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«Opus iustitiae pax»
Jose Maria Barrionuevo Gil. 27.10.19 
En junio del año 2015, nos recordaba el Papa en Sarajevo que “la paz es obra de la justicia”. Nos lo dijo citando al profeta Isaías. Sabemos de sobra que no solo por su autoridad, sino también por su sabiduría el Papa sabe de lo que nos está hablando. Sin embargo, en nuestro terruño, es raro que haya alguien al que no le suene aquella canción que empezaba: “Yo soy un hombre del campo, ni entiendo ni sé de letras...”. Hoy con tanta democracia, que ha sido tan manoseada, nos encontramos en una situación de gravedad en lo que a sabiduría se refiere. Las urbanizaciones y las burbujas inmobiliarias no nos han ayudado a ser sabios, porque, a nuestro parecer, nos han obligado a estar desconectados unos de otros. Los guetos han proliferado de acera en acera. Los vecinos no conocen a los vecinos y no digamos si son incapaces de conocer “al alcalde que eligen los vecinos o a los vecinos que elige el alcalde”. La desconexión es tan poderosa que incluso el intercambio de tanta información, mediante tantos móviles, no nos mueve nuestros pobres pensamientos; mediante tantas redes sociales, solo nos engancha nuestras neuronas en las concertinas de la superficialidad; nos pone hasta las trancas de datos, pero nos impide ser sabios, poder “saborear” los conocimientos...
Ya sabemos de sobra cómo nos va en la separación e independencia de poderes. Algunos piensan que la justicia ha sufrido del mal de San Vito y baila hasta en la palma de las manos, sobre todo, en la palma de la mano de algunos políticos. Ya todo el mundo conoce casos judiciales, tan emblemáticos como las medallas de los reyes modernos, que han hecho bailar, pasear y descartar a más de un juez, porque a las manos de la política les ha sobrado cuerda para hacer bailar a la justicia más que a un trompo. Así resulta que ya estamos muchos más que mareados de tanta danza, nacional o nacionalista, que nos hace bailar hasta al suelo que nos sostiene.
Sin ir muy lejos, ni tan lejos, sin salir de España, de nuestra querida España, hemos podido contemplar también cómo algunos jueces, que ya habían hecho descaradamente méritos más que políticos, han hecho mutis por el foro, pero se han ido de rositas,  porque el  palio de la política les ha escondido de la mirada de los cielos. Sin embargo, otros han sido defenestrados.
Muchos españolitos de a pie ya pueden pensar, con toda libertad, que la pícara justicia no es ajena a la picaresca nacional o nacionlista. Entre pícaros anda el juego, pero la política por respeto a la gente no debe jugar con ella y menos con fuego.
Muchos se dieron cuenta de que el ejecutivo del PP batalló en contra del Estatut, hasta recogiendo firmas, cuando estaba en la oposición, con su mirada siempre cortoplacista, por el solo hecho de ir en contra del PSOE de entonces y entonces en el poder. Muchos se dieron cuenta del ridículo del ejecutivo de Rajoy con la embajada policial del Piolin, cuando estaba claro que aquellas votaciones catalanas del 1 de octubre no eran válidas y punto pelota (aunque alguna sí hubo, de goma, para más inri).  La violencia policial quedó en evidencia a todas luces entonces.
Muchos pueden pensar que aquellos que se reían a mandíbula batiente, porque la independencia de Cataluña había durado, al parecer, unos trece minutos, juntaron todos los arreos para enjaezar todo un proceso judicial, que parecía desde el principio un caballo de Atila, porque el poder, a veces, se desboca. La ley mordaza es una ley que, al parecer, en muchos de los casos también se desboca.
Ahora el presidente en funciones, cuando se ha dado cuenta del resultado de la sentencia del procés, ha podido decir que hay independencia y separación de poderes en España, sin embargo la gente puede pensar que, aunque el  poder del ejecutivo en funciones no haya podido influir para nada en el resultado, los poderes fácticos y el poder de algunos partidos de la oposición han podido influir bajo cuerda en el resultado. Muchos colegas piensan que, aunque no creen en nada, han creído que la sentencia sería absolutoria, ya que no había tanta gravedad en los hechos, constatados de poca fuerza y, de hecho, se habían quedado desamparados a la luz de tan disparatadas argumentaciones y que además ayudarían a apartar y alejar las contiendas antes de que llegaran a mayores.
Ahora bien, el personal ha perdido rápidamente la fe desde el momento en que los adalides de los partidos de derechas estaban proclamando a los cuatro vientos que “respetarían la sentencia”, pues ello hacía cavilar que algo sabían ya.
“La paz es la obra de la justicia”, pero siempre que no se le dé la vuelta como a un calcetín.
josemª 
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