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Crónicas del otro Macondo. -Historias para ganarle al olvido-
En el día de los difuntos…

Cuentos y relatos globales. 04.11.18 
Un muerto ajeno, un muerto nuestro, un muerto de todos, un muerto de nadie y sólo de Dios…
(Verdad o leyenda)
Incierto es el lugar en donde la muerte te espera; espérela, pues, en todo lugar. Séneca (2 AC-65) Filósofo latino.
Escribe; “el Mono de Atala”.-
Había en el cementerio de mi pueblo una tumba distinta al resto, una especie de obelisco de considerable altura que, por lo poco común, sobresalía visible y empinada. La humedad, el moho y el sol, la pintaron para siempre de negro diferente. Existía como en un universo independiente pero, al mismo tiempo, permanencia en ese silencio propio de la nada que son los panteones del mundo cuando la muerte hace de ellos otra forma de casa de puertas abiertas esperando patética a quien habrá de venir…
Alguien, alguna vez, siendo yo un niño, me dijo que esa tumba de la que ahora escribo, era la tumba de “el Muerto de la Playa”. Un muerto ajeno que a machetazos sus perseguidores malograron en las Playas de Fray Domingo y al que, como no le aparecieron deudos que le lloraran, fueron las autoridades y el pueblo, a las volandas, quienes le enterraron de caridad cuando la caridad existía y aún había amor entre cristianos.

Alrededor de la tumba de “el Muerto de la Playa”, la naturaleza en su desgarramiento hacía crecer maleza y flores de monte por lo que el día de los difuntos no había necesidad de llevárselas. Ya las tenía.
-¿Por qué hicieron esa tumba parada y a quién enterraron ahí?- Pregunté a mi padre un día de velaciones y esto me respondió:

-Mijo, porque era un hombre muy alto. Más alto que los demás y no cabía en una tumba normal. Era el hombre más alto de la vida.

…Y entendido aquello, me lo imaginé eternamente de píe vigilando de noche y de día a sus compañeros de infortunio por si alguno, sacudiéndose el polvo, de pronto decidiera ir a su casa para siquiera visitar a los suyos y viendo cuánto había ocurrido en su ausencia, dijera a sus familiares estas palabras de amonestación:

-¡No joda, cómo hago falta yo aquí! ¡No hay ni un fósforo para prender el fogón y hacer un café…Ustedes están jodidos!

A lo mejor “el Muerto de la Playa” era un cualquiera pero un cualquiera de dejó de serlo por el misterio que rodeó su muerte y por lo inusual de su tumba que seguía ahí como si fuera su propia estatua. Un muerto que dejó de ser un cualquiera con su muerte de acorralado hombre al que, en el abismo de su desigual reyerta, una jauría, dejando caer sobre él sus aceros filosos, despedazo a machetazos…Qué triste tuvo que haber sido aquello, y más triste aún “ser famoso” por su tremenda muerte de dolor…

Antes, el día de los difuntos en mi pueblo era algo distinto, era el día de las lamentaciones largas y dolorosas que se quedaban sostenidas en el silencio de una lágrima y en la voz sin voz de un nudo en la garganta recordando cada quien a su muerto hasta la madrugada; en tanto yo veía que en la tumba de “el Muerto de la Playa”, no había nadie, permanecía sola; nadie rezaba y nadie encendía siquiera una vela en lo absurdo de una bóveda que todo el mundo, al pasar, veía pero ninguno veía aunque muchos se volvieran a mirarla…y preguntándose: ¿Quién estará enterrado ahí?, otro le dijera: “el Muerto de la Playa”, nuestro muerto ajeno, sin mas señas que esa, nuestro y de nadie…

Yo estoy convencido de que si los muertos del cementerio de mi pueblo, hoy día de los difuntos, pudieran levantarse de sus tumbas, como no lo hacen los vivos, en la política del buen vecino, de sus muchas flores y velas en exceso, llevarían flores y velas a “el Muerto de la Playa” a fin de que este no se arrepintiera de estar muerto, no sea que resentido ante esto, se fuera de allí y les dejara más solos de lo que ya están; pero no, no pueden hacerlo, cada uno de ellos se llevó consigo su propia inmovilidad, su propia porción de silencio, silencio de abandono que es otra clase de silencio más vivo que nunca en la tumba de “el Muerto de la Playa”…

Hoy, “el Muerto de la Playa” no está vivo ni muerto porque, como vivo no sería nadie, y como muerto es sólo esto y nada más: “el Muerto de la Playa”… un muerto por siempre en estado intermedio. Un hombre de quien los vivos de ante sabían demasiado por muerto y no por vivo…Un muerto del que los vivos de ahora ni su nombre saben por muerto…Sí, porque al preguntar: ¿Quién está enterrado ahí? Es lo más comùn y corriente nos contesten: “el Muerto de la Playa”, y nada más… Un hombre que se bajó del bus de la vida en un pueblo que no era el suyo y que abriéndose paso entre los muertos nuestros, herido por mil machetazos, sangrado hasta la última gota de sus venas rotas, vino a morir aquí…”El Muerto de la Playa”, un muerto ajeno, un muerto nuestro y de nadie a quien hoy mi puma de oficio enciende una vela invisible y hace una oración…”El muerto de la Playa, legendario protagonista de la enredad trama de una novela fantástica…. “El muerto de la Plata”, un muerto ajeno, un muerto nuestro, un muerto de todos, un muerto de nadie y sólo de Dios...
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