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La casta naranja
Jose Maria Barrionuevo Gil. 13.07.19 
La castidad, de siempre, ha sido una virtud. Según nos dijeron, es una forma de la virtud de la templanza, que controla de acuerdo con la recta razón el deseo y el uso de aquellas cosas que aportan los mayores placeres sensuales. La sensualidad en general puede tener muchas estribaciones y puede ser que llegue a ramificarse por territorios de la política. La política puede tener estribaciones, bastante rocosas, que pueden enrocarse anímica y políticamente. Sin animosidad política podemos pensar que la pura y casta naranja se mete siempre en más líos de los que puede soportar,  precisamente por su raigambre autoritaria, cuando se pasa de frenada política que no ciudadana, cuando solo se mete allí donde puede sacar rédito mediático para poder sobreactuar como víctima. Su castidad de papel de fumar se rompe fácilmente con los derrubios de las lágrimas  que va buscando en todos los ríos revueltos y, sobre todo, en los que revuelve motu proprio.
    Podemos mirar lo grande que es España y resulta que la pura y casta naranja se mete donde no le quieren ni en pintura, porque va buscando un más que premeditado victimismo. Ya hemos visto cómo se metía en Alsasua, en Rentería, en Amer (Girona) pueblo de Puigdemont y otros lugares para poder llamar la atención con sus magníficas y magnificadas lágrimas, y chupar de los medios y de la difusión gratuita de sus imágenes. Nada que ver con la  bíblica Susana.
    Por supuesto que estamos en contra de que se les tiren latas y se les trate mal y se les colme de improperios, pero ya están alterando demasiado el patio de vecinos como para que todo el mundo no se ponga de los nervios ante ese buscado protagonismo que enarbola Ciudadanos.
    Así y con estos mimbres nos hemos permitido hablar de todo y de nada, pero por el ruido que se nos mete desde la televisión por el barullo de los tertulianos, nos hemos quedado con argumentaciones de todo tipo, así como con justificaciones y acusaciones totalmente gratuitas que solo buscaban poder demonizar a los posibles protagonistas de un gobierno de progreso, que les hace temblar a las derechas unidas, y más que a nadie a quienes se camuflan de centristas, pero que un día si y otro también nos enseñan sus calzados militaristas y autoritarios, por no decir sus patitas.
    Tan inestable estaba el debate, que hemos podido oír que se rechazaba a los de Ciudadanos, en la manifestación LGTBI, porque habían estado cediendo ante los planteamientos de Vox. Sin embargo hasta ese argumento nos ha parecido incorrecto, ante el palpable oportunismo que estos días se completa con la publicitada presentación de la ley neoliberal de la maternidad subrogada.
    Quienes hemos estado en todo tipo de manifestaciones, y en muchas con zapatillas de deportes, por si venía la pasma y teníamos que salir pitando, sabemos de muchos listillos que se meten en ellas no para apoyar las reivindiaciones, sino para apuntarse tantos y hacerse propaganda. En la manifestación de Málaga del viernes de la semana anterior, pudimos oir a compañeros que hablaban de traidores al referirse a los asistentes de un sindicato que iban hasta las trancas de banderas partidistas. La inteligencia tiene olfato y se huele  las utilizaciones y provocaciones.
    Cuando las manifestaciones son sociales y no partidistas, como la que nos ocupa, no está permitido educadamente la manipulación con banderas o pancartas sectoriales que no tienen nada que ver con la unidad y la definida expresión de una convocatoria determinada. Podemos dar fe de ello, porque los criterios se establecen y acuerdan. Se ha visto claramente que en la manifestación del orgullo de Madrid no había ni banderas ni pancartas de partidos políticos, aunque si hubiera personas de distintas y diversas afiliaciones. El  Orgullo, este año, tenía como cometido  el reconocimiento de los mayores del Movimiento Gay, que ellos si que lo sufrieron, de verdad, en sus carnes y no otra cosa. Ciudadanos tenía libertad de expresión para haber montado su propia mani.
    Y aquí está el mal y la pasada partidista. Hemos podido contemplar pancartas, banderas, pegatinas, globos partidistas de Ciudadanos, que han ido a protagonizar descaradamente su bandería, pura casta naranja, como si no quisiera romper un plato, pero que era capaz de cargarse una vajilla entera, la de la unidad y el consenso, sobre todo, cuando Arrimadas habló, sin justificación alguna, del odio de las izquierdas. A Rivera lo notamos ausente, perdido, en un tendido de sombra o tras un burladero especial de autoridades. La casta, nada virtuosa, peca y se retrata.
    Además, ¿hasta cuando tendremos que soportar, para colmo, estas situaciones, que, de suyo, cuentan con tertulianos apologistas, amén de partidistas, que interrumpen siempre a los demás?
josemª 
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