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Vacaciones
Jose Maria Barrionuevo Gil. 18.08.19 
No nos lo podemos creer. Nos han dicho que ya tenemos vacaciones. Las vacaciones son un lujo que nos permite el alejamiento de las fatigas diarias y la cercanía de los seres queridos, siempre que, en una diáspora estacional, no se nos alejen más de lo que estábamos por “los trabajos y los días”, que esta modernidad tiene el vicio de servirno. Hasta el ejecutivo no quiere renunciar a ellas, aunque sean cortas, pero, eso sí, lo más anónimas y escondidas posible. El ejecutivo tiene la firmeza de ejecutar sus vacaciones y que no se las conviertan en un martirio en manos de las agencias de la información.
El ejecutivo sabe que las medios son insaciables y que en vacaciones les puede apretar la sed de noticias, que ávidamente están dispuestos a llevarse a la boca, eso sí, para después darle largas. El ejecutivo sabe que los medios no tienen bastante con los eventos ni tampoco con los tan traídos y llevados fichajes de futbolistas, porque luego se nos echa la liga encima y no podemos empezar con las calzas ni las calcetas bajas.
Los medios aprovechan, aunque sea interinamente, pues las figuras se van de garbeo por esos mundos de Dios, de darnos noticias de lo que sea. Nos dan nuevas de tantos y tan fastuosos eventos en los que no cabe ni un alfiler, nos hablan de los calurosos días que se nos vienen apretando de lo lindo y lo funesto, nos muestran los endiablados incendios que nos secan hasta las bocas y las miradas, nos refieren las oportunas huelgas que queman los últimos cartuchos ante la duradera y pertinaz desidia de las empresas que aprietan a más no poder, nos inundan con las torrenciales tormentas y lluvias que no quieren que olvidemos el denostado por muchos cambio climático,...
El ejecutivo hace bien en llevar a cabo su ínclito “si te vi no me acuerdo”, pues la grillera  y el canto de las chicharras, se hacen cálida y calurosamente cansinos. El ejecutivo sabe que necesitamos días de asueto y de paz y quiere que nosotros descansemos de tantas novedades cada día más novedosas por aquello de “maiora videbitis”. ¿Para qué tanto ver? ¿Para qué tanto mirar? Hay que relajarse y permitirle y permitirnos una porción de olvido y de desahucio de tantas inquietudes vicarias que nos meten los medios por el cuerpo.
Los medios no son mancos como para no sacarnos de nuestras casillas y alterarnos la tranquilidad hogareña, que es, muchas veces, lo único que profundamente ambicionamos. Las magnas concentraciones a las que el personal es convocado, los eventos multitudinarios, en los que no cabe ni un alfiler, tan asiduos, y las tradiciones tan modernizadas como engañosas, reúnen a una multitud anónima que seguirá igual de anónima y de desestructurada al poco de apagarse las guirnaldas de bombillas y los cañones de luz (menos mal).
Los medios se tiran a los aeropuertos y estaciones de nuestros ferrocarriles para traernos las sonrisas de los que vuelven, para mostrarnos que ahora quedan plazas para que nos echemos a la aventura de sonreír, eso sí, pagando. ¿Qué hubiera pasado si nuestros ancestros no se hubieran tirado al campo, no se hubieran movido, no se hubieran atrevido a pesar de los miedos?  Probablemente, no estaríamos aquí y menos, todavía, de vacaciones.
De las vacaciones de la Casa Real no nos ocupamos, ya que, por aquello de que todos somos iguales, los medios, en multitud, se le acercan y se encargan de darnos imágenes siempre nuevas y alegres, sin interferencias de ninguna reina de verano.
Ya nos quedan, totalmente alejados, aquellos últimos días escolares de nuestra infancia, en los que solamente teníamos vacaciones los niños y las niñas, eso sí, por separado, en aquellos  colegios públicos, incluidas las graduadas anejas a las Escuelas Normales de Magisterio, en las que los futuros maestros realizaban sus obligatorias prácticas. Bueno, lo normal de las Escuelas Normales de Magisterio, es que también estaban separados los estudiantes de maestro de las estudiantes de maestra.
Sobre todo, todavía nos viene a la memoria aquel último día de curso, en el que se arriaba y se guardaba una descolorida bandera, en el que las pizarras quedaban mal borradas por el nerviosismo del encargado y en el que todos, en tropel, nos alejábamos cantando: “Vivan las sardinitas.  / Vivan los boquerones. / Viva don José / que nos ha dado las vacaciones”.
josemª     
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