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Crónicas del  otro  Macondo
“El Mono de  Átala”

Cuentos y relatos globales. 03.03.19 
“Alla viene el cartero / ¡qué dolor, qué dolor, qué pena! /allá viene el cartero/ ¿qué noticias traerá?/ do-re-mi, do-re-fa”,…
Escribe Wapiji.- Hubo alguna vez una época que   el  pueblo tuvo  carteros;  uno de los  oficios más bellos del  mundo que, desplazado por  la  tecnología, poco a poco  se acaba. Un  oficio que  para mí se  parecía al  del periodista…
Premiados por haber sido excelentes estudiantes al  terminar sus  estudios de escuela primaria, algunas administraciones  municipales,  en una acertada decisión de  ayuda y  estímulo laboral,  tuvo en  distintas  épocas dos  recordados carteros, acordes con  tal  actividad por lo  sociables y  serviciales;  fueron ellos: David  Jiménez  Coronell (“el Yiye, cuando estuvieron de alcaldes hacia 1948 a 1950, más  o menos,  don  Avelino  Padilla,  don  Carlos  Higgins y  don  Eduardo Macías),  igual hizo de mensajero,  Antonio  Molina Arteta (“el  Beato,  aproximadamente  de 1958 a 1960 en  tiempos que hacía  de  burgomaestre don  César Consuegra).

A ellos,  dado  que la  ocupación y  el  deber obligan , sin  culpa  alguna,  se  les  vio siempre como  portadores de noticias buenas o  malas (porque  así  son  las noticias) aunque  vengan  en  sobres  lacrados…Y  los  dos,  en  el  ejercicio de  lo  suyo fueron por  ello los  seres más esperados ( o a veces inesperados) en  las  casas y  cuántas madres y  cuántos  padres esperanzados no les  verían  pasar de  largo diciéndose  con  voz angustia: “Pasó   “el  Yiye”,  o  pasó  “el Beato”,  y  nosotros esperando carta de  mi  hijo que  está  prestando  el  servicio militar tan lejos en  zona  de  “Tirofijo” y   “Sangrenegra” y  tiene cinco  meses que  no  nos escribe…

Los  dos  cargaban un maletín de  cuero…Era  el  maletín de  las  nostalgias escritas a mano con buena letra, buena  tinta  y  papel… Los  dos,  acortaron distancias que  cabían en  un  llamativo envelope de  geométricos  rectángulos inclinados de  colores rojo y  azul,  con sellos de “Adpostal” y  “Telecom” y  estampillas alusivas a un  personaje  del  país…

Cuando  “el  Yiye” o  “el  Beato” tocaban a una puerta, gritando  por ejemplo el  nombre del remitido con  un: “ María,  espántame  el  perro que  te  escribió José”,  había corazones que  se aceleraban,  que brincaban dentro  del  pecho tras un  suspiro largo  y  profundo…Ellos sabían que en  sus  maletines había lágrimas de  emoción y  de  tristeza; lágrimas  de  vida  y  de  muerte…porque así  son  las  noticias…

Los  dos, como  los  carteros  tradicionales,  no usaron bicicleta. Se  conocían de  memoria la urbana geografía del  pueblo y, a pie, siéndoles  suficiente con  saberse los  nombres de  las  calles y  tomando como  referencia de nomenclatura el  color de  las  casas,  de  las  puertas  y  las  ventanas, a estas  llegaban oportunos en  tiempos en  que  las  personas no  habían perdido la  categoría de señora,  de señor,  de  doña   o  don y así, decentemente y  con  respeto,  se les  trataba…Tampoco usaron uniforme,  que  al parecer era un  pantalón y  una camisa azul de dril,  y  con  quepis de igual  color… no  lo  vieron necesario porque,  temiendo pereques  y  burlas,  sus acostumbradas  presencias habían  adquirido ya  categoría familiar ya  que  ellos, a su  manera, tenían  el  mundo en  las  manos y  en ese orden  de  ideas,  eran igualmente algo  así como un  símbolo viviente de  la  comunicación  escrita  de  aquel  tiempo…, dicho  de  otra  manera: los  dos fueron una costumbre del  pueblo que, de  un momento a otro, vendrían con una nueva y  que  saludando  al  destinatario, pasando  a  la sala, recibían de este un café  tinto  cordial  seguido de  las  respectivas gracias como  lo  enseñaba antes la  “Urbanidad  de  Carreño”… Tenían ambos,  don de gente y  un carisma especial y   humano en  la  certidumbre de  conocer la  alegría y  la  tristeza en  cada  carta…

