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La palabra Constitución
Jacinto Martinez Anton. 01.01.19 
La palabra Constitución, esa palabra que tanto le costó pronunciar al rey en su discurso navideño, esa palabra que fue sustituida sistemáticamente por "convivencia", en ese mensaje institucional, merece, sin embargo, ser pronunciada con orgullo y gratitud.
Con orgullo porque representa un enorme esfuerzo de convivencia para todos los españoles, que nos fue legado por un conjunto de hombres y mujeres que en una época de incertidumbre en la que sonaban tambores de guerra, tuvieron la valentía y la generosidad de ceder convicciones y aceptar controversias en aras del bien común. Campa, sin embargo, la incultura de muchos que no vivieron ese momento, y la osadía del ignorante, que sin haber leído ni escuchado con atención el relato histórico del mismo, dicen: "a mi no me representa porque yo no la voté"; pero, ¿la habéis leído?, ¿habéis reflexionado sobre cada uno de sus artículos?, y si es así ¿sabéis como, porqué y para qué hacer una nueva?, u ¿os basta con torpedearla cuando y para lo que os conviene, sin ofrecer una alternativa sólida y viable?.
Con gratitud, porque la palabra Constitución ha representado en nuestro País la época más extensa y de mayor prosperidad de nuestra historia reciente; un marco de referencia inigualable donde desarrollarnos como sociedad y también como individuos que viven paz y en libertad; una normas básicas para sustentar la Nación moderna en que nos hemos transformado.

La palabra Constitución fue omitida, además, consciente y deliberadamente evitada en el vergonzoso y consensuado comunicado que produjeron gobierno central y gobierno autonómico catalán. ¿Debemos preguntarnos porqué?, o ¿simplemente despreciar sus actores? por zafios, indecentes, traidores o mercaderes. ¿Se avergonzaba el presidente del gobierno de España de la Constitución?, Se enorgullecía el presidente de la autonomía catalana de denostarla?. ¿Hemos de consentirlo?.

Por encima de opciones políticamente interesadas, si el rey quiere llegar a ser Rey, tendrá que asumir con valentía el riesgo que supone ejercer y llevar a sus últimas consecuencias su deber institucional, lo que implica entre otras cosas, pronunciar la palabra Constitución cada una de las veces que pronunció la palabra convivencia, y no evitarla o sustituirla, aunque al hacerlo pusiera en peligro los privilegios que el pueblo español, y no Dios, les ha otorgado graciosamente, decidiendo que vivamos en un régimen de menarquia constitucional. No es de recibo esperar otra cosa.

Otro gallo nos cantaría si nuestros políticos, gobernantes o no, además de pronunciar sin miedo su nombre, Constitución, hubieran aplicado desde su creación, en toda su extensión y hubieran desarrollado con contundencia y pulcritud, todos y cada uno de sus preceptos. Otro gallo más nos cantaría, si esos mismos políticos no hubieran facilitado que varias generaciones hubieran alcanzado su máximo nivel de incompetencia académica, con obtención de títulos incluida, mediante la promulgación de sucesivas, a la vez que pésimas, leyes educativas, y con permitir incomprensibles arbitrariedades en este campo a las Comunidades Autónomas. En su mayoría, es esta legión de indocumentados creada desde las escuelas, donde no se da a conocer el contenido de nuestra Constitución ni se ensalza su necesidad, su importancia o su valor, es la que adocenada por los políticos pide su renovación sin conocerla y sin haberla visto, como no hemos podido verla nadie aún, aplicada en toda su extensión.

La palabra Constitución debería ser tan importante para la casa real como la palabra monarquía, ya que la unión de ambas define el concepto bajo el cual somos hoy lo que somos y nos de fuerzas para proyectarnos al futuro con la solidez de nuestra gloriosa historia, de la que sólo se avergüenzan aquellos que además de no cocerla, nunca habrían sido capaces de protagonizarla. De otro modo no se me ocurre que otra razón de ser tiene la monarquía.

La palabra Constitución debe ser pronunciada con entusiasmo, sin complejos, con esperanza e ilusión, porque lo que representa es la garantía de una sociedad que unida bajo sus preceptos es fuerte, libre, solidaria, justa, honorable y honrada. Es verdad que, como ninguna obra humana, no es inmutable, y en consecuencia es perfectible y modificable, pero mientras no lo sea debe ser nombrada con respeto y defendida con ardor por La Corona, porque si no es así, sobra.
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