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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido
“LA PANTALLA”… hace 45 años

Cuentos y relatos globales. 23.09.18 
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez..- * A veces hay que decir verdades antiguas con una nueva luz, porque no hay nuevas verdades.
Con la misma infante emoción con la que Aureliano Buendía, llevado por su padre José Arcadio Buendía, fue a conocer la existencia del hielo como novedad que trajeran los gitanos itinerantes a Macondo, así también, toda Juan de Acosta, hace 45 años, en sucesivas romerías de varios días, a las afueras del pueblo, y en lo que es hoy la salida por carretera que conduce hacia el municipio de Baranoa, de 6 de la tarde hasta las 12 de la noche, a falta de cine y de otras sanas diversiones, fue a conocer el milagro de la pantalla.

Aquello fue en los tiempos en que todavía no se contaba con alumbrado eléctrico en toda esta región, pero ya casi la íbamos a tenerlo y, previo al histórico hecho (1973), la entonces muy eficiente Electrificadora del Atlántico ( hoy la muy deficiente Electricaribe), montó en las mismas inmediaciones una subestación repontenciadora del fluido y, en sus afueras, en un alto poste de concreto, a manera de prueba, el foco más grande del mundo, especie de un hijo menor de la luna que al ser prendido, con su luminosidad astral, a varias cuadradas a la redonda, le quitó letras a la palabra oscuridad y a las noches de entonces…aunque aún, velas mechones y lámparas eran indispensables y la gente aguardaba cómo aprender a enroscar un bombillo de 240 voltios y a saber subir en “on” y en “off” un “suiche”…
“La pantalla” referida, en consecuencia, por algo así como dos meses antes de la inauguración oficial del alumbrado, fue el espectáculo en las tardes-noches crepusculares de julio y agosto, sitio a donde, como se dijo antes, la gente del pueblo asistía para empezar a acostumbrarse a la luz brillante conque , en adelante, los focos de la civilización y el progreso harían que la noche se pareciera al día y así todos, sin pegar los ojos, seguir viviendo hasta el amanecer ocupados en sus labores y pasatiempos gracias al potente artificio de la ciencia…
“La pantalla” del encanto, sin exagerar, tenía el tamaño que tiene una Luna llena vista desde la Tierra, por lo que, igual que si fuese un satélite, se le apreciaba de manera conmovedora y humana, dando al lugar un colorido de fiesta cotidiana.
Pobres, ricos, riquitos; señoras y señores respetables, señoritas y jóvenes; ancianos y ancianas; niños y niñas y hasta bebés de brazos y teteros, no faltaban llevados por sus padres a “la pantalla”…
-¿Pa’onde vas?
-Pa’ la pantalla.
¿De aonde vienes?
-De la pantalla.
Eran los decires del momento, válvulas de escape para un pueblo que hasta entonces se acostaba a las 8 de la noche dando la gente en forma previa tres vueltas a la cama o a la hamaca, pero antes, se rezaba un padrenuestro, se bebía un vaso de agua y se orinaba…
Algo impedía o detenía el progreso de la población en aquellas tristes épocas a pesar de que el hombre ya había ido a la Luna y con esa “conquista” se decía que nacían para la humanidad nuevos aires de cambio y desarrollo; pero esto no se daba en el pueblo porque este seguía siendo viejo y atrasado “que era una maravilla” y, en él, las necesidades más básicas y sentidas tenían un concepto medieval. A decir verdad, estábamos en plena época de lo tardío, tanto así que los inventos que alguna vez en los más lejanos sitios desaforaron la imaginación, llegaron aquí cuando estos eran ya invenciones inútiles e inconvenientes a las que tocaba asignar el calificativo del “ ya no sirve”…terminando acumuladas como trastos anticuados y oxidados en las colas de los patios de las casas en espera de que apareciera por ahí Prospero, el comprador de cosas inservibles que a él le servían para algo pagando por ellas cinco centavos.
Cierto, muy cierto, la resonancia del desarrollo y el progreso no se asomaba para nada por estos lares y estaba tan determinado y tan incorporado a todos el engranaje sucesivo de la función y utilidad de las cosas que, la lámpara de petróleo de mi mamá había sido antes de mi abuela, a la vez de mi bisabuela y de mi tatarabuela en una infinita cadena de sucesoras que también las emplearon como fuente de alumbrado nocturno, histórico y sin competencia. Todo era así, tanto que el avance de otros pueblos excedía al nuestro en cien años de desigualdad cada vez más dramática y creciente…
Hasta que un día, el gobernador del mundo. El señor Antonio Abello Roca, enchaquetado y colorado, sudando como un judío en el m ejecución de Jesucristo, se paró en mitad de la plaza y a todos dijo.
