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Relatos de “El  Mono  de  Atala” -Si no se ha vivido, para qué escribir-
Domingo  de  Ramos… Memoria  de  un  tiempo…
GOZOS Y  MIEDOS  DE  SEMANA  SANTA

Cuentos y relatos globales. 14.04.19 
*Si dejas todo en  las  manos de  Dios,  verás la mano de  Dios en  todo…
Escribe; Walter  E.  Pimienta Jiménez.- El pueblo todo, como un silencioso monasterio de la Edad Media, en Semana Santa era…Una nube celeste de oloroso incienso ardiendo en cada casa de la Calle del Repaso, se alzaba y la voz trémula de Conchita Arteta leyendo los Salmos, a la distancia se oía; mientras procedentes del monte, para regalar a los vecinos, José del Carmen Hernández y el viejo José Ángel Molina, en sus burros, una cargazón de ramos de olivo traían.
Es Domingo de Ramos, un domingo de metálica y brillante luz solar… todo está limpio y huele a limpio.
Salgo a la calle, la miro absorto. No hay gente. El silencio al que ya me referí, es de todos y es de nadie. No estorba el canto de los gallos ni el ladrido de los perros y se diría que en el pueblo, exento yo, ninguno vive.
Bañadito, planchadito; peinado, enmediado y embotinado, con mi abuelo Ismael, voy a misa. Son como las nueve de la mañana…

Llego a la iglesia y veo que las devotas señoras, desde hoy hasta el Domingo de Resurrección, aunque no cargan luto familiar, por adelantado y sintiendo en el alma una polvorienta tristeza, visten de negro visible como una manera de sentir en sus corazones la muerte del muerto en la cruz…

Por las puertas, por las ventanas y calados del templo, en el que ha cabido no sé cómo más de medio pueblo, en coro, salen cantos religiosos y, por encima de los himnos, el padre Hernández, con un poderío de resonantes palabras que calan en la conciencia y que, a lo mejor, resuenan también en los huesos del diablo haciéndole correr de dolor berreando como chivo con el rabo entre las piernas, habla del Hijo de Dios entrando ese día victorioso a Jerusalén montado en un asno entre hosannas y voces de la gente diciéndole: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor¡ Y con un batir de ramos, todo es alegría acogiendo al Hombre de Nazaret…

Los santos de yeso la iglesia, todos, representados en sus imágenes, montados en sus retablos, están cubiertos de pie a cabeza por una tela ordinaria de color morado.

Hemos salido ahora en peregrinación a las calles. En andas, los a adultos llevan al Sagrado Corazón de Jesús que de momento no tiene cara de enfermo y le veo alegre y florido…El cielo está hecho de azul cristal y las gentes que no fueron a la misa, saliendo de algún lugar y abandonando sus domésticos oficio, asomadas nos ven pesar…

El pueblo cobra presencia y sonido de voces a nuestro paso… y se estremecen los ramos de olivo salpicados con un hisopo que el sacerdote remoja llevando consigo un recipiente de peltre lleno de agua bendita que todo lo vuelve eficaz contra lo malo…

No paran los cantos y los rezos. El padre Hernández, en la homilía, minutos antes, ha recomendado ayuno voluntario; pero sé que en muchas cocinas de las casas del pueblo, el apetito santo de la temporada hace notable presencia entre los mayores por lo que de abstinencia cristina, en los tumultos, poco se habla sino de comilonas oficiales de parte de abnegados consumidores de bagre seco, bocachico, mojarras y lisas frescas; “apóstoles” por entero, cada uno de ellos, de los tradicionales dulces caseros de papaya, de coco, de piña, de leche, ñame y guandú, en el acontecimiento gastronómico de una deliciosa y gozosa Semana Santa que sin estas apetencias y hartazgos, para estos, no sería Semana Santa ni tendría gracias en la intensión de que quienes participen en los actos religiosos, ya sea orando, confesándose y comulgando, maten sus pecado sin necesidad de muerte corporal por falta de comida o de hambre…

Después de la procesión, los feligreses regresamos a la iglesia y no me resigno a entender, en mi cristiana y triste devoción, cómo fue posible que la humanidad de aquel tiempo, sin motivo alguno, juzgara, condenara y diera muerte a un Hombre bueno llamado Jesús que no se metía con nadie…

Con mi abuelo Ismael, no hay negociaciones, es intransigente y más en Semana Santa. Él sabe lo inquieto y callejero que soy y, tocándose la correa con que sujeta sus pantalones, de vuelta de la iglesia, con la anuencia de mis padre, me confina a las cuatro paredes de mi casa sentado a la mesa del corredor pidiéndome total respeto y compostura en los días santos alejado de todo lo malo y bajo su vigilancia… A la larga, me quiere y me protege mucho pero no se doblega fiel a su autoridad teniendo para cada una de mis preguntas una respuesta, una explicación, una razón fantástica y un comentario satírico y mordaz para cada cuestión…

En la radio, mientras, desde ese día hasta el Domingo de Resurrección, acontece que sólo música sacra transmiten de un tal Beethoven y de un tal Mozart que no conocemos pero que, no habiendo más, pacientes y conmovedores, se escuchan…

-Es música de lamento- dice mi padre moviendo el dial en busca de algo distinto.

De un lugar vecino, trasciende al mediodía el olor a pescado frito.

-Es sábalo en ofrenda- manifiesta mi abuelo.

