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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
La noche en que “Richardine”, levitó al hijo de la telegrafista

Cuentos y relatos globales. 10.03.19 
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- El hijo mayor de Teresa Picón, la telegrafista del pueblo, era apenas un adolescente cuando esto y, en ese mismo tiempo, “Richardine” era el mago de los asombros.
La sala del Teatro Montecristo estaba llena aquella noche. El mago en mención ya había encantado antes a una culebra cascabel de 108 años y diez días que, asomando la cabeza y el rabo, de lo vieja tenía crin y relinchaba y que , según él, poseía un veneno letal capaz de matar de una buena vez a un pelotón de 200 soldados a los que minutos antes de la mordedura, para ver si aguantaban la prueba, hubiesen dado a cada uno tres tragos de ron compuesto de los que preparaba Jesús María Coronell, un frasco entero de curarina y cuatro tazas de té amargo con hierbas medicinales…

Toca decir también que, en ese mismo momento, en el absoluto dominio de sus instrumentos esenciales, “Richardine”, de un soplido puso a volar igualmente una colorida cometa que sin hilo se fue elevando y elevando hasta perderse en el cielo…En tanto que, estimulado por los aplausos, de su negro sombrero de cubilete, sorprendentemente extrajo conejos, palomas, mariposas y pájaros…y de las mangas de su camisa blanca de lunares rojos sacó ramilletes de flores amarillas, rosadas, azules, moradas y con la aquiescencia de sus artes imaginarias por su boca sacó cualquier cantidad de cintas, pañoletas y pañuelos de vistosa seda lo mismo que de las puntas de los dedos de las manos, salían y salían millares de estrellas de papel y, luego, como se le resultara de lo más sencillo, sin sufrimiento alguno se tragó hasta la empuñadura una espada de doble filo que los presentes no vimos más y, de acuerdo con la práctica de todo buen mago, manipuló las cartas de la baraja estirándolas y recogiéndolas como si fueran un acordeón de todos los matices…después de lo cual prendió con luz intermitente un bombillo con sólo frotarlo entre las manos; sus asistentes le metieron en un baúl al que echaron 111 candados y de allí, sin abrir ninguno, se salió; volteó un vaso lleno de agua que no se le derramó y que al ponerlo boca arriba, se convirtió en una hermosa fuente…Y luego tomó un racimo de uvas a las que con un pase mágico, transformó en una botella de vino.

-Ese tipo tiene el niño cruz y se sabe el secreto de la piedra de ara, por eso hace todo eso- dijo Silvestre, el sacristán, en voz baja pero yo lo oí en el momento en que, como si algo faltara al espectáculo, “Richardine”, disuelto en una espesa humarada olorosa a azufre, disipada esta, apareció metido en una gigante pompa de jabón…

El teatro tenía un aliento de chicle y de cigarrillos “Lucky” fuertemente aspirados de los que en una chaza pequeña que le colgaba del cuello, vendía Pedrito Alba.

-Es un diablo- volvió a decir Silvestre- lo creo capaz de volar sin alas y bajar del cielo una estrella.

Pero faltaban más asombros por ver y en el colmo del ilusionismo, “Richardine” hizo de su corbata verde una serpiente, botó fuego por la boca y concentrado hizo bailar en una mesa 25 trompos por sí solos…

De pronto, el mago, con voz de oratoria, dijo:

-¡Qué suba un voluntario!

Jaime, el de Josefa, quiso subir a la tarima pero el hijo de la telegrafista, dispuesto lo hizo primero como si estuviese predestinado para lo que nos faltaba por apreciar. A contra luz se le veía pálido y tenía cara de ángel.

-Ese muchacho se parece al ángel de la buena gracia- consideró Silvestre, sabedor de estas cosas por haber toda su vida acólito de la cuarta orden menor. Y agregó: ojalá no le pase algo malo a ese pelao.

