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Crónicas del otro “Macondo” -Historias para ganarle al olvido-
“El Mono de Atala”
Por la senda inolvidable de aquellas cocinas

Cuentos y relatos globales. 16.06.19 
”Voy a cocinar”, era la mejor forma que mi madre siempre tuvo para decir a sus hijos… los amo…
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.La cocina es el sitio que más visita uno en la casa. Algo hay allí. Se sale y se entra; se entra y se sale y se regresa por algo. La vida hogareña de todos los tiempos, no sería nada sin la cocina…Ella es como el laboratorio donde, con una pizca de sal, las madres ensayan el sabor de la existencia. Yo, de niño me inventaba mi espacio en la cocina para hacer allí mis tareas escolares y estar cerca de algo que comer. Y no digan que no. Había quienes habiéndole echado el ojo a la olla tapada que dejara la abuela o nuestra mamá, haciendo que íbamos al jardín, volteando la vista, cambiamos la ruta y…”Chuácata”, cayaitos, nos metíamos en aquella aderezada y condimentada habitación de la casa, lugar que por lo general , sin extractor de humo y de tufos, como ahora, olía a ajo, a adobo de dos días, a plátano maduro, a carne salada, a cebolla, a comino y a carne guisada…
Había conmigo quienes, rumbo a la cocina, en busca de un robado “bocaito”, no previendo encontrarse con alguien saliendo de esta, nos hacía detener en seco y decir a quién nos descubriera: “Ñerda, si yo iba era para el baño”…y cambiando la ruta, carraspeando apenados y mirando de paso el jardín, decíamos: “Están bonitas las flores”, consideración fuera de lugar porque dichas personas, nunca las mirábamos pues no era precisamente aquello una costumbre, ni común la ventura necia de pincharnos de vez en cuando un dedo con las espinas de las rosas…
No existía para mí una ruta casera más frecuentada que la de la cocina, grato camino que me sabíamos de memoria y que yo en mi caso, haciendo recuerdo de la de la de mi mamá, así describo: Una mesa mediana en la que había una mediana estufa de gas con su frasco lleno de combustible, seguro con tres fogones cuyas mechas se hacían cortándolas de un viejo sombrero de fieltro; una alacena de varios puestos para las verduras y granos; una vajilla colgante en la pared en cuyos compartimientos de alambre se colocaban platos de loza y de peltre guardando el misterio de no caerse y, en una especie de “ganchos laterales” los enganchadores de los pocillos suspendiéndolos por sus orejas. Y en el rincón, un cajón viejo de madera, de aquellos en que venían antes las cervezas, daba refugio a los condimentos, a la sal, a la azúcar, al “Aceite Comestible Chegui” y, allí mismo, latas de avena, de café molido o en bolsas, panela y , muy, pero muy en el fondo de este, unas infaltables monedas que, como vueltos por compras en la tienda, le sobraban… y de las cuales, dicho sea de paso, yo no daba cuentas cuando ella las buscaba.

En la cocina de mi casa, hasta hice recreativos ejercicios de lectura leyendo, bajo oculta seducción, las recetas que traía en su lata el pote de Avena Quaker, la caja amarilla de Maicena, la bolsa de “Nutricia San Fernando”; el indicativo instructivo del tarro de Kola Granulada JGB; el de las etiquetas de extractos enseñando el uso de la esencia de “Vainilla Castell”; el de la llamativa botella de “Salsa de Tomate Fruco”; la preventiva sugerencia de utilización -para que no se pusiera rancia- que venía impresa en el envase de vidrio de la “Mantequilla los Lirios” con su dibujada vaca color “berrenda de negro”… Y allí, junto con pastillas de “Chocolate Corona”, junto con los guisoles “El Rey”, la canela en astillas, el clavito, el anís estrellado y la pimienta de olor y un vaso de “Mermelada Respin”, hoyada de tanto dedo, el completo del deleite: una lata de “Galletas de Soda Noel”… No había, en consecuencia, rumbo más delicioso en mi casa que el que, con escondido deseo, me llevaba a su atrayente cocina recién hecha por mi mamá la compra en Barranquilla…Ah, y se me olvidaba, en un calado de la pared, enrollado y poniéndose amarillo en sus hojas, el “Cancionero Popular Latinoamericano” que tenía en la portada una foto de María Luisa Landín, la del bolero “Amor Perdido”, “ayudándola a cocinar cantando”…

En ningún otro lugar como en la cocina de mi casa, quemándome los dedos, probé antes de tiempo la comida bajo los fingidos argumentos de: “Amá, le falta sal al arroz, o el de : “Amá, ya casi está la carne” y ella con su necesario: “ Espérate, mijo, ya casi, todavía le falta un poquito”…me aguantaba las ganas...

No hay polémica alguna ni debe haberla: la cocina, lugar de cientos de citas gastronómicas para la subsistencia humana, lugar de restauración al hambre, dice la historia más antigua, ha sido de cada casa el centro vegetativo donde mora tibio el Pan Nuestro de cada Día y, sirviéndose de las limpias y benditas manos de nuestras madres, el mejor cocinero es Dios…Así recuerdo la cocina de mi casa, lugar donde mi progenitora hizo poesías comestibles y, a veces, pan de la nada…

Hay cocinas de abajo y de arriba, donde con yuca y arroz se apabulla el hambre, y donde con manjares de dioses, pobres y ricos, eructando a placer, sentencian la misma verdad de todas las verdades: “Barriga llena, corazón contento”…

En mi cocina, en la de mi casa, en la de infancia, viví el gozoso apetito de un “lírico arroz de lisa”, la letra de un poema hecho con mazamorra de plátano maduro y el mambo de “un arroz de palito” porque la cocina, la cocina para mí, tuvo y tiene música y modulación de canto bajito mientras en un piloncito de madera, se majaba el ajo y con una maraca de calabazo llena de achiote, las abuelas sabían vestir la sopa de colores.
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