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Bienvenido V
Pedro Biedma. 19.05.19 
Contemplaba absorto la enorme belleza que posee la caída del ocaso, sentado en un viejo e incomodo banco de estación, se sentó junto a mi y tuvo que recurrir a una tos forzada para llamar mi atención, inmediatamente me disculpé y saludé. Se trataba de un señor de mediana edad y sobre todo con ganas de hablar, era una de esas personas que te hacen dudar sí es cierto o no el dicho de “habla hasta por los codos”. Tras corresponder a mi saludo se presentó, mejor dicho, me relató su vida en apenas quince minutos, lo que tardó en aparecer mi tren. Me susurró al oído que algo le perseguía desde su nacimiento y estaba seguro de que sería el causante de su muerte, yo no lo tomé en serio, pero me apetecía oír su historia, seguramente victima del aburrimiento acumulado tras dos horas de espera en aquel lugar.
Sus padres nacieron en Puerto Rico y emigraron a España donde, al poco tiempo, vino él al mundo, un 23 de abril de 1.951, recordado en Valencia, su ciudad natal, por ser el día en que el viento logró rachas de 115 km/hora, récord histórico aún no superado, todo acababa de comenzar. Recordaba las risas de sus compañeros de clase al pasar lista el profesor y pronunciar su nombre, “Bienvenido Vientos Del Campo”, comentó medio avergonzado, la verdad que mis labios dibujaron una sonrisa espontánea, la cual borré al instante, para colmo el nombre del centro educativo era Molinillo de Viento y su uniforme llevaba un anagrama con dicho elemento.
Acababa de cumplir diez años cuando su padre falleció en un desgraciado accidente, regresaban los tres de su habitual paseo dominical cuando, apenas a cien metros de su casa, una repentina racha de viento desprendió una enorme rama de un árbol que desgraciadamente golpeó de lleno en su cabeza, los médicos no pudieron hacer nada por salvar su vida, su madre y él se libraron por los pelos. Una progresiva depresión se fue adueñando de su madre hasta que una noche al volver de su trabajo, en una fábrica de abanicos, encontró una nota en la mesa de la cocina, el texto escrito en aquél papel continúa siendo una incógnita para él, cogió el sobre, encendió la luz de la terraza, tomó asiento y sacó el papel del interior. En ese instante, llamaron a su puerta, colocó la carta en la mesa y abrió a su vecina que le pidió un par de huevos, tras dárselos volvió a la terraza, solo halló el sobre con el nombre de su madre, Brisa. La nota interior debió volar hacia la calle cual avión de papel empujado por el viento, aunque bajó corriendo a buscarla, no la localizó, nunca más supo de su querida mamá.
Para olvidarse de todo y empezar una nueva vida, se trasladó a Madrid donde pronto encontró trabajo en el que sería su empleo definitivo, operario de pista en un aeropuerto, alquiló una vivienda en el cercano barrio de Cuatro Vientos. En esos momentos yo no tenía claro sí reír o llorar, los músculos de mi cara no sabían que postura adoptar. Una tarde acudió al cine, su gran afición, para ver una reposición de su película favorita, conoció a Carmen, quien un año después se convertiría en su esposa, ella era meteoróloga y curiosamente también le encantaba ese film, trataba sobre la esclavitud, coincidieron en la fila para comprar la entrada y ver de nuevo, no recuerdo exactamente el nombre pero aparecía la palabra viento. Su suerte parecía haber cambiado, se les veía felices, a pesar de que nunca podrían tener hijos pues Bienvenido era estéril. Todo resultaba idílico, hasta que un fatídico día en que ambos acudieron a un concierto de una cantante andaluza que poseía una garganta privilegiada, Carmen de repente, se acercó a su oído y le confesó que había decidido acabar su relación, estaba enamorada de Juan, un colega de profesión especialista en elaborar mapas eólicos de España, además sentía una enorme frustración por el hechos de no poder ser madre y sabía perfectamente que a su lado nunca lo conseguiría. Bienvenido enmudeció, quedó inmóvil mientras ella se alejaba, al fondo, resonaban con fuerza palabras de su hasta entonces canción preferida que hablaba de alas y como no de viento.
En ese preciso instante los megáfonos de la estación anunciaban la inminente llegada de mi tren, Bienvenido se percató y me dijo que disponía de innumerables anécdotas relacionadas con el viento y todas con un trágico final, él llevaba años evitándolo y últimamente se dedicaba a realizar excursiones por todo el país, eso sí, siempre informándose con antelación de la presencia o no de dicho elemento. Tras despedirme amablemente, me deseó suerte y me confesó que ya se encontraba cansado de huir, iba a ir al encuentro de su destino y acabar de una vez por todas con este agotador sufrimiento.
Durante todo mi viaje no cesaba de recordar una y otra vez todo lo que Bienvenido me contó, después de unas horas llegué a la conclusión de que solo se trataba de un pobre señor que padecía algún tipo de enfermedad mental. Con el paso de los días me olvidé por completo de este suceso pero una mañana de domingo mientras desayunaba leyendo la prensa, me topé con un artículo de sucesos que me llenó de pena y tristeza, en una localidad cercana a donde yo nací ocurrió lo siguiente “en la visita de unos excursionistas a nuestros famosos molinos de vientos de la comarca, un señor bajó del autobús dispuesto a recoger la cámara que olvidó en el interior de uno de ellos cuando inexplicablemente se desprendieron las aspas de ese molino con la mala fortuna de caer de lleno sobre la cabeza del señor que falleció al instante, B.V. tenía 66 años de edad y era natural de Valencia, D.E.P.”
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