logo

Tu diario. Libertad de expresion

Visite nuestro patrocinador                     Visite nuestro patrocinador

Tel. Alhaurin.com 678 813 376 Telf. de interés Su opinión Clientes Colaboraciones Normas de Alh.com Buscador Anúnciese aquí Hemeroteca Todas las carpetas •0 usuarios en línea • Lunes 16 de Septiembre de 2019
banner
Relatos de “el Mono de Atala”
-Para qué contarlo si no se ha vivido-
Cuentos y relatos globales. 18.08.19 
Julia Zuleta o un lloro que Dios escucha…
“Siempre voy a los entierros de los demás, porque de lo contrario ellos no vendrán al mío.” Yogi Ver.
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- La señora que vendía las flores en la puerta del cementerio le dijo que quien mejor lloraba era Julia Zuleta. La otra vendedora, la que estaba al lado, opinó que Matilde Ortiz también; pero la primera, entregándole un ramillete de frescas rosas, volvió a decirle:
-Es Julia Zuleta, ahí, dentro del panteón la consigue: vestido negro hasta la cabeza, morena, frente arrugada, rostro sumido en dolores suyos, mirada color humo. Empieza agónicamente, como si el muerto fuera de ella, pero después su llanto estremece de dolor al mundo. Es la que mejor lo hace…Seguro, yo sé por qué se lo digo. Contrátela.
-¿Y cuánto cobra?- preguntó él.
-Depende. Creo que cobra un poquito más cuando hace recuerdos inolvidables del muerto. A los niños, con tonadas y canciones de cuna, los llora gratis y con música de armónica…Hable, hable con ella y se arreglan. Pero disculpe la pregunta: ¿Quién se le murió?

-Mi padre- contestó él.

-¿Y usted por qué no lo llora?-Preguntó de nuevo la vendedora de rosas.

-Porque no todo padre se merece ser llorado. De vaina le hemos velado y lo vamos a enterrar- respondió él con voz de mal querer y de improperios.

-¡Ay, señor! Ojalá con el llanto de Julia a su padre se le lave lo malo que fue. Ella hace que los muertos mueran en paz. Dicen que una vez lloró con tanto dolor a un hombre bueno que con su llanto sideral lo revivió.

-A este no lo revive nadie. No se preocupe. Ya está con su amigo el diablo donde debe estar.

-¿Así de malo era?

-Qué le digo; una estrella de la bondad. Un libro lleno de buenas voluntades- apuntó él con sarcasmo mascullante.

-Son $ 15.000, señor. ¿Y por qué le lleva esas rosas si usted no lo quería y por lo que dice, él no se las merece?


-Porque me da miedo que me salga. Dicen que los muertos malos salen.

Con las señales que le dieron, él encontró a Julia. El resto de los familiares estaba ya en la parte trasera de la tumba. Los de la funeraria habían bajado el ataúd del vehículo exequial y Raúl, el sepulturero, con sus arreos esperaba.

Julia llegó. Cerró los ojos, tomó aire. Ya le habían dicho cómo se llenaba el muerto y, en medio de las murmuraciones del caso, empezó a llorar. Empezó lento, muy lento, muy triste, en tono íntimo, con cierto compás y, de pronto, hubo un ¡Ay Francisco! Que retumbó en el mundo, y una lluvia de lágrimas, sin parar el corazón, se le vino. Lloraba sin cesar. Se desgarraba por dentro. Los demás, negados a cualquier forma de suplicio, hacían silencio. Silencio letal y viral…

Julia, sin parar, tuvo dos convulsiones y volviendo de ellas, ahora lloraba en tono de abatimiento con sollozos intercalados. Lloraba como si hubiese sabido mucho del difunto en el misterio sagrado de una pena.

Los de la funeraria alzaron el cajón.

Julia lloraba imaginando recuerdos distintos. Lo hacía muy bien. Razón tenía la vendedora de flores. Ninguno murmuraba una oración ni un adiós. Eran las tres de la tarde.

