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De pícaros, pillos, granujas, tunantes y listillos.
Jacinto Martinez Anton. 07.10.18 
Tenemos constancia a través de la llamada novela picaresca surgida en la transición entre renacimiento y barroco de nuestro glorioso siglo de oro, y aún antes en la obra del Arcipreste de Hita, o en la Celestina, de la existencia en nuestro país de unos golfos que ganaban su sustento a costa de los ciudadanos honrados a través del engaño. Este género literario nos dibuja la figura del pillo como un individuo ingenioso, hasta gracioso, que valiéndose de artimañas truculentas hurtaban, robaban, engañaban al prójimo para comer. No para enriquecerse, porque su economía era una economía de mínimos, y por eso su existencia y sus andanzas son tratadas en los escritos citados de manera amable. Por supuesto en esa época, y aún mucho antes, existían tunantes ilustres, pensemos por ejemplo en el Gran Capitán, pero ellos estaban protegidos por su posición y su poder que les daban la impunidad que necesitaban.
Va pasando el tiempo, y esta práctica se va extendiendo, por rentable para ellos, a otros niveles laborales y sociales. Pero el aparentemente inocente objeto del pícaro que solo ejercía para comer, se va modificando de la mano de la evolución histórica, por un lado para generar un voraz enriquecimiento, por otro, para ir creando un nuevo estatus social. Además, el relativo “honor” del granuja de antaño como antihéroe que engañaba preferentemente al pudiente, va desapareciendo para utilizar como víctima, inicialmente a cualquiera, y posteriormente, de la forma más grosera, a los más débiles, transformándose poco a poco en los chorizos de hoy.

Los trileros contemporáneos ya no tienen como objetivo sólo su enriquecimiento personal, sino que además quieren poder, y una vez conseguido quieren afianzarse en él creando redes, eufemísticamente llamadas clientelares, de funcionamiento mafioso. Para ello introducen como herramienta de disuasión y reclutamiento juergas de dudosa catadura moral, banquetes, escandalosas “aportaciones” de dinero en metálico y otros elementos delictivos que compran la necesaria omertá para mantener ocultos estos comportamientos ilícitos y así auto protegerse y perpetuarse.

Además también cambia el escenario, que se va desplazando de los mercadillos y las calles del truhán clásico, al escenario político, y a través de él, a las instituciones y los gobiernos; también se instala entre jueces, fiscales, empresarios y banqueros, copando así prácticamente todas las estructuras de control de la sociedad. Este viraje convierte a sus víctimas en un caladero cautivo al que esquilmar de manera inmisericorde, continuada y cínica, toda vez que por una parte les “venden” supuestas ayudas, y por otra desvían simultáneamente el presupuesto destinado a ellas, a mantener su estructura mafiosa y a llenar sus propios bolsillos.

En esta transformación de la figura del listillo, ha tenido mucho que ver el nacimiento y desarrollo de medios de difusión, cada vez más potentes y abundantes, que han ido fomentando una transformación social en la que se sitúa como valores máximos de la sociedad por ejemplo el que un futbolista sin cultura gane cien veces más que un profesional que ha dedicado y dedica continuamente su esfuerzo a la mejora continua, por muy capacitado que esté; o que por medio de programas basura eleve al Olimpo de la popularidad y la fama a personajes sin cultura, sin valores y sin escrúpulos; o que transmitan y potencien la idea que el valor y objetivo fundamental sea ganar dinero sin que importen los medios para conseguirlo. Pero también ha tenido y tiene mucho que ver, hagamos autocrítica, la pasividad con que nos hemos ido tragando, en muchas ocasiones con gusto, estos cambios sin hacer nada por impedirlo. Y así nos va.

Puede que la picaresca sea consustancial a la idiosincrasia del español, pero evidentemente la transformación del pícaro clásico en el chorizo mafioso actual, dice muy poco en favor de nuestra estructura moral que probablemente ha ido perdiendo valores y, de algún modo, ha sido cómplice del nacimiento del sinvergüenza contemporáneo; quiero creer que porque sufrimos el síndrome de Estocolmo y no por convencimiento, porque de ser así aún tenemos arreglo como pueblo.
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