A ellos, dado que la ocupación y el deber obligan , sin culpa alguna, se les vio siempre como portadores de noticias buenas o malas (porque así son las noticias) aunque vengan en sobres lacrados…Y los dos, en el ejercicio de lo suyo fueron por ello los seres más esperados ( o a veces inesperados) en las casas y cuántas madres y cuántos padres esperanzados no les verían pasar de largo diciéndose con voz angustia: “Pasó “el Yiye”, o pasó “el Beato”, y nosotros esperando carta de mi hijo que está prestando el servicio militar tan lejos en zona de “Tirofijo” y “Sangrenegra” y tiene cinco meses que no nos escribe…
Los dos cargaban un maletín de cuero…Era el maletín de las nostalgias escritas a mano con buena letra, buena tinta y papel… Los dos, acortaron distancias que cabían en un llamativo envelope de geométricos rectángulos inclinados de colores rojo y azul, con sellos de “Adpostal” y “Telecom” y estampillas alusivas a un personaje del país…
Cuando “el Yiye” o “el Beato” tocaban a una puerta, gritando por ejemplo el nombre del remitido con un: “ María, espántame el perro que te escribió José”, había corazones que se aceleraban, que brincaban dentro del pecho tras un suspiro largo y profundo…Ellos sabían que en sus maletines había lágrimas de emoción y de tristeza; lágrimas de vida y de muerte…porque así son las noticias…
Los dos, como los carteros tradicionales, no usaron bicicleta. Se conocían de memoria la urbana geografía del pueblo y, a pie, siéndoles suficiente con saberse los nombres de las calles y tomando como referencia de nomenclatura el color de las casas, de las puertas y las ventanas, a estas llegaban oportunos en tiempos en que las personas no habían perdido la categoría de señora, de señor, de doña o don y así, decentemente y con respeto, se les trataba…Tampoco usaron uniforme, que al parecer era un pantalón y una camisa azul de dril, y con quepis de igual color… no lo vieron necesario porque, temiendo pereques y burlas, sus acostumbradas presencias habían adquirido ya categoría familiar ya que ellos, a su manera, tenían el mundo en las manos y en ese orden de ideas, eran igualmente algo así como un símbolo viviente de la comunicación escrita de aquel tiempo…, dicho de otra manera: los dos fueron una costumbre del pueblo que, de un momento a otro, vendrían con una nueva y que saludando al destinatario, pasando a la sala, recibían de este un café tinto cordial seguido de las respectivas gracias como lo enseñaba antes la “Urbanidad de Carreño”… Tenían ambos, don de gente y un carisma especial y humano en la certidumbre de conocer la alegría y la tristeza en cada carta…
…Y de la misma manera sabían de gente a la que jamás les llegó una carta-…y ellos hubiesen querido escribirles una así fuese con lápiz y en la hoja de una libreta escolar, pero para qué; ocurría que el remitido no sabía leer y al leérsela a pedido de este, era como si se la hubieran escrito para ellos mismo…
Ellos reemplazaron en suerte a las palomas mensajeras que en ocasiones equivocaban la ruta y traían cartas en otro idioma… No abrieron jamás una misiva ajena, pero por la vida en común que en tales años discurría, sin mucho esfuerzo, se sabían el contenido de las misivas…”Esta es para Carmen Rosa, habla de amor: Huele a rosas”, se dirían… “Y esta, por la severidad de la letra de quien remite, es un cobro que le hacen a Pedro”…”Y esta otra, de letra suave, le trae buenas noticias a la viuda Carlotica, igual que le que le mandan a “la Niña Nené”…”Y llevo una que le envían de Estados Unidos a don Gilberto, a él no le faltan amigos de todas partes”…imagino ocurría… y repartido el correo, en un inventario mental de entregas, con cara de adolorida nostalgia se les arrugaría el sentimiento al saber que, la carta de Juana, por las lágrimas sabidas habla de muerte…y la misma cara sería de felicidad al enterarse, de parte de la mamá de Margarita que su hija Gladis , había conseguido trabajo en Barranquilla…
…Conocían del mismo modo las reacciones de la gente cuando recibían el correo. Unos empalidecían, otros, estirando la mano, rasgaban frente a ellos el envelope, leían los primeros renglones y saltaban de la alegría…Otros más, dada la larga espera, con la mano la bendecían y besaban…Pero no faltaban quienes esto les decían: “Ya sé de quién me traes carta; no me entregues esa vaina y llévatela pa’ tras”.. .recibiendo acción seguida y sin culpa alguna, un portazo en sus propias narices porque, siempre en estos casos y en todo lugar, nunca falta gente así…
Las calles del pueblo conocían al “Yiye” y al “Beato”…y tenían para ellos la emoción anticipada del “qué me traes” y la ilusión de un “será en la próxima”…
No sé si luego o antes del “Yiye” y del “Beato” hubo otros carteros y si los hubo, junto con los mencionados, los pasos de estos y de aquellos se perdieron por las calles del pueblo sin entregar la última triste carta a los suyos que no hubiesen nunca querido entregar; la del postrer adiós…
Hoy en el mundo todo es cercanía, inmediatez, proximidad…nada es lejano…y faltan en las puertas de las casas del pueblo los toques familiares del cartero y en las voces infantiles las ronda nocturna que a la luz clara de la luna, de niño, así cantaba…“allá viene el cartero/ ¡qué dolor, qué dolor, qué pena! /Allá viene el cartero/ ¿qué noticias traerá?/do-re-mí, do-re-fa”,…
Enviado por Walter Pimienta |