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Carta de un ladrón de “Ladronera” a su primer robado (un agente de policía) Relatos de “el Mono de  Atala”
Cuentos y relatos globales. 17.11.19 
Escribe; Walter  E. Pimienta  Jiménez.
Estimado robado:

A su aposento, un día como hoy, siendo medianoche y cuando usted y todos los tuyos dormían de lo más lindo, tuve la oportunidad de entrar como Pedro por su casa,  hace diez años, ¿recuerda? Desde entonces, es fácil suponer, mantiene encendida contra mí la llama de la indignación todavía, alimentada con el combustible inacabable de la ira, el enfado y la irritación… lo entiendo. Menos mal que no me conoce.
De su respetable persona (cuyo nombre y apellidos desconozco), sólo sé que es agente de la policía; si mal no estoy en el grado de coronel.
¿Qué por qué le escribo? Ocurre que  ayer le vi por los alrededores de la alcaldía de “Ladronera”; era usted, sin el menor equívoco, y como no me conoce me salvé de ser capturado porque,  no es mentira, se nota en el enojo de su rostro que anda buscando aún y  con afán a un vulgar y miserable ladrón desconocido que, le repito, hace diez años se metió en su casa e hizo  suyas algunas pertenencias de valor. No le miento, por respeto a sus canas quise entregármele porque ese ladrón no es otro que yo; pero sentí miedo no a estar tras de las rejas de la cárcel sino a una absurda injusticia que se  ensañe en mi contra, rebasando los años de castigo que me  merezca más allá de los límites de la condena y del valor económico que hubiese tenido lo que le robé.
Lo anterior, a lo mejor, no explica las razones de mi delito y tiene usted razón al mostrarse irreductible y vengativo si diera conmigo… le presento excusas por el lastimoso episodio que en contra de sus intereses tuve que realizar…
Quiero que sepa algo. A su casa, esa inolvidable noche, vestido de fino smoking, no entré solo: entré con “alias Lupín”, mi experimentado profesor de robo y licenciado en estafa, fraude y desfalco, quien, además, registra en su hoja de vida, notables calificaciones como carterista, cleptómano y usurero. Él, la verdad, no le robó nada, fui yo.  Solamente me acompañó ya que esa noche me graduaba de ladrón. Fue severo en sus exigencias. Todo consistía en que después de las doce de la noche y cuando todo estaba cerrado y no había un alma en la calle, con una llave maestra, debía penetrar a su morada como en efecto discretamente lo hice. Una vez allí, cosa extraña, sentí hambre y abrí su nevera; di cuenta de un litro de leche y de unas galletitas de soda que allí había; de unas manzanas y bocadillos. Quería recuperar un  poco de las energías.
Yo admito hidalgamente que llevado por el impulso, viendo que todo me estaba saliendo bien, prendí su equipo de sonido, no quería llevármelo sin antes probarlo, y hasta puse en él un disco del maestro Escalona que habla del robo de una valiosa custodia en el pueblo de Badillo…, pero usted y toda su familia, como si estuvieran en cámara ardiente,  no sintieron nada y, dándole trayectoria al sueño, dormían y dormían.
-“No fuiste oportuno en eso; hubiese sido mejor probar el equipo de sonido con un bolero. Llegan más al corazón y son más galantes. No lo vuelvas a hacer en otra ocasión”-  me dijo “Lupín” en el legítimo derecho que le asistía.
¿Qué más le cuento? Ah, ya me acuerdo. Volví a la cocina y me tomé un delicioso caldo de gallina que su esposa dejó al rescoldo de la estufa en una pequeña olla de peltre.
-“A lo que viniste”- me apuró “Lupín”. Y mi querido coronel, falta decirle lo más importante. Respondiendo al imperativo de mi gran maestro, con una carga de acetileno de llama clara rompí su caja fuerte; sustraje de ella siete anillos, dos relojes, un collar, tres brazaletes y la no despreciable cantidad de $ 3.890.000  en efectivo. “Lupín” tonaba nota de todo lo que hice, se sentó en su sofá firmó mi acta de grado y diciéndome: -“Empaca el botín y vámonos”- salimos.
Lo felicito, anoche me acerqué a su casa para meterle por debajo de la puerta esta carta y noté que mejoró la cerradura. Eso está bien… la experiencia enseña y tomar previsiones es de inteligentes… Bueno, pero volviendo a lo nuestro quiero hacerle saber que si de pronto llega  a saber que fui yo quien hace cuatro años le robó y todavía tiene ganas de matarme, me deje antes correr veinte metros y luego suelte el tiro. Ha pasado mucho tiempo de aquello, mi querido coronel, y sería conveniente saber cómo estoy de piernas y de físico, y usted de puntería. Bajo palabra de honor le digo que no sabe lo agradecido que le estoy al dejarme concluir mis estudios de ladrón.
Atentamente,
“Lamparilla”.
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