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Crónicas del  otro “Macondo” -Historias para  ganarle  al olvido-
El padre  Hernández… o  cuando hubo sacerdotes de  sotana y  bonete

Cuentos y relatos globales. 30.06.19 
*…Y  Dios le  dijo: “¡Sígueme!”
Escrito  por; Walter  E. Pimienta Jiménez.- Empezaré por  el  final,  empezaré  diciendo que en  atención y  cumplimiento a  la sabida costumbre de  cómo morían antes en  el  mundo los  papas,  el   recordado y  querido padre Feliciano  Hernández, además de vejez, quizás murió de hipo…
Al   padre Hernández le  gustaba usar,  en medio  del calor más  ardiente venido del  infierno y  que algún  día se  apoderó  del pueblo para no  irse nunca, su sotana inmaculada de  color blanco-blanco; blanco magnífico,  como  el  blanco  de  su pelo, blanco de  domingo día  del  Señor con  la  iglesia llena de feligreses…
Siempre  vi al  padre Hernández sentado en  la  silla sacerdotal del  templo poseyendo aquella celestial actitud de  santo  viejo con  la  Biblia en  las  manos en su  larga espera de ser beatificado pues  tenía para  ello  a Dios en  el  corazón y ese aire angélico de profunda serenidad que  deben tener los  ángeles ancianos de la  mayor  sencillez en  la  tercera edad…

…El  padre  Hernández ha sido en  distintos  andares de  lo  que escribo,  infaltable personaje incuestionable de  mis  historias relacionadas y  alusivas en contra  prestación al  más considerable favor que me  hiciera al confesarme satisfecho, en  un  mayo ventoso que  no parecía avanzar en  el calendario,  que en  medio de  himnos religiosos de  un criollo coro femenino, para  el  tiempo de una fiesta  patronal, en  el  nombre  del  Padre,  del  Hijo  y  del  Espíritu  Santo,  de niño y  sin derramar  yo  una  lágrima, me  bautizó complacido en  hacerme descendiente de  Dios y  que procediendo  en ello,  nunca como  en  tal  momento sintió en  sus  manos más fresca el  agua bendita con que bañara mi  cabeza suspendida en brazos de Sofanor y  Teresa, mis  padrinos,  en  tanto   sacudiéndome a forcejeos dejaba escapar de  mi  alma el  pecado  original y untado en  la  frente con  la  cruz del óleo, poniendo  un puntico de sal en  mi  lengua, lo  que me  hiciera con  desagrado  arrugar mi  cara, vio como  el  maligno,  tal  que si  él le  hubiese conectado un  soberbio recto  de derecha en  el  pómulo izquierdo, lo mando a  la  lona retorciéndose de dolor perdiendo  este la  batalla por “nocaut” técnico en el  primer asalto…

Invariablemente recuerdo haber visto al  padre  Hernández con  su  sotana de sacerdote –como  que dormía con esta puesta- seguido en  las  sombras por  el  enemigo incapaz de mirarle su  cara rojiza ante la  cual,  sumiso, con  su  ojo todavía  hinchado,  bajaba  la  vista desde  la  tarde en  que habiendo perdido  con  el  buen sacerdote que me sacramentara,  acumuló en su  palmarés una  derrota más y  en  tal  caso,  el  de  los cachos, acababa husmeando en  el religioso oloroso a enciendo la  presencia  poderosa de  Dios,  pero  sin dejar este nunca  de perseguir obstinado a cristianizados que, con sus  escapularios benditos colgados al  cuello, volvían ineficaces todas sus  malas estrategias yendo sin  falta al  catecismo de  los sábados a  las  tres  de  la tarde…

El  padre  Hernández de  aquellos  días,  recitando  Salmos, a donde  quiera  fuera,  gracias  a su  oratoria, fue constructor de  iglesias a punta de rezos,  de  tómbolas, de rifas,  de venta  de empanadas y  de ayunos voluntarios,  forzando así su  terquedad cristiana de  apóstol en la milagrosa multiplicación de ofrendas que  bendecía luego de sermonear  con  palabras de rigor a  los  fieles…

Pastor de  su rebaño,  el  padre Hernández,  de sotana y  bonete,  redimió matrimonios  desavenidos y   ungió moribundos previstos sin  que de él no  falten quienes lo  creyeran hacedor de  prodigios menores no  confesos como  los  de,  revestido de  Dios, hacer  florecer a las rosas,  poner  a cantar a  los  pájaros y  madurar las  frutas con  solo mirarlas…

Cuando  el  padre Hernández,  ya  más  viejo de  lo viejo que  era cuando de joven,  una mañana fresca de  abril me  habló de  mi  bautizo,  a lo  mejor confundido de  tanto rezar todo el  día,  a la  ligera inició la  que  fuera su  última misa que empezó por  el final con  un inexplicable  “podéis  ir  en  paz” dirigido a  los presentes, llegada  su  hora,  de  un  clavo en  la pared colgaría su  sotana y,  vulnerable como  todo humano, presagiando que  todo estaba  ya  consumado, lo  mismo que  un  ángel  viejo lo  hace, rebosante la postrera copa  de  vino consagrado que  bebería,  consolado en  la  fe del  cielo,  como  premio,  mudando  de  casa,  gozoso de  haber servido para tanta cosa  buena y  cuando la vida ya  le pesaba,  con  su  hipo de pre defunción y una oración en  los labios,  triunfante se  fue en  brazos del  señor para siempre muerto,  pero jamás fallecido para  el  olvido…

Walter  E. Pimienta Jiménez.

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