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No somos esclavos de nuestros genes (y 3)
Jose Maria Barrionuevo Gil. 20.04.19 
Más de una vez nos han sorprendido las noticias con la gestión que estamos haciendo de este terruño tan redondo (que les ha salido a algunos), pero que a la inmensa mayoría nos toca darnos de bruces con las aristas. Siempre se ha dicho que la gente a la que le falta flexibilidad tiene una mente cuadriculada. Esta dotación de rigidez, de ver los hechos sin profundidad, en una superficie plana, sin profundidad alguna, puede estar predispuesta por los genes, que en muchos casos detentan un poder nada despreciable. Sin embargo, como ya hemos podido comprobar, la genética no siempre nos induce con un determinismo insoslayable.
Ahora bien, cuando el ambiente, sobre todo educativo y especialmente el familiar, puede ayudar a que todo el mundo pueda comportarse debidamente y en conciencia, a pesar de las circunstancias sobrevenidas, no se da por mal trabajo el poder abrir las mentes y ensanchar la mirada, sin prejuicios ni intereses inconfesables. Sin embargo, ya nos lo advertía Berganza en El coloquio de los perros, de parte de don Miguel de Cervantes: “Hacer y decir mal lo heredamos de nuestros primeros padres y lo mamamos en la leche”. De todos es sabido el dicho tan popular de “la mala leche”, que nos hace considerar que ese “don” es precisamente adquirido en el ambiente y no otorgado por la genética.
Desde nuestra más tierna infancia se nos puede conducir por un camino de amabilidad y confianza o por derroteros de desconfianza y de actitudes defensivas ante todo lo que nos rodea, sin que la herencia genética pueda desarrollar unas actitudes de bloqueo de todo lo que se le pueda venir encima. El temperamento y subsiguientemente el carácter tienen un recorrido que nos conviene reconducir para que nuestro viaje por estas tierras no esté asistido por demasiados accidentes personales y sociales, y no digamos políticos y hasta bélicos.
Si ya hemos podido considerar que no todo está escrito ni determinado y que el “fatum” de la agresividad congénita, como pueden decir algunos, puede estar sometido a una labor de reciclaje, siempre que no sea un caso de enfermedad psicológica imposible de remediar, la violencia, según la epigenética, puede ser considerada como una opción y no como una obligación.
La apertura de miras de esta ciencia, que con Humberto Maturana hemos podido contemplar, incluso, como Biología del amor, no tiene por qué ser obviada ni tampoco ridiculizada. Ya hemos podido hablar otras veces de que los defensores del principio de agresividad, como un instinto indiscutible, no paran de gastar ingentes sumas de recursos económicos y humanos para mediáticamente asolar y ensolar a todas las clases sociales de constantes modelos agresivos para que puedan aprender a caminar, dentro de unos cauces indiscutibles de violencia, con un paradigma que no admite objeciones.
Como podemos ver esa actitud de tanta insistencia en que la naturaleza humana es, por naturaleza violenta, queda en entredicho, ya que, si fueramos natural e intrinsecamente violentos, no nos lo tendrían que recordar sin darse un respiro, como está sucediendo con el aprendizaje vicario.
Por eso, si en la conferencia, anteriormente ya referida, se nos decía que “podemos afirmar que no somos esclavos de nuestros genes, sino moduladores de su actividad y por tanto co-creadores de nuestra realidad”... y que “podemos aprender a activar 'genes positivos' y a desactivar 'los negativos', podemos quedarnos algo tranquilos porque no está todo perdido.
Nos pueden decir que la educación, familiar o social, no consigue fácilmente hacer algo tan titánico como rediseñar las líneas maestras establecidas por la genética, cuando ésta está fuertemente vinculada a una imperiosa fuerza que viene dirigida por la dominancia de unos neurotransmisores que imprimen, a la larga, un fuerte carácter.
No obstante, nuestras experiencias y las de muchos nos han podido hacer ver que, cuando se da una cierta rigidez mental, génetica, (con todos nuestros respetos), y una educación familiar o institucional también rígida, cuesta mucho trabajo que se produzca una apertura de miras, como podemos observar, diariamente, en muchos casos de personas políticas, religiosas, sociales... de todas las tendencias. No somos esclavos de los genes, pero tampoco deberíamos serlo del adoctrinamiento, aunque solo sea por seguir aún con la manía que guía nuestra natural libertad.
josemª
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