-Dentro de poco, la noche en este moridero será día gracias a mí.
Y sin hacer una demostración de lo que decía, metiéndose en su auto refrigerado, a toda velocidad se fue del pueblo bajo la consternación de que a su paso su lujoso carro dejó tres perros callejeros muertos.
Y unos meses después, rota la distancia histórica que nos ataba al olvido y a la decadencia colonial, “la pantalla”, como consecuencia lógica de lo prometido por el gobernador del mundo, fue algo así como un punto de referencia al que sin imponderables se tenía que asistir para, poco a poco, ir dejando de “ser corronchos”, según decía mi amigo Romelio (+), dando a la primitiva idea el disfrute de vernos de nuevo las caras en la razón elemental de que de noche y con luz, existíamos en un mundo nunca antes visto matizado siempre por la infaltable discusión de querer saber si eran 9 o 12 las vueltas que tocaría darle a un bombillo para enroscarlo, naciendo así en el pueblo la futura ocupación de enroscadores de focos con conocimientos intransmisibles que resolverían el problema del hágase la luz y la luz sería hecha sin decirle a nadie cómo…De modo que ir a ver “la pantalla” era ir al descubrimiento de otra mentalidad humana, evolucionada y proyectada en favor de la vida y contra el oscurantismo…
…Y era cierto, al encuentro de la gente con “la pantalla”, las noches que antes corrían dentro de una ponderada tranquilidad en el sitio, comenzaban a las 4 de la tarde al desfile imparable de modas que por las calles la mujeres exhibían como venidas de París, llevando con ellas la silla donde se sentirían para, a los ojos de la sociedad y de los hombres, ser vistas por la luz en poses de doble perfil y de frente, y enmarcadas como para para una foto histórica en un pueblo que si anteriormente era aburrido de día, ya no lo sería de noche…, con saludos displicentes de “Hola” o de frías y agitadas manos al aire entre ellas, perdidas entre una multitud que de pronto, en esta inmemorial esquina de la tierra, bajo el cielo de un circo hecho por todos, entre ventas de raspao, cerveza, ron y bebidas gaseosas, departía con arepas, buñuelos, carimañolas y empanadas los fogones y calderos de la “jactancia” y el alto volumen de equipos de sonido para un baile…
A “la pantalla” fuimos todos: el alcalde, el juez, el cura, las maestras, los maestros, el peluquero que aprovechaba “ la claridá” y allí mismo motilaba a la gente mientras les hablaba de Tomás Alba Edison, el inventor del bombillo; fue mi mamá, mi papá, mi hermano, mis hermanas, yo. Fue Casimiro, el notario, quien con su amigo Bartolo, dispuso allí una mesa con bancos y jugar a las cartas. Fue Franco Charris, el arreglador de cosas dañadas que quedaban más dañadas, haciendo sonar un tocadiscos cuyos discos giraban al revés y entonces la gente bailaba de atrás para adelante…Y así el pueblo, de noche, ya no vivía en el pueblo, vivía en “la pantalla”…y era inimaginable la presencia de Vicente Altafulla dando realce al público evento luciendo un saco a cuadros con un clavel en el ojal…Y nunca, como esa vez, los habitantes de Juan de Acosta allí reunidos, mejor que en el último censo, pudieron por fin contarse persona por persona en número de ocho mil y pico junto con 55.555 cínifes anulosos (mosquitos), 1.790.878 jejenes, 6.666 moscas de mula, 150.000 avispas verdes, 29.700 cucarrones, 297.600 luciérnagas o moscas de fuego (como las llamaba “el Viejo Rome”) 2.589.543 chinches de palo y 300.000 libélulas, insectos que, lo mismo que la gente, eran atraídos por la luz en un baile incesante de millones y millones de vueltas dadas en sentido contrario al de las manecillas del reloj y que alrededor del encendido foco vivían su última noche…
…Y todo era un mismo decir, un mismo declarar y expresar…
-¿Pa’onde vas?
-Pa’ la pantalla.
¿De aonde vienes?
-De la pantalla.
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