“Richardine” miró fijo al espontáneo, le tocó con la mano derecha la cabeza. El teatro quedó en silencio; una secreta pulsación hacía palpitar los corazones.

-¡Mírame! -¡Mírame! -¡Mírame! Le dijo el mago tres veces y esto adjunto a lo que gritara: “ Fuiste en vidas pasadas un soldado de la posguerra italiana, muerto en combate y que, en la plaza del pueblo del que fuiste, tiene erigida ahora una estatua en tu nombre y es igualita a ti”.

Los asistentes nos quedamos perplejos oyendo aquello, el del turbante con una esmeralda en el centro, lo decía con palabras certeras.

-Es capaz de hacer hablar a las piedras- expresó de nuevo Silvestre y se persignó.

El mago comenzó la sesión. Tomó un péndulo que iba de lado a lado y pronunció palabras del español del siglo de oro.

-¡Mírame! -¡Mírame! -¡Mírame! Vociferó. “Richardine” dio una palmada y ahora, con voz suave, le decía al hijo de la telegrafista:

-Dormir. Dormir. Dormir. Dormir.

El muchacho, como aletargado, patético y con los ojos cerrados se vino sobre el pecho del mago; este le colocó sus dos manos en la espalda como apoyo y lo levantó en vilo. Estaba profundamente dormido y, a una orden estiró brazos y piernas. Ningún ruido rompía el encanto, “Richardine”, cuidadosamente, desprendiéndose del peso corporal del voluntario, quitó a este el apoyo voluntario de sus manos y el hijo de la telegrafista, en el aire y sostenido por nada, quedó flotando. La imaginación no daba para entender lo que veíamos. El misterio crecía. El mago caminaba en torno al levitado. El espacio pleno pertenecía al cuerpo que rígido parecía nadar en el vacío. Una música inexplicable, a bajo volumen, salió no supimos de dónde. Era alucinante.

-¡Qué suba otra persona!- ordenó el ilusionista.

Con cara de asustado, subió Jaime. “Richardine” le hizo pasar una y otra vez por debajo del cuerpo del hijo de la telegrafista entregado al placer de dormir. Quería así demostrar a todos que al espontáneo, nada, debajo, lo sostenía.

El tiempo dentro del tiempo mismo, pasaba, eran minutos de fantasía. Lo verídico y lo real se tenía en frente; parecíamos alucinados. El cuerpo inmóvil del hijo de la telegrafista, estaba irremediablemente dormido o quizás muerto, no había más convicción… no era capaz de mover un dedo.

Con el rabo entre las piernas, y más asustado de lo que subió, del escenario bajó Jaime.

De repente el mago pronunció unas palabras en latín antiguo, similares a las que decía el padre Hernández en la misa.

-Habló en caldeo- dijo Casimiro.
-Es latín, respondió Silvestre, me vas decir a mí.

“Richardine” dio dos palmadas y gritó:

¡Despierta! ¡Despierta! ¡Despierta!

…Y antes de que el levitado se viniera contra el maderamen de la tarima, lo sostuvo y lo puso de pie. Este estaba vivo y como prueba de ello, en medio de una salva de aplausos interminables, con cara de haber dormido 200 años, bajo del escenario como presencia de lo inexplicable.

Al día siguiente, no hubo función. Nadie entró al teatro por temor a ser levitado y porque, además, “Richardine” había anunciado que en la siguiente presentación decapitaría a un hombre vivo… Regina Alba, que había sido la taquillera, entregó al mago las cuentas y el dinero que ganara en el espectáculo, descontó sus servicios y el padre Hernández exorcizó a Silvestre… El mago, me dijo Jaime, que fue el último que lo vio porque este se alojó en su casa, en un camión viejo con todos sus bártulos y cachivaches, se marchó con una sonrisa plena de diablo en la cara y el pueblo volvió a ser el mismo pueblo aburrido de siempre.

Que nadie me estropee la historia que tiene ya más de medio siglo y va camino a volverse una hermosa leyenda…
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