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Crónicas del otro “Macondo -Historias para ganarle al olvido-
Memoria carnavalera de… LOS CAPUCHONES DE “LA NENË”

Cuentos y relatos globales. 25.01.20 
*Todos vamos disfrazados de algo a la fiesta de la muerte y de la vida.
Escribe; Walter E.  Pimienta Jiménez.- En  el  principio,  como lo  dice  la  Biblia, en  el  Libro de  Génesis,  capítulo  1,  versículo  1, siendo  la  más  optimista de  las  comerciantes que en  el  pueblo existiera, “la  Niña  Nene”,  para  este  tiempo,  tenía  ya colgados en  su  alma y  casa de  la Calle  Grande,  previo  el arribo del  carnaval, sus coloridos capuchones…y,  entonces, los desempolvaba y, en el  visible rincón de siempre, en  ganchos de ropa,  uno detrás de  otro los  exhibía,  listos para ser  aquillados en “ la  fiesta  de  la  vida”; vestimentas del  jolgorio que, dándose un año entero para ser otra vez usados, esperando  que alguien,  hombre  o  mujer, oculto  el  rostro, en  la  picardía propia del  disfraz,  en el  colectivo  de  la  locura,  reviviéndoles de nuevo por  un  milagro de  Momo, de  Baco y  de  los rones,   por  unas  horas, con  ellos puesto  bailara  en  los  salones.
Los capuchones del  almacén de “la  Nené”, tienen ganado en  la  historia municipal un  recuerdo inmemorial de  cuando el  pueblo pertenecía al  pueblo y todos sus  cinco  mil  habitantes,  bailando por  las noches en  carnaval, repartidos, cabían en el “Salón el Rodadero”,  del  amigo  Carlitos  Alberto; en el  “Salón el Burrero”,  de Juancho Cabo; en  “El  Palo  de  Agua”,  de Alejandro  y  Rosa;  y  en la  sala del  Teatro  Montecristo que, en  cada  carnavalada, “el  Puche” allí sin  falta organizaba para  la  “sociedad jailosa”…”gloriosos purgatorios” de la alegría  donde los  costeros  y  costeras,  moviendo  con  música  de  picó  el  esqueleto, dando  ánimo  a  la parranda,  en el  tumulto mataban sus  tristezas y,  compartiendo, cavaban una misma sepultura de  mejor destino a sus penas y  amarguras…

Tres  pesos  con  cincuenta  centavos,  valía alquilar un  capuchón donde  “la Nené”, colorida vestimenta con  la  cual,  muchos  y  muchas se  dieron la  oportunidad de  prolongarse en  los años de sus  bailoteos antes  de  disfrazarse de  muerte natural, pero  esa  vez sí en  el  penitente ejercicio de morir verdaderamente muertos porque toca a  todos un  día morir…

La  tarea de  ponerse un  carnavalero capuchón de  los  que alquilaba  “la Nené” ( o  disfrazarse de  mascarita,  de  monocuco  o de  monacuca –así  les decían antes-),  tenía la  absoluta reserva  que ella, ni  al  alcalde le  decía a quién  se  los rentaba,  desviando así cualquier supuesto de quien,  refugiado en el  ropón, por  su  fácil forma de bailar,  se parecía a Juancho  Rocha, o a  Julio  Maury por  la  forma de  caminar, o por  sus  gracias al  danzar, eran  Julia  Coronell y Tula  Jiménez; Regina  Alba y  Alejandrina… ellos y  ellos que oportunos y  oportunas,  siéndolo o  no, junto con  sus parejas de   ultranza, consustanciales serían personajes de  la fiesta  comunal,  portando en  sus enguantadas  manos la  varita del  criterio y  del  respeto conque daban de varitazos a  quienes,  en  público y  en pleno baile,  de  la manera más  vil, querían despojarles de  sus  caretas para  divulgar así  a los  presentes,  quién  o  quiénes,  disfrazados de  capuchón y  con  una barriga o  preñez de trapo falsa,  ocultaban su simulado “estado  civil”…

Ya  nadie  en  el  pueblo se disfraza de  “monocuco” o “monacuca” o de cómica y  estrafalaria mascarita dominguera;  con camisa de  todos los  cuadros y  de  todos los colores; con zapatos al revés y con larga  y  verde  corbata verde  de  todas  las  corbatas verdes…porque resignadamente, éstos y  éstas,  vestidos de gente decente,  un día murieron sin  el hábito puesto y,  así,  así  rindieron cuentas al  arcángel que, soplándoles la  flauta de millo de  todos las carnestolendas, con saludable sentido bailable y  musical,  en el  carnaval del  cielo les  hiciera un  merecido  lugar…

…Y  alguna  vez así también,  con días  y  días de  larga  agonía,  sin  remedio se  terminó el  almacén de “la  Nené” tras la  terrible noticia de un “se acabó para  siempre y,  con esto,  igual la  agonía de las caretas de diablo, de toro, de muerte y de  tigre sin danza de  prendidos cirios ni  voces de rezos de amanecidos borrachos,  dueños de sus  borracheras, y  que sumidos en el  guayabo eterno de  sus cuatro días de  carnaval ya  terminado,  tambaleantes en el  júbilo blanco de  sus caras enmaicenadas, el  miércoles de ceniza,  todavía  siguiendo  vivos, jamás  se  arrepentirían del   dulce  pecado  cometido…

…Y  acabaron  así  también colgados ,  en  un  rincón del almacén,  y ganas de  nunca  irse,  los  disfraces de  “la  Nené” llevándose  en  la parodia un montón de  carnavales encima pero  sin la  oratoria de  un  mal discurso merecido y  sin la maledicencia viperina de “una sana letanía”…

…Y así  también acabaron las  vistosas y  vivas farsas de  las  telas  y  los trapos…Y  así  también las  caretas de  cartón y  de aserrín, los antifaces de peluche y  lentejuelas y  los piqueteros  gorritos con plumas…y  es por  eso  que para  ella,  para  estos y  otros, yo,  ahora,  cual  pocos, luciendo mi  tropical camisa de estampados palos de  coco, al  viento lanzo alegre mi póstumo rosario con cumbia de siete  avemarías completas y un padrenuestro  en latín en  la añoranza de  un  carnavalero adiós amenizado como  antes  en la  palpitante percusión del  más contento  y  animado  tambor rodeado de gentes que, disfrazadas,  bailando  con  la  vida  y  con  la  muerte, sin  cansarse se  gozaron la primera y,  de  la  segunda,  que  se  lo  quería  llevar,  riéndose de esta  a carcajadas  se  burlaron y se  escaparon y se escondieron alquilando donde “la  Nené” sus  capuchones…
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