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La cara oculta de la Luna
Pedro Biedma. 03.12.18 
Cuenta una leyenda imaginaria que hace miles y miles de años, habitaba en la Tierra un príncipe joven y bello como ningún otro ha existido jamás, de nombre Axión, Su padre el rey se hacía mayor y se aproximaba el momento de reemplazarle en el trono. A pesar de que todas las jóvenes solteras del reino ansiaban con llegar a casarse con él, solo tenía ojos y corazón para su gran y oculto amor, la otra cara de la Luna que por aquellos tiempos se mostraba radiante en lo alto del firmamento. Sí ya de por sí la cara que ahora nos muestra es una de las cosas más bellas que podemos presenciar, la hermosura de su cara oculta es imposible de narrar con palabras (al menos con las de este humilde escritor).
El príncipe acudía, en secreto, todas las noches y durante tres semanas, a la torre más alta de la fortaleza donde vivía, allí se sentaba y mantenía un verdadero idilio de amor con su amada, hay quien alguna vez les oyó hablar pues ella también respondía a los halagos y se confesaba enamorada de él.
Una noche él le declaró amor eterno y ella agradecida acercó sus labios a los suyos y ambos sellaron con un beso espectacular un compromiso perpetuo. Él le pidió que por favor nunca menguase y que todas las noches se acercase para gozar de su compañía, ella aceptó y le hizo prometer que jamás se casaría con una mujer de la Tierra, por más bella que fuese, él también se comprometió.
Así nació un idilio que se mantuvo en el tiempo durante cuatro años, hasta que la muerte del monarca, obligó a Axión a tomar responsabilidades de las que antes carecía. Entre ellas la de asistir a recepciones y fiestas, a las que acudían todos los nobles de su reino y de algún otro cercano. Estos últimos buscaban cerrar algún tipo de alianza que les uniese con el poderoso feudo que gobernaba para conseguir una mayor seguridad ante los pueblos enemigos.
La mejor forma de alcanzar esos acuerdos era, sin duda, lograr unir en matrimonio a los dos reinos, por lo que los invitados solían llevar consigo a sus hijas en edad casadera.
Él era consciente de ello y siempre evitaba mostrar el menor signo de interés hacia las damas. El cansancio que le provocaba la nueva vida de Monarca, hizo que las visitas a su amada Luna fuesen disminuyendo poco a poco, a veces transcurrían varios días sin que subiese a la torre del castillo a reunirse con ella. Una noche la Luna, celosa y enojada, le preguntó si seguía amándola, a lo que él respondió con rotundidad que más que a nadie en el mundo, pero que el agotamiento le impedía a veces acudir a verla.
Ella quedó convencida con sus palabras y decidió conformarse con la disminución de sus encuentros.
Una noche el invitado de turno era el rey de Lacín, un diminuto reino que tenía fama por la belleza de sus mujeres. Tras reverenciar oportunamente al anfitrión, le presentó a su hija Luna, una mujer increíblemente bella. Sus cabellos negros como el azabache, el brillo de sus ojos celestes y el encanto que desprendía, hicieron mella en el rey y sintió algo difícil de entender para él hasta ese momento. Sin dudas, Cupido había acertado de pleno, clavando de lleno sus flechas en el centro de su corazón. Él se levantó del trono, la besó con dulzura en la mano y no se separó de ella en toda la noche.
Antes de marcharse, Axión invitó a su padre a que pasaran unos días en su reino, quien sin dudar, accedió.
Pasada una semana, ambos llegaron al Castillo, acompañados de la Reina y de algún otro acompañante, pero sus ojos eran única y exclusivamente para la joven Luna.
Desde primera hora de la mañana hasta bien caída la noche, se les podía ver a los dos paseando de la mano. Las visitas a su otro amor, desaparecieron por completo durante ese periodo, prácticamente se olvidó de ella, pero la Luna desde su ubicación privilegiada, era testigo de todo, su tono claro se enrojeció víctima de los achares.
Como era de suponer, una noche el joven pidió formalmente la mano de Luna, propuesta que el padre aceptó de inmediato. Fue el punto culminante que llevó a que la Luna, enfadada y enfurecida, se colase esa noche por la ventana de la alcoba de Axión, para recriminarle que había incumplido su promesa de amor eterno.
Él no pudo más que asentir con la cabeza y pedir perdón, un perdón que la Luna nunca le concedió.
Entre lágrimas de rabia, le maldijo y le dijo que nunca más le mostraría su bello rostro, a partir de ese día volvería a menguar. Tras ello, volvió a su lugar en el firmamento, giró la cara y desde ese instante nunca más ha vuelto a mostrar su otro lado, ese lado oculto de la Luna que dicen es lo más bello que el ser humano ha podido contemplar.
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