…Y  de la  misma manera sabían de  gente a  la  que jamás les  llegó  una carta-…y  ellos hubiesen querido escribirles una así  fuese con  lápiz y  en la  hoja  de  una  libreta  escolar,  pero para  qué; ocurría que el  remitido no  sabía  leer y al  leérsela a pedido  de este, era como  si se  la  hubieran escrito para  ellos mismo…

Ellos reemplazaron  en  suerte a las palomas  mensajeras que en ocasiones equivocaban la  ruta y  traían cartas en  otro  idioma… No  abrieron  jamás una misiva ajena,  pero por  la  vida en  común que  en  tales años discurría,  sin mucho esfuerzo,  se  sabían  el  contenido de las misivas…”Esta es  para Carmen  Rosa,  habla  de  amor:  Huele a  rosas”,  se  dirían… “Y  esta,  por la  severidad de  la letra de  quien  remite, es  un  cobro  que  le  hacen a  Pedro”…”Y  esta  otra,  de  letra suave,  le  trae buenas noticias a  la  viuda  Carlotica, igual que  le  que  le  mandan a “la  Niña  Nené”…”Y  llevo una que  le envían  de  Estados  Unidos a  don  Gilberto,  a él no  le faltan amigos de  todas  partes”…imagino  ocurría… y  repartido  el  correo,  en  un  inventario mental de entregas,  con cara de adolorida nostalgia se les arrugaría el  sentimiento al  saber que,  la  carta de Juana,  por  las  lágrimas sabidas  habla de muerte…y  la misma  cara  sería  de  felicidad al  enterarse,  de   parte  de  la  mamá de  Margarita que  su  hija Gladis ,  había   conseguido  trabajo  en  Barranquilla…

…Conocían del  mismo  modo las  reacciones de  la  gente cuando recibían el  correo. Unos  empalidecían, otros, estirando la  mano,  rasgaban frente  a ellos el  envelope, leían los primeros  renglones y  saltaban de  la alegría…Otros  más,  dada la  larga  espera,  con la  mano  la  bendecían y  besaban…Pero  no  faltaban quienes esto  les decían: “Ya  sé de  quién  me  traes carta;  no  me  entregues  esa  vaina y  llévatela  pa’ tras”.. .recibiendo  acción  seguida  y  sin  culpa  alguna,  un  portazo en  sus  propias  narices porque,  siempre en  estos  casos y  en  todo  lugar,  nunca  falta  gente  así…

Las  calles  del  pueblo conocían  al  “Yiye”  y  al  “Beato”…y  tenían para  ellos la  emoción anticipada del  “qué me  traes” y la  ilusión de  un “será en  la  próxima”…

No  sé si  luego o  antes del  “Yiye” y  del  “Beato” hubo otros carteros y  si  los  hubo, junto  con los mencionados, los  pasos de estos y  de aquellos se  perdieron por las  calles del  pueblo sin entregar la  última triste  carta a  los  suyos  que no  hubiesen nunca  querido entregar;  la del postrer adiós…

Hoy  en  el  mundo todo es  cercanía,  inmediatez,  proximidad…nada  es  lejano…y faltan en  las  puertas de  las  casas del  pueblo los  toques familiares del  cartero y  en  las  voces infantiles las  ronda nocturna que  a  la  luz clara  de  la  luna,  de niño,  así  cantaba…“allá viene el cartero/  ¡qué dolor, qué dolor, qué pena! /Allá viene el cartero/ ¿qué noticias traerá?/do-re-mí, do-re-fa”,…

Enviado por Walter Pimienta 

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