes no pueden estar cerca de la desesperación. La publicidad no puede entrar a sus anchas en las casas con la televisión.
Es más, ante las tímidas insinuaciones de una regulación legal y social por parte del Gobierno, nos amenazan a todos, diciendo que tienen los mejores abogados para defender sus particulares intereses y negocios. ¿Jugará limpio alguna vez el dinero? No se puede ser condescendientes con esta tan peligrosa epidemia que nos enferma, hasta indirectamente, a todos.
Desde aquí apoyamos la iniciativa del gobierno, pero no con una tímida ley del “juego”, que deje la situación en manos de los dueños de las apuestas, sino con una ley tajante, bien hecha y para siempre. Los desaguisados no tienen por qué ser corregidos en cómodos plazos, sino evitados.
Agradecemos las amenazas de los empresarios de las apuestas, porque nos aclaran que el dinero de abogados caros, de publicidad millonaria, de locales sin ventilación ni luz natural, de máquinas diseñadas hasta las trancas, colocadas en batería con todos sus reclamos... nos dan las pistas para saber que todo está vilmente amañado, atado y bien atado, para dejarnos sin dinero y sin salud.

josemª   
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