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Leamos y hablemos de sexo
Jose Maria Barrionuevo Gil. 02.12.18 
Hace unos cuantos días (pasados, y no “por la piedra”), nos ofrecieron, en un canal de televisión, un programa (tertulia, en la que se dejaban hablar y, por ello, nos enterábamos sin gran esfuerzo) que trataba sobre el sexo. Agradecimos desde el principio el respeto, la tranquilidad, la seriedad y formalidad de las chicas (eran más) y de los chicos. Nadie se llevaba las manos a la cabeza, pues daba la positiva impresión de que sus cabezas no necesitaban ni soportes ni puntales, porque estaban bien construidas y bastante bien amuebladas y no necesitaban de muchas mudanzas.
De todos modos pudimos advertir que las chicas eran más valientes al hablar con claridad y sin tapujos sobre el sexo. Nos dio la impresión, también, de que estaban más sensibilizadas tanto por el tema (tan de actualidad) como por sus experiencias, tan diversas. De todos modos, no podían quedar en el olvido el ambiente que se está creando desde el expediente y sentencia de la famosa “manada”, así como el ambiente de malos tratos y hasta asesinatos con que nos vemos obligados a respirar cada vez que se nos ocurre informarnos, aunque sea solo por las emisiones de las distintas televisiones. En este ambiente, el antiguo periódico “El caso” se quedaría corto y le faltarían reporteros para atender todos los “casos”. Podemos ver que la cantidad no nos mejora.
Con todo, hemos podido observar que el peso pesado de la tradición tan española y tan religiosa sigue todavía insuflando el ambiente educativo en lo tocante al sexo y el común denominador es la parcial visión que se tiene, prácticamente en todos los ámbitos, sobre la educación sexual. Carencias siempre las ha habido y las estrategias comunicativas sobre el sexo han seguido las derivas de una historia, si no de represión, sí de no saber como tratar los temas.
Así, hemos podido observar en esta apertura televisiva que , aunque hay más comunicación entre las generaciones y entre los mismos compañeros de fatigas, impera la tradición del sexo como sinónimo de procreación o, a lo sumo, como sinónimo de coito. Con estos mimbres no nos es de ninguna manera extraño que el discurso esté, a nuestro modo de ver, saturado de métodos anticonceptivos y pare usted de contar, porque lo que cuenta es el comercio y su clientelismo.
Hace unos pocos años (a finales del 2013), pudimos leer un artículo que se titulaba “Educación y aborto cero (1)”. Se trataba de una serie de diez artículos que nos ofrecía una cierta visión, algo amplia y nada exagerada, sobre el tema. Parece, de todos modos que las bases han cambiado poco, pues seguimos prácticamente en las mismas. Sin hacer grandes esfuerzos, nos podemos explicar, y hacerlo, para que la educación no se escandalice de sí misma, con unos pocos apuntes, porque los que aman dan y se dan, pero no exigen, ni el débito conyugal, tan patriarcal.
Educar es sacar los mejores recursos del educando para su progreso y su confianza en si mismo, sin que nos sintamos obligados a producirles una “elefantiasis” informativa, exceso que va demasiado allá de lo que en cada momento se necesita. Ya sabemos que la publicidad no respeta, en nada, ningún progreso y que, además, nos suelta a todos, totalitariamente, los mensajes que reproducen el sustrato del patriarcado y el machismo, como podemos ver en lo contentas que se nos aparecen todas las mujeres floreros, la languidez y laxitud con que acríticamente se muestra una mujer que se encuentra en un espacio inferior, así como la subordinación que puede manifestar...
Pensamos que los preliminares de la educación están en los juegos infantiles que no diferencian sexos, pero que sí educan en el respeto de todos hacia todos, desde la psicomotricidad libre hasta aquellos juegos dirigidos, que favorecen el respeto entre iguales y un reconocimiento y aceptación del propio cuerpo así como del cuerpo de los demás, sin tender a sacralizarlos ni a cosificarlos. Los valores de igualdad tienen que reconocer y admitir las diferencias.
Una educación sexual correcta tiene que ser crítica con todos los prejuicios y costumbres que o se pasan de rosca o no llegan a aclarar nada. Una educación correcta no puede seguir creyendo que la sexualidad femenina tiene las mismas bases y resoluciones biológicas que la masculina. La asimetría tanto fisiológica como psicológica es, a todas luces, patente. El conocimiento en este aspecto tan fundamental desterraría todos los malentendidos y problemas de las chicas así como las falsas expectativas de los chicos, que actúan y van “de sobrados”, porque los riesgos los corren solo las compañeras. A todos nos queda bastante por hacer. “¡Luz, más luz!”.
josemª
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