Desde la cocina, mi madre, ocupada filosoficamente en la preparación de los dulces que ya casi están, tras uno y otro quehacer, continua y concesionaria, suspende su silencio y de pronto pregunta a mi abuelo:

-¿Ah papá, que más vio con el niño (el niño era yo) en la celebración de esta mañana? Apuesto que me va a salir con una de las suyas.

A lo que él, denso de voz, le respondió:

-A las Damas de la Congregación del Sagrado Corazón de Jesús en laborioso costurero matinal disponiendo con esmero manteles de altar y cociendo sotanas rotas para el padre Hernández…Ah… y a Silvestre, el sacristán, con fuero de santo, llevándoles en unas dulceras de fino cristal unos dulces dizque hechos con frutas del Paraíso.

-Usted y sus cosas- comentó ella y agregó: Ahí tiene a su nieto, dígale lo que le pasa a quien no guarda prudencia en la Semana Santa.

Yo, entre tanto, con un nudo en la garganta, sentado por obligación como un reo a la mesa del corredor, sintiendo un hilo de remordimiento que por lo pronto me suspende mis naturales funciones digestivas de ayuno recomendado por el padre Hernández, sueño despierto con mi primer plato de dulce de papaya y, entonces, me ocupo mejor en entender el dramatizado radial que escucho.

Por la radio la voz de Jesús el de Nazaret sale suave y llena de bondad explicando a sus discípulos la parábola de la oveja perdida.

-¿Por qué en Semana Santa no se puede comer carne? -pregunto, y mi abuelo responde tajante:

-Porque está prohibido por el prohibidor y ya habrá tiempo de consumirla.

Por Emisoras Riomar del Circuito Todelar de Colombia, hablan ahora acerca de la vida San Telmo, patrono de los marineros y a quien toca invocar cuando el mar está bravo y quiere hundir los barcos. Hablan de San Isidro, el mismo que quita el sol y pone el agua; de Santa Ana dándole lecciones a la Virgen de cómo parir y criar el hijo que le viene en camino…Y hablan de San José, el carpintero, enfrascado con su hijo Jesús en la rectificación de las medidas de las patas de una mesa para que esta no le quede coja…

Todo huele a incienso y a pescado.

-¿Abuelo, y por qué la gente, en Semana Santa, no va al monte?

-Nadie va al monte –me responde- porque le salen los penitentes y en estos días, hasta los árboles si se les da un machetazo para cortar un palo de leña, botan sangre…la Sangre de Cristo.

-¿Y es verdad que no se puede bañar uno a mediodía?

-Sí, es cierto –contestó- quien lo hace, se baña con la Sangre de Cristo y le da fiebre inglesa.

Estrábico miré a mi abuelo sin entender esto último; pero a mi curiosidad de los siete años me era de total incumbencia lo que él sobre el tema me decía y sabía y por eso le vuelvo a consultar.

-¿Y no se pueden decir malas palabras?

-No señor. Ni una sola –fue su respuesta con voz acentuada- a quien las dice se le vuelve una larga serpiente la lengua.

Apreté los ojos imaginando aquello.

Mi abuelo Ismael, con tal de verme recluido en la casa ese día, no paraba en sus “nobles propósitos” de terror desenterrando miedos y a todo lo ya dicho, con voz convulsiva, sumaba: “Y no solamente eso. En Semana Santa, en mitad de un remolino, sale el diablo envuelto en una nube de polvo mostrándonos sus dientes de amarillo oro…Y se encuentra uno lo que nunca se la ha perdido y se le pierde lo que siempre tuvo…Y en cualquier momento halla uno una abarca y la otra no…Y hay que regalar dulces caseros a los vecinos para no arruinarnos ya que de no hacerlo, se apaga para siempre la candela en los fogones…Se vuelve lejos lo cercano y cercano lo lejano y es mejor descolgar la hamaca para evitar una mortal caída en la noche mientras se duerme…Y toca esconder los cuchillo y los machetes para evitar una mala hora…Y está arriba lo que estaba abajo y abajo lo que estaba arriba… Si uno no respeta a los mayores en Semana Santa, hasta las piedras hablan y cambian de sitio los cosas y los pájaros no cantan…y todo se nos debe ir en rezar e ir a misa renovando el alma”.

Tiemblo en silencio por lo que dice mi abuelo, trago saliva y como saliéndome del infierno, de nuevo pregunto:

-¿Abuelo, y en Semana Santa no puede uno montar en burro?

-Ni se te ocurra, mijo –me exhortó con voz de preocupación- se vuelve burro quien lo monta y rebuzna y el burro se convierte en gente montándose sobre quien lo arrea.

Me siento ahora en el tétrico mundo del que habla mi abuelo y creo que me he quedado sin imaginación… lo del burro que se vuelve gente me parece salido del averno y confiando en la lógica de que de miedo no me voy a caer de la silla en que, como si fuese de yeso, petrificado me he quedado, sin decirlo, me prometo volverme puro y, contrito, interrogo:

-¿Abuelo, y cuando se acaban los miedos de la Semana Santa?

A lo que él, amoroso y acariciando tiernamente mi cabeza, con su característica agudeza y con un plato de dulce de papaya entre manos, me contesta:

-Esos miedos de Semana Santa se te acabarán la noche en que, roto el misterio del velo, se nos permita en la iglesia ver la imagen del rostro de Cristo triunfante y divinizado, y cuando Nano, el de Isabelita, autorizado por el padre Hernández, por todas las calles del pueblo, el Sábado de Gloria hasta el amanecer, haga sonar su matraca”.
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