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El chef de la esperanza
Pedro Biedma. 18.08.19 
Pablo se considera un ser privilegiado, ya resulta complicado en nuestro tiempo tener un trabajo, y él tenía dos. Además en ambos desarrollaba la labor con la que siempre soñó, elaborar sabrosas recetas, con la única intención de que sus creaciones resultasen del agrado de sus comensales. Durante la mañana ejercía como segundo jefe de cocina en un céntrico y famoso restaurante de Barcelona. Uno que presumía de contar con dos estrellas en una guía emblemática, solo por ese hecho, la clientela estaba asegurada durante toda la temporada. La lista de espera era inmensa y las estrictas reglas de un establecimiento de tanto caché, no permitían atender a más de veinte afortunados clientes cada día, ni uno más, ni uno menos. El precio medio por persona también resultaba digno de ser incluido en un libro, concretamente, en el de los Récords Guinness.
El dueño y afamado chef casi nunca se personaba por allí, toda la responsabilidad recaía en Pablo.
Su jornada comenzaba muy temprano, antes de las siete de la mañana, y finalizaba con una puntualidad británica, a las cinco de la tarde.
La monotonía y frialdad con la que se confeccionaban los escasos y reputados platos que componían la minúscula carta, acompañado de los falsas felicitaciones recibidas de los adinerados y afortunados clientes tras degustar sus creaciones, hacían mella poco a poco en él.
Barajaba en su mente abandonar este empleo y dedicarse de lleno al segundo. Una buena razón le impedía dar el paso, como no, el importante sueldo que percibía y que permitía mantener a su familia con cierta comodidad económica.
Justo a las cinco de la tarde, se despojaba de su vestimenta, limpiaba y guardaba con esmero sus utensilios y se dirigía con rapidez a su domicilio. Allí esperaban sus dos hijos y su querida
madre, que convivía vivía con ellos. Tras besos, abrazos y caricias, comentaban con brevedad los
avatares acontecidos durante el día. Después de unos minutos de conversación, una ducha reparadora eliminaba sus pensamientos negativos y le cargaba de energía positiva y optimismo.
Él, en el fondo, conocía que no era un efecto provocado por el agua, sino por el simple hecho de pensar que ahora comenzaba el trabajo que en realidad le apasionaba.
Sobre las ocho de la tarde, llegaba al otro restaurante, que se hallaba en un barrio en el que los turistas y la clase adinerada brillaban por su ausencia. No disponía de ninguna estrella ni aparecía en ninguna famosa guía culinaria, es más resultaba complicado su localización a través de internet, que todo o casi todo lo encuentra. Los que allí acudían eran sabedores del lugar por el clásico “boca a boca”.
Nada más entrar, besaba a María, su mujer, la verdadera gestora del local, ella se encargaba de preparar el desayuno, almuerzo y merienda. Era una auténtica chef, una de las miles que no poseen estrellas ni la necesitan, la luz que emerge de su interior les convierte de por sí en un astro celestial. Tras el cariñoso encuentro, Pablo se interesaba por lo ocurrido durante la jornada, como siempre el comedor había estado a rebosar, con gente esperando en la calle la llegada de su turno. Por suerte hoy hubo comida para todos, no quedó una sola persona sin probar las delicias cocinadas por María y sus tres ayudantes.
Sin tiempo para nada más, Pablo se colocaba su delantal blanco, tomaba sus bártulos y junto al resto del personal elegían el menú de la cena. Un vistazo a los alimentos de los que disponían y en unos segundos ya tenían elección. En esos momentos se sentía un verdadero cocinero, agudizando su ingenio para crear un menú del agrado de los comensales con los limitados ingredientes que el corazón de la buena gente, les facilitaba.
En este restaurante no se admitían reservas, no limitaban la entrada a un número determinado de comensales, allí todo el mundo era bienvenido. Por supuesto, no existía la obligación de alabar al cocinero, gustase o no sus creaciones. Allí bastaba con una simple y sincera mirada de gratitud para satisfacer a Pablo y al resto de colaboradores.

Destacaba la originalidad al nombrar cada uno de los platos que componían el menú de la noche, hoy tocaba:
-    Sopa de fideos con esperanza
-    Filete de pollo a la plancha regado con ilusión
-    Bizcocho de yogur con trocitos de amor.
 
Al cabo de un par de horas de preparación, una fila interminable de personas se agolpaba en la entrada del “Comedor Social La Esperanza”. Pablo, con una sonrisa de oreja a oreja, abría la puerta del establecimiento y uno a uno saludaba a sus impacientes invitados. Conversaba unos segundos con ellos, bueno alguno no respondía pero Pablo no le concedía importancia alguna, no todos tenemos siempre un buen día, ni ganas siquiera de hablar. Muchos de ellos entraban con la cabeza agachada, sobre todo los nuevos, entonces él, apoyaba su mano derecha en sus barbillas, levantaba suavemente sus rostros y les decía:
— “Mantén la cabeza siempre alta, no tienes de que avergonzarte. El dinero va y viene, pero los sentimientos se mantienen y seguro que los tuyos son buenos. Recuerda siempre que no has hecho nada malo, simplemente las circunstancias de la vida hacen que hoy estés aquí, verás como pronto todo cambia, ten esperanza”.

A veces no podía evitar que alguna que otra lágrima se escapase sin su permiso, entonces con disimulo, la secaba con rapidez ayudado por su blanco delantal.  
Sobre las doce de la noche y tras dejar todo el local limpio y en perfectas condiciones para abrir por la mañana, se despedían del resto de voluntarios y agarrados de la cintura María y Pablo caminaban hacia su hogar. Estaba ubicado a escasos metros del comedor, durante el trayecto no paraban de reír, al llegar a su casa, se aseaban y sus cuerpos caían agotados en la cama. Mientras, sus enormes corazones, en silencio y rebosantes de entusiasmo, organizaban el menú del día siguiente.

PSEUDÓNIMO: KAS
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