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¡Mujer tenías que ser!
Jose Maria Barrionuevo Gil. 02.03.19 
Gracias, mujer, por todos estos años que te dignaste compartir con nosotros. No te habíamos conocido antes, porque nos separaban los años y los kilómetros. Sin embargo, cuando supimos de tu vuelta, nunca nos hubiéramos imaginado qué clase de persona eras. Nos hablaban de ti y de tu niña, pero sin ningún énfasis. Sucedió que decidiste volver de Barcelona, donde habías pasado casi todos los años de tu vida. Te encontraste con un pueblo crecido y muy distinto, pero apenas conocías a nadie. Con ochenta años a las espaldas ya había que buscar con mucho detenimiento las amistades y familiares de tus años jóvenes. Era como empezar de nuevo, rastreando por aquí y por allí y construyendo un nuevo círculo de amistades, porque eso sí, tu corazón era demasiado grande.
Nos revelaste que los años más felices de tu vida fueron los años de la nefasta guerra civil, porque huisteis a los montes de Málaga y allí tus jóvenes años conocieron la libertad de la naturaleza, mientras los demás se mataban unos a otros en los frentes y fuera de los frentes. Por suerte, no os jugasteis la libertad en la huida de la traicionada y masacrada “Desbandá”. La ciudad se había vuelto ingrata en manos de los vengativos represores, que no perdonaron a la “Ciudad del Paraíso”. Sin embargo, al volver al pueblo, la sangre de todos había agriado el carácter de todos.
Antes de irte a la aventura catalana, hiciste de todo, hasta trabajaste en una fábriquita de fideos en los años duros de la postguerra. En esos años, te nacieron tus dos hijos, el niño y la niña, que se te fueron en brazos de la parca antes de cumplir los cinco años. La muerte había cogido vicio y te quedaste sola, con un marido que no te merecía. Pero la tradición te hizo seguir sus pasos, a pesar de que él no acompañaba los tuyos. A todos sitios que ibas eras una mujer de bandera, como sabemos, también, por todas tus fotos, pero no reconocida ni admirada en tu desangelado hogar.
Nos contaste que trabajaste hasta en sitios oficiales, pero que nunca supiste si estaban cotizando por ti. Además, echabas horas extras en las casas de algún que otro funcionario y también era en negro, a pesar de la lejanía y el fatal horario del autobús. Nos contaste que un día, con tu hija pequeña de la mano, porque no tenías dónde dejarla, si no llega a ser por un camionero, te hubieras quedado arriada en mitad del campo, como un trapo o una bandera derrotada cualquiera.
Otra noche, cuando llegaste a casa, hartita de trabajar durante todo el día, tu marido que estaba parado, te dijo que no había bicarbonato. Era un santo inverso y egoista, que trabajaba bien, pero que se gastaba el sueldo sin miramientos, como si solo le perteneciese a él. Tú sabías que había sido un niño mimado. Por eso hemos comprendido que le patinara la empatía y le sobrara egoísmo.
Los años que él estuvo en Alemania, solo te mandó cuatrocientas pesetas, porque le dijiste que vuestra hija, la chica, estaba malita. Cuando el cartero te trajo el giro, se quedó de piedra, cuando le dijiste que era lo único que te había mandado en todo el tiempo.
Nos parece que de los pocos favores que te brindó y de las poquitas delicadezas que tuvo contigo fue marcharse al “otro barrio” y dejarte trabajar y descansar en paz y en libertad.
A pesar de las dificultades, tenías el detalle de hervir agua, todos las mañanas de invierno, y meterla en una botella de cristal y envolverla con una toalla, para que no se enfriara, y llevársela a la ciega que vendía cupones, para que se calentara las manos. Era un gesto, quizá de los pocos de los que podamos tener noticias, como otros tantos, de tu sensibilidad generosa. ¡Qué buena vecina!
Te salió un trabajo estable que sí tuvo contigo la delicadeza de asegurarte y cotizar y por ello pudiste gozar de una pequeña pensión, que administrabas como quien monta un rompecabezas.
Entre nosotros decíamos que si hubieras podido estudiar, con la claridad de pensamiento y lo ordenada que eras, imposible que te hubiera ido tan mal. Pero siempre nos decías que estabas bien.
Hace catorce años que murió tu hija menor, a quien nadie le echaba más de unos treinta años y ya tenía cumplidos los cuarenta y tres. Ella también heredó de ti tu flamante y juvenil aspecto.
Cuando cumpliste los noventa y siete, seguías viviendo en un segundo sin ascensor y con la cabeza lúcida, y nadie se lo creía, pero, eso sí, tenías amigos y amigas por todos sitios. Si íbamos contigo por la calle nos teníamos que parar, porque tanto jóvenes como mayores te apreciaban enormemente. Sabemos que te has ido, porque no te gustaba molestar. Enhorabuena por haberte conocido y gracias por tu alegría y generosidad con todo el mundo. ¡ Mujer, mujer tenías que ser!
josemª
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