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Historia de un higo español
Jose Maria Barrionuevo Gil. 06.10.18 
No siempre nos levantamos con el pie adecuado ni todos los días nos sentimos transcendentes. Sencillamente, hoy, no podemos afirmar con Cicerón que “la Historia es maestra de la vida”, porque sabemos que muchas veces nos resbalan sus enseñanzas o no aprendemos con la suficiente diligencia, con el necesario empeño ni con el suficiente amar (“diligere”, en latín) a la sabiduría. Saberes hay muchos; conocimientos, cantidad. Sin embargo no nos aproximamos lo suficiente al pozo para beber y saborear los alimentos que nutren la mente.
Muchas veces las pequeñas historias del día a día nos son más fáciles de digerir, y nuestra mente se abre, muchas veces por sorpresa, a esas pequeñas lecciones que se nos vienen a las manos con la sola y humilde intención de que no las dejemos pasar.
Recientemente, nos ha contado un amigo una historia, que nos descoloca del contexto español y nacional y, también, ¿por qué no decirlo? internacional.
Nuestro amigo tiene en su pequeña parcela una higuera de la reina, que extiende sus largos brazos hasta fuera de la tapia. La generosidad de la higuera no solo da sombra a los que pasan por la calle sino que ofrece sus frutos a los viandantes. Los otros días fue protagonista de una pequeña historia de andar por casa. También, de andar por fuera, como es precisamente el caso que nos ocupa.
- No os podéis ni imaginar lo que me pasó el otro día. Lástima que cosas como estas no salgan en las noticias.
- Cuenta, cuenta- le dijimos con mucho interés.
- Pues pasó que estaba yo, el pasado 26 de septiembre, podando unos almendros y, cuando iba con el carrillo de mano a llevar los restos de la poda a los contenedores, antes de llegar al portón de la parcela, que estaba apenas abierto, escuché que alguien pegaba con los nudillos en la chapa de la puerta. Al abrir, me encontré con una mujer musulmana, pues llevaba su hiyab en la cabeza. Después de darnos los buenos días, me dijo, mostrándome un higo que había cogido de una rama que daba a la calle, si podía comérselo. Le dije que sí, y que la ley de la higuera nos dice de siempre que “los higos que dan al camino son para los caminantes”, para los que pasan por fuera, ya que la higuera es así de complaciente y los ofrece a los que van de paso. Además me refirió que, unos cuantos días antes, había cogido otro y que llamó a la campanilla, pero que no había nadie. Nos despedimos con otros “¡Buenos días!” y unas amables sonrisas.
” Me quedé casi de piedra, pues no es lo normal que alguien nos pida permiso para llevarse un higo a la boca. Me parece que nosotros, que somos más fuertes que el pellejo de breva, no somos lo suficientemente tiernos por dentro como para pedir permiso. No sé si tendrán que venir de fuera a decirnos con hechos que no está de más ser correctos y educados.
    Parece ser que vivencias como esta pequeña historia del higo español y muy español, que, hace unos días, pudo vivir nuestro amigo en primera persona, no gozan de mucho caché entre los que habitamos en este terruño que se llama España. La higuera bíblica, que no daba fruto, se secó.
    Sin ir más lejos, nosotros, claro, hemos podido oir cómo descalificaba el señor Casado a su querida y ambicionada España ante el señor Jean-Claude Juncker diciéndole que “España es un desastre”. Ni que lo diga, si se refiere a su España de la picaresca, que tan cerca le queda.
    No hace mucho, pudimos leer en las redes: “Que no te engañen: Los que destruyen el estado de bienestar no vienen en pateras, viajan en yates”.
    Es verdad que en las llamadas redes sociales la gente se enreda a decir cosas y más cosas, y algunas con poco fundamento, aunque les sobre intuición. Entre la enajenante barbarie de las redes, nunca nos sobrarán actitudes de seres humanos que llaman a las cosas por su nombre, porque “un higo es un higo”; pero es que, además, podemos decirnos las cosas con meridiana claridad, sin dejarnos llevar de prejuicios, que son velos que nos ocultan muchas verdades y nos incapacitan para poder razonar y pensar por encima de las vallas mentales que nos separan los lugares  donde podemos poner los pies.

josemª     
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