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Cuéntame tus penas...
Natividad Castejón Valero. 17.06.19 
Decía mi padre que "Los males comunicaos, si no son remediaos, al menos son aliviaos"... y tenía razón.
Siempre que tengo un problema, busco un hombro impermeable donde poder soltar una lágrima.
Todos tenemos problemas. Unos los llevamos mejor, y otros los llevamos peor. Unos son más manejables, y otros nos manejan a nosotros (o nos dejamos manejar).
Los hay que se los toman con humor, y los hay que se amargan la existencia , y de paso se la amargan a todo el que tengan alrededor...
Hay gente para todos los gustos.
Yo me inclino a pensar que me los tomo con paciencia, pero esa es mi opinión... ¡Seguro que mis hijas opinan otra cosa!Cuando paso una época agobiante, de mucho estrés y muchas dificultades y contratiempos, paro y recapacito.
Les hablo directamente a los problemas a la cara, y les digo: "A ver... un poco de orden. Ya sé que todos queréis ser los primeros, pero no puede ser. Ponéos en fila, y os iré atendiendo uno a uno".

Aquí viene donde se pelean por ponerse los primeros, como los niños para salir al patio, y donde me toca a mí volver a llamarles la atención... "¡He dicho orden! ¡Ahora os pondré yo por mi orden!

"Tú, ponte aquí delante (problema de la niña). Tú, detrás (problema de salud), y tú, el siguiente (problema de la casa)... Ahora, tú (problema de pareja), y a continuación tú (problema de trabajo)". Así hasta que se acabe la lista.

Menos mal que son obedientes, y se queda cada uno en el sitio que les he indicado. Si no, podría volverme loca...

A todo esto, a cada uno le pongo una cara (evidentemente) y una estructura corporal dependiendo de la envergadura del problema...

Atención, porque esto es importante:
A continuación toca sentarse detrás de una mesa e ir atendiendo a cada uno de ellos como si de una consulta del médico de cabecera se tratase.

A saber... "¡Que pase el primero!". Entra el problema de la niña.
Lo observo detenidamente, le hago un par de preguntas para analizarlo mejor, y le extiendo la receta: "Hablar primero con la niña, valorar su nivel de ansiedad, ver en qué situación se encuentra, preguntarle si necesita ayuda, y si ella lo cree necesario, solicitar una reunión con la orientadora del centro escolar. Si esto no funciona, solicitar entrevista con su tutora, o con el jefe de estudios. Volver en una semana para revisión".

¡Listo! "¡Que pase el siguiente!". Y entra el problema de salud... lo mismo. Lo obsevas, lo analizas, le haces un par de preguntillas, y anotas en tu agenda para la fecha de mañana: "Solicitar cita para medicina interna y cita urgente para masaje". ¡Listo! "¡El siguiente!"

Y así uno a uno, hasta que se acabe la cola.

Puede parecer una chorrada como la copa de un pino, pero te aseguro que no lo es, y además ayuda mucho a clarificar y tomar decisiones.

Y ya, lo más de lo más, sería pedir en algunos casos una segunda opinión...
Esto es muy importante, y explico por qué: a veces, nos empeñamos en ver un problema y atenderlo de una determinada manera, y el problema no desaparece. Y lo que es peor... ¡ni siquiera mejora!

En esos casos lo mejor que podemos hacer es, como he dicho al principio, buscar un hombro impermeable, y contarle el problema.
Porque mi problema es mío, y como tal, lo observo desde el fondo de mi pozo particular. Pero al contárselo a otra persona, ésta (al verlo desde fuera) me pone en perspectiva, dándome otra visión con la que yo, desde mi pozo, no cuento.

Y si se lo cuento a otra persona más, me dará también su propia opinión, y por lo tanto otra cara más que yo, quizás, tampoco había visto.

Así, poco a poco, me voy configurando una imagen tridimensional (y más real) de un problema que yo no podía apreciar en toda su magnitud, porque sencillamente me estaba aplastando.

Y de este modo, una situación que yo trataba de "problemilla de ná", puede ocurrir que se tratase en realidad de "problemón", y que cuando yo intentaba solucionarlo, por poner un ejemplo, esperando una respuesta de mi jefe, en realidad la solución pasaba por hacer autoanálisis y cambiar mi actitud. Cosa, por otra parte, bastante más complicada, porque el hombre es un animal de costumbres... Y cuando se trata de cambiar costumbres, nos resulta más sencillo decirle al prójimo que lo haga, a tener que asumir que el cambio lo tenemos que hacer nosotros mismos. ¿O no?

Yo entiendo que hay personas que se cierran a la posibilidad de contar sus problemas a nadie, porque luego se puede convertir en un arma de doble filo, y que esa persona a la que le contó su problema, se encuentre ahora en una posición de poder, amenazando con soltar el hilo de la "cometa" de la información que posee...

En esos casos el truco está, en primer lugar, en elegir bien el hombro donde llorar (a veces es mejor hablar con un desconocido al que ni le vaya, ni le venga el tema).

Y en segundo lugar, como dice la gran Isabel Allende, "Yo lo cuento todo. Porque si no tengo secretos, ¿con qué me pueden amenazar?".

Así que tú verás.

A menudo, curiosamente, ocurre que justo en el momento en que estamos explicando nuestro problema en cuestión a otra persona... aparece la solución, como por arte de magia.

De ahí la importancia de contarle a alguien en voz alta nuestras penas, aunque a veces ese alguien sea nuestra mascota.

Gracias y saludos,
Natividad Castejón

PD: Desde aquí un saludo muy grande y lleno de amor, a todas aquellas personas que en algún momento de mi vida me han servido de "hombro impermeable" donde llorar. Gracias por ofrecerme vuestra visión y ayudarme con la resolución de mis conflictos. Gracias, gracias y gracias.
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