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La  suerte  está  echada
Jose Maria Barrionuevo Gil. 29.06.19 
Dede que César tuvo el atrevimiento de saltarse la frontera del río Rubicón y meterse en una guerra civil, sabemos por las crónicas y hasta por el boca a boca, que ha llovido mucho. A veces nos han caído hasta chuzos de punta, cuando el ambiente no estaba nada “sereno”. Ahora con el cambio climático que nos estamos ganando a pulso o, por decirlo de otro modo y mejor, por estar perdiendo el pulso de los acontecimientos, se nos va colando poquito a poquito, el poder omnímodo de la ultraderecha, que es bastante desértico.
Aunque, en el fondo, no queremos que avance el desierto, que todo lo verde lo seca, en las últimas elecciones del pasado mayo, los españoles nos quitamos precipitadamente el sayo y el que más y el que menos se fue a la playa. A la vuelta nos encontramos que habíamos pasado el Rubicón sin mojarnos, pie enjuto por el nuevo mar rojo, que se nos había descolorido bastante, y poder ver al día siguiente que nos habíamos pasado de frenada y las urnas estaban clamándonos que “la suerte estaba echada”. Nos habíamos jugado la participación a los dados, que son esas piezas hexagonales con puntos negros. También las fichas del dominó tienen los puntos negros, pero nos podrían ayudar a justificarnos, cuando pasamos de turno y de tema, porque no tenemos la ficha adecuada. Sin embargo, con los dados que nos han tocado, no podemos pasar. Los resultados de las urnas, sin acusarnos ni insultarnos a nadie, pues no habían aprendido los modos, modales y maneras de algunos políticos, nos dieron el cante de que los dados habían caído sobre la piel de toro y ya eran inamovibles para nosotros.
    Sabemos que vivimos en tiempos de democracia, escasilla, representativa, sin embargo, por el lado más chungo, son tan representativas, que nos representan, sobre todo, cuando hacemos dejación de nuetra responsabilidad y dejamos que los demás nos hagan el favor de acercarse a los colegios electorales y nos hagan el pequeño trabajo. Como al final casi todo se sabe, nos encontramos que estamos representados en el conjunto, nada vacío, de las abstenciones.
    Si las campañas preelectorales y electorales nos hastían hasta en invierno, cuando dejamos que sean los demás quienes decidan por nosotros cómo debería ser el gobierno, las campañas poselectorales de denigraciones y desplantes, más que las de acuerdos, nos dejan extenuados para el resto de la legislatura, lo que no nos resulta nada apetitoso.
    Por otro lado, nos encontramos que la diosa fortuna nos ha diseñado un plato que está por preparar y que, como no se encuentra nada que pueda pensarse que quede a gusto de todos, ni siquiera a los de más sabiduría se les ocurre ponerse  a la faena de los fogones y aderezar con arte y parte, para que no estemos mucho tiempo  en ayunas de soluciones, que estamos necesitando desde hace bastante tiempo.
    Sabemos que los votos no lo son todo, pero lo que no podemos ignorar es que se pierdan tantos esfuerzos y tantos votos, por la especial y cicatera representatividad que nos otorga la actual ley electoral.
    Un día sí y otro también, sí suman para todos las incertidumbres y, a la vez, las inquietudes, porque no sabemos qué es lo que se está cocinando.
    Por otro lado, ahora, no sabemos si ha sido por un pacto entre caballeros o por unos calendarios específicos y de estricta judicatura, nos enteramos de causas que habían sido aguas ocultas de otro río, el Guadiana, y que no habían aflorado antes para que no se nos anegara la campaña electoral.
    “Cuando el río suena, agua lleva”, pero parece que la tecnología se impone a la naturaleza y los lechos de los ríos se muestran sin hacernos el más mínimo ruido. Las huestes del César no se mojan o tienen cuidado para que no les salpiquen las aguas de sus debilidades, que podrían y, de hecho, pueden anegarnos a todos.
    Ahora, sabemos que fue Jesús, y no Jordi Pujol, quien dijo que “Como caiga el árbol, así quedará”. Ahora, sí sabemos  que la suerte está echada o, quizás, esté incluso tumbada, o casi dormida, a no ser que esté medio muerta. Quizá sea porque nos faltan manos para darle al árbol.
josemª    
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