El llanto de Julia no tenía acompañante; nadie le devolvía una lágrima derramada y seguía y seguía y seguía como lo hacen las mujeres que saben llorar sin cansarse porque el llanto que no se detiene y al que no se renuncia, reivindica verdades. Lloró como esposa de Manuel, su esposo muerto por un camión fantasma cuando recogía cartones que reciclaba en la calle. Lloró como hija, como cuando, de tuberculosis, se murió Soledad, su madre. Lloró como hermana, como cuando, a cuchilladas dadas por su marido, murió Lucía. Lloró como tía, como cuando de vieja murió Cata, Catalina, la hermana de su mamá. Lloró como vecina de sus vecinos…Y era su llanto un llanto doméstico, consuetudinario, no era un llanto profesional a pesar de la paga…Era un llanto tan triste que los asistentes al entierro no tenían necesidad de decir nada y, discretos, respetaban el dolor impropio de Julia.

Los de la funeraria metieron el cajón en la bóveda.

Julia lloraba al muerto porque recordaba a sus padres y aun hijo que le salió malo y que se lo mataron de cuatro balazos en la calle a las dos de la mañana…En todo eso pensaba y ahora con su mismo llanto del alma, lloraba por paga y por su subsistencia a un muerto a quien sus hijos no querían.

-La Virgen le acoja, decía en su lamento. Y San Pedro le dé la bienvenida. Y que Dios le dé su última oportunidad- Agregaba

Julia lloraba con el corazón en la mano, como nunca se lo habían pedido enterrando a otro muerto. Ahora recordaba a alguna hija muerta de parto sin suerte, un 24 de junio, el mero día de San Juan.

El sepulturero, montado en un andamio, ponía la tapa a la bóveda. Había estudiado bachillerato pero se quedó de sepulturero; antes había vendido cocàs y frutas en la calle. Una mancornadora lo dejó y se le fue con otro.

Julia lloraba como lloró en el parto de sus 12 hijos, sus 12 historias. Ella igual que toda mujer, lloró al parir. Era aquel, el llanto de la vida que después sería el llanto de la muerte…

Allí no había más tristeza que la de Julia Zuleta, así esta fuese comprada…


..Y Raúl, con la última palustrada de mezcla, cerró la bóveda. Escribió un número que se sabía de memoria, el 129, fue el que le tocó al muerto como para que no lo olvidaran.

-¿Cuánto me va a cobrar?- preguntó él.

-Me debe $ 25.000, señor.

-Es muy caro.

-Los que no lloran deben pagar bien. Cobraría menos si todos hubieran llorado. Lloré sola. Lloro sin lágrimas de olvido. Lloro mi vida. No lloro mintiendo, cada vez que lo hago, lo hago por los míos y por el vacío que mi vida es. Págueme, señor, usted necesitaba quien le llorara a su padre. Eso vale mis lágrimas. Lo siento. De esto vivo y muero. El llanto es mi viejo amigo.

Y Julia Zuleta, que también sabía callar, envuelta en santa paz, se hundió en su silencio. Sólo Dios la había escuchado.
Esta noticia ha recibido 1391 visitas y ha sido enviada 12 veces       Enviar esta noticia



<-Volver

Artículos de opinión y colaboraciones:
Animamos a los alhaurinos a expresar sus opiniones en este periódico digital. Alhaurin.com no se responsabiliza del contenido o datos de dichas colaboraciones. Todo escrito debe traer necesariamente, incluso si quien escribe es un colectivo: Nombre, apellidos y un teléfono de contacto del autor. Envíe su artículo o carta a: redaccion@alhaurin.com
Alhaurin.com Periódico Independiente · Alhaurín de la Torre · Málaga. Dep. Legal: MA-1.023-2000. Andalucía Comunidad Cultural S.L. Servidor de Internet. Director: Alejandro Ortega. Delegado: Federico Ortega. 952 410 658 · 678 813 376
Webs que alojamos:
contador
visitas desde nov. 1998