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Tiranías  varias
Jose Maria Barrionuevo Gil. 08.11.19 

Sin tener mucha experiencia ni mucha ciencia, todos hemos oído alguna vez hablar de la tiranía y de los tiranos (los “amos”). En el más vulgar de los casos, le endonamos este apelativo a ciertos personajes, más que históricos, histéricos, que se han creído dueños del mundo. Sin embargo la Historia ha dado tanto de sí, que nos ha ido mostrando los perfiles (incluso en las monedas) de todos los tiranos, que han hecho su poder mediante una apropiación indebida a la divinidad, apropiación de ese fuego que era patrimonio de los altos cielos: la máxima autoridad. Así, investidos de  ese señuelo divino que se cifraba ya en el Génesis con aquellas “diabólicas” palabras que la serpiente diría a nuestros inocentes padres: “seréis como dioses”, los tiranos tomarían carrerilla cada vez que pudieran hacerlo. La historia nos concede una muestra que no es nada despreciable y que, además, ha hecho escuela, aunque no hayan pasado por la Universidad, e incluso, muchísimas veces, precisamente por ello.   
Los tiranos, ahora, son llamados dictadores, porque el término parece más escolar y didáctico, aunque no sea más amable. La palabrita parece más “egregia”, precisamente porque sobresale de la grey o rebaño, si bien a todos los egregios y gregarios los adorna una buena dosis de miopía académica “en lo universal”. En un terruño que ya de por sí nos aterra, hace buen juego el aterrador mayor. Ya en las Partidas de Alfonso X se nos muestra este extremo interesante: «...estos tales pugnan siempre, que los de su Señorío sean necios e medrosos, porque quando tales fuessen, non osarían levantarse contra ellos, ni contrastar sus voluntades». Está claro cómo tienen que ser los súbditos, pues la falta de ciencia no es precisamente la que espabila la conciencia. “Camarón que duerme se lo lleva la corriente”.
De todos los dictadores que han hecho historia, el que nos resulta más cercano y calentito, aunque no se haya enfriado mucho, tenemos a Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo Franco, que en sus tiempos debía andarse por las islas Canarias, porque no era muy de fiar. El ambiente enrarecido, con sus intentonas golpistas y todo, que desde el primer momento de la proclamación de la II República acompañó toda su andadura democrática, no cejó hasta que un capitalista, español y muy español, Juan March, que en febrero del 1936 se había largado a Biarritz, en Francia, pagó el alquiler del avión inglés Dragon Rapide, que fue el que llevó a Franco desde Gran Canaria a Tetuán, para que pudiera dirigir el golpe de estado del 18 de julio. Después, con el tiempo, hemos podido comprobar que lo de Teódulo no le encajaba bien al Caudillo, ya que de “siervo de Dios” no tenía nada, sino que era un “señor”, un “soberano”, un amo, muy pagado, hasta  de sí mismo.
Con todo, hemos podido ir aprendiendo que la tiranía no está en las personas, porque un tirano sin medios no puede llevar a cabo sus fines. Acabamos de considerar cómo el dinero se convierte en el milagrero mayor del reino. El tema está en que quien lo concede, difícilmente lo hace gratis. Tanto el Arcipreste de Hita como Quevedo nos lo dijeron con meridiana claridad. Y Góngora nos lo clava sin haber tenido noticias del Plan Bolonia para las  Universidades. Así, entre otras cositas nos dice:
“Todo  se vende este día, / todo el dinero lo iguala; / la corte vende su gala, /  la guerra, su valentía; /  hasta la sabiduría vende la Universidad. /  ¡Verdad!”.
Sin embargo, muchísimo tiempo atrás, ya nos advertía el bíblico Eclesiastés que “El que ama el dinero, no se saciará de dinero”. La tiranía del dinero es tan poderosa que ha dado en infectarnos hasta de ludopatía. El problema lo tenemos con la política, que se ha corrompido hasta las trancas. De todos es casi sabido el volumen de dinero que ha inyectado a la corrupción política. “El poderoso caballero” de Quevedo ha llenado las manos, los bolsillos y hasta los altillos.
La tiranía del dinero ha llegado a llevar a la política y a los medios de comunicación  a gastar dinero en montar historias o propagarlas, sin reparar en las fuentes, y, además, para más inri, con historias de dinero. Incluso con dinero, todavía en el día de hoy, se compran los votos.
Frente a esta tiranía, solo nos queda saber invertir nuestros votos en quienes no han sido ni pringados ni ungidos ni uncidos por el yugo de la corrupción. Nuestros votos son de curso legal, aunque no sean papel moneda. La diosa Juno Moneta, que tenía su templo junto al taller o fábrica de monedas, nos vuelve a avisar (“monere”) para que hagamos un uso debido de nuestros sencillos y poderosos votos y no los malgastemos.
josemª                                                                                                                                  
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