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Campanillas, campanadas y campanazos
Jose Maria Barrionuevo Gil. 15.12.19 
Parece que fue ayer y han podido pasar más de cincuenta años. Es que los años se nos cuelan entre la vida de todos y, cuando queremos acordar, los vemos todos juntos, de golpe, como si entre “los trabajos y los días” no hubiera habido solución de continuidad, como si los trajines diarios no tuvieran la parsimonia de las horas, por lo menos, y hubieran sido convocados por los demonios de la prisa. Cuando pequeños, la campana de la catedral nos avisaba de la cadencia de las horas y de los cuartos de hora, cuando estábamos en la Graduada de la calle Fresca. Cuando, los domingos íbamos a misa con el colegio, o sea, con los maestros, ya que las niñas iban con las maestras, los monaguillos nos alertaban con el toque o repiqueteo de las campanillas desde el “Sanctus” de la misa hasta en el momento más central de la consagración. Nuestros padres también iban a misa, pero aparte, porque esa separación parecía, en aquellos tiempos, que nunca  nos podría llegar  a romper la sagrada unidad familiar. También para ellos sonaban las campanillas, pero en otros templos de la ciudad. Era así, a pesar de que el padre Peyton nos insistía que “la familia que reza unida permanece unida”. Las campanillas eran un recurso polivalente, pues también podía servirle a un superior de algún colegio religioso para darle en la cabeza a algunos de sus pupilos, ya que “la letra con sangre entra”. Así a esa letra no le faltaba su acompañamiento musical, el tintineo de la misma campanilla, ni el gesto de un aproximado “miserere”.
Todo estaba presidido por la cadencia de campanillas, que nos marcaban un paso del tiempo, que se nos mostraba un poco lento, por mucho que quisiéramos que pasara más rápido para poder irnos, al terminar la misa, al parque para ver las carreras de motos. Eran lentas las campanillas del Santo Viático, cuando se nos cruzaba por alguna calle y había tiempo hasta para ponerse de rodillas a su paso. Las campanillas nos acompañaban durante nuestra vida nueva, porque sus sones no podían faltar en nuestras pobres y arruinadas vidas.
Por otro lado, no nos sorprendían demasiado las campanadas de Fin de Año ni sus cuartos, porque ya las teníamos asumidas y más que repasadas en nuestra Escuela. Nos llamaban la atención, porque, cuando llevábamos unos días de vacaciones, sin tener que abrir la Enciclopedia, las campanadas de fin de año, que  sonaban en la radio de algún vecino, nos marcaba, de prestado, el ritmo de las uvas. No nos atragantábamos y nos comíamos las uvas como siempre, con la lentitud de las obras bien hechas, porque no estaba el tema como para atragantarse, y menos en una fiesta. Las campanas podían volar, pero nosotros seguíamos con pie firme sobre nuestro pobre suelo.  Al día siguiente, ni el Sol se había enterado de que era Año Nuevo y seguía con sus rutinas, calentando en las recachas. Es verdad que no nos enterábamos cómo estaba el mundo, pero casi tampoco nos enterábamos cómo estábamos nosotros. Con estar ya teníamos bastante camino andado. Si nos daban y tomábamos una copita de anís, no pasaba nada; ninguno de nosotros acabó nunca borracho, y, mucho menos, alcohólico.
Entonces en nuestra ciudad había muchas tabernas, como si fueran una franquicia repartida por nuestra ciudad, que podemos suponer que eran de la misma familia, porque todas tenían el mismo nombre propio: “La Campana”. Este nombre era muy común entre nosotros. Cuando éramos pequeños, todos motejábamos tanto la acción de beberse unos vinos, como el hecho de salir dando tumbos, con el apelativo de “campanazo”. Los campanazos eran muy distintos de las campanadas.
También aprendimos que, cuando alguien relizaba o conseguía algo sorprendente, se le llamaba campanazo. Dar un campanazo era para todos mucho más fuerte y consistente que dar una campanada.
Los años de la posguerra, tan asistidos de campanillas, campanadas y campanazos, fueron años fríos. El frío curtía nuestros cuerpos y nuestras mentes. El único cambio climático había sido el de la guerra, que se había encendido sin necesidad y a costa de dejarnos luego más fríos y abandonados que nunca. Con todo, las notas y las letras de “Los campanilleros” pueden ayudarnos a no desesperar.
josemª
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