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Crónicas  del otro “Macondo” -Historias  para ganarle  al  olvido-
De los matrimonios de antes, pero no de los de ahora

Cuentos y relatos globales. 15.12.19 
Escribe;  Walter E. Pimienta Jiménez.- La gente de antes, restaurando un poco la fachada de su casa; mandando a limpiar y remendar cortinas y damascos; practicando en vivo y con la ayuda de una pianola los pases del vals "Tristezas del alma", dos horas cada noche; buscando, para la ocasión, qué ponerse o, mejor, con qué vestirse; sacando de los baúles simulados y antiguos esplendores; dándole una mano de barniz a los desvencijados muebles; reduciendo en un rincón los cacharros viejos que no debían verse porque avergonzaban; ensayando sonrisas radiantes para la hora de la foto; guardando la última gota de colonia que tenían; remidiéndose la ropa por si les quedaba estrecha o ancha; comprando de remate vinos y rones de mortificación y penitencia para el brindis; embetunando zapatos tristes y sin brillo en el alma; preocupada por qué comida ofrecer y que la  misma, repartida con sentido económico y de caridad alcanzase para todos; diciéndole a los niños que en ese momento se quedaran quietos en un mismo sitio so pena de recibir veinte azotes con la mirada; empeñando hasta la bacinilla que era de peltre legítimo con incrustaciones de oro bajo y sin pensar en nada distinto que no fuese el esperado suceso, habiendo previsto todos y cada uno de los naturales sobresaltos que en la vivienda de la novia se superaban a fin de que el festejo saliera bien y ninguno de los invitados al mismo tuviese motivos para criticar algún detalle, los domingos, en el día, se casaba y aquello era para siempre.
...Claro está, el párroco de la iglesia del pueblo donde promediando las diez de la mañana tenía lugar el anunciado matrimonio, era quien imponía, con cara de gravedad, las inalterables condiciones de tipo religioso, moral y civil que el cristiano sacramento en ese tiempo exigía y las cuales, sin desistir al estricto cumplimiento, eran: Llegada puntual al templo, novios debidamente confesados en olor a santidad "y sin haber probado aún el tan apetecido plato" (¿?), inexistencia total del más remoto impedimento que pudiera echar al traste la boda, ninguna suposición o conjetura que pusiese en duda la castidad, la continencia y el pudor de los contrayentes, recibimiento de la eucaristía en completo ayuno para recordarles así a los feligreses qué se padece cuando, en medio de una larga misa dicha en latín, el mandato visceral de la comida se siente en las entrañas y, hasta esa hora, muchos en el mundo no tienen sustento mientras otros botan el alimento por orgullo, al tiempo que el ceremonial era único y señero para que el sacerdote oficiante, ensartando escrupulosamente pormenorizados pensamientos y llevado por las más febriles y convincentes palabras, desde el púlpito, con un sermón de lavativas sin súplicas, infundía en todos una fe de miedo que quebrantaba pecadores irredentos y dejaba atolondrados a quienes sufrían crónicos cargos de conciencia.
Por tradición, la gente de antes, frente al serio paso de los concertados esponsales, no se entraba en conflictos y aquellas (las tradiciones), se cumplían porque se cumplían de modo que la madre de la novia, por ejemplo, aleccionaba a ésta para lo que le venía (¿?) advirtiéndole que en la primera noche nupcial, nada de gritos alarmantes y como de gata chillona y que tomara eso (¿?)... con la serenidad con que se hace un necesario y placentero oficio doméstico pues así se lo enseñó la tatarabuela a la abuela, la abuela a ella (es decir; a la madre de la casamentera) y luego ésta, ahora, a su hija en términos de soportable voluntad y completa indefensión... todo ello complementado con las enseñanzas elementales de lavarse y vestirse bien y sin ser ajena jamás a los asuntos del hogar y del hombre que, a veces, busca a la mujer en el lugar y la hora menos pensada porque es que hay pasiones que no pasan por el corazón si no por el incorregible destino de los calentamientos de la sangre... Advirtiéndole, además, sobre las graves consecuencias del amor insípido o inapetente y enseñándole a la novicia uno que otro truco conyugal y de ardiente cama para que su marido, aturdido de amor del bueno, la sintiera siempre de maravilla...Total, previsto el familiar suceso, terminaba "la niña" del casorio diestra en las artes amatorias pues de familia y por herencia le venía, disfrutar de las cosas buenas de la vida... Y el asunto así se daba porque, sin tentativas de arrepentimiento alguno, del brazo de su padre, por una calle adornada de flores y guirnaldas, entre el estampido ruidoso de cohetes y la música de una banda, la novia, vestida de blanco radiante iba a la iglesia saludando con el leve movimiento de su mano derecha enguantada a quienes a su paso se asomaban deseándole suerte desde sus ventanas.
La otra parte, es decir, el novio, luego de atravesar el océano de muchos amores y después de haber sido manoseado por mujeres en las que nunca encontró el amor, vestido de paño negro y con botines de charol, fiel a la palabra empeñada, acompañado por sus padres, en la puerta de la iglesia a su novia recibía y, con cierto nerviosismo y a lo mejor con un nudo en la garganta, al altar la llevaba... Un silencio de compostura y natural discreción guardaban padrinos e invitados porque, según ellos, Dios les estaba mirando y estaba presente..., en tanto, el sacerdote, haciendo la señal de la cruz, de pie, en voz alta y sin detalles triviales, la pareja casaba sacándoles a ésta un sí del corazón y, luego, atragantándoles de hostia, sobre la promesa de no morir en pecado y ser resistentes en la adversidad les hablaba, sin dejar de hacerles ver también la responsabilidad que desde ahora adquirían y entonces les ordenaba darse un beso que se veía natural y reposado en medio de la vaga sonrisa de gratitud de los presentes que, aplaudiendo, masticaban, con sus rosarios entre manos, un salmo ininteligible en favor de los recién casados y de su felicidad...
Y acto seguido, afuera, la banda, mientras tanto, con las notas rumberas de... "¡Qué vivan los novios!"..., espantaba la aridez del momento y en un escándalo de fiesta por la calle, así, honradas por Dios y por los hombres de palabra, las mujeres de antes, a su casa, felizmente regresaban casadas...
Hoy, la gente de este tiempo ya no sé si se casa y, si lo hace, no lo parece...    
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