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Crónicas  del otro  Macondo -Historias  para  ganarle  al olvido-
El microscópio del colegio  

Cuentos y relatos globales. 16.09.18 
Escribe; Walter  E.  Pimienta Jiménez.- La Biblia dice que  no hay distancia entre lo  infinitamente grande y lo  infinitamente pequeño.
Cuando el recordado sacerdote Miguel Ángel Alzate, allá por los años sesenta y tanto al setenta y otros tantos, fue acertado rector del Colegio de bachillerato Juan V. Padilla, de Juan de Acosta, cometió el bello y progresista “disparate” de comprar para la institución un microscopio que hizo parte del organizado y dotado laboratorio que ya había adquirido, así como también proporcionara al colegio con una muy buena biblioteca, amén de contar con una excelente nómina de profesores licenciados en distintas áreas del saber, toca decirlo así, fue aquella la primera vez que los hijos de los campesinos que allí estudiábamos ( y yo como uno entre ellos), de la mano del profesor Otoniel Acosta, gracias al extraño aparato, conocimos “una hoja por dentro”…
Recuerdo que el docente en mención, profesor de ciencias naturales él, conocedor de que el padre Alzate, atendiendo su solicitud, de un momento a otro adquiría el tan necesario microscopio, lo que primeramente hizo en clase fue hablarnos de ese aparato, de lo ,útil y necesario que era porque, al concepto de la existencia de seres casi invisibles por su tamaño, lo ambiguo era ahora sí poder verlos multiplicados en su dimensión las veces que él quisiera con sólo regular un botón de aquella máquina que, haciendo puente entre el hombre y Dios, nos ponía al alcance del ojo humano, “animales chirriquiticos” de los que solamente teníamos conocimientos por los dibujos ampliados que traían los libros de la misma materia.
…Hasta que llegó el día de lo concebido. El profesor Acosta, diciéndonos buenos días y escuchando él de nosotros, sus estudiantes, otro buenos días que en coro le dimos, portando una caja entre manos, entró a la clase y, con sumo cuidado, la colocó en su escritorio.
-Siéntense- ordenó.
-Gracias- le contestamos.
La verdad, aquella vez, quienes conmigo cursábamos el segundo años de bachillerato, asistimos a una escena inolvidable fijos los ojos de todos en la llamativa caja, rondando en el salón de clases las mismas dos preguntas: ¿Qué será eso? ¿Qué habrá en esa caja?...Y, desde luego, nadie las hacía porque ninguno tenía una convincente respuesta. La caja en referencia traía unos grabados que después supimos eran letras en alemán.
La ceremonia estaba a punto de comenzar, queríamos todos colocarnos en torno a la mesa del profesor pero nadie se movió. Le respetábamos como a un familiar.
De pronto la caja fue abierta poco a poco, el palpitante corazón de cada quien, estaba en otra parte. El profesor Acosta lo hacía pausadamente. Era un momento irremplazable para la docencia. Era la escuela reencontrándose con el saber. La caja mágica contenía algo insospechado. Nadie decía una palabra.
De pupitre a pupitre nos mirábamos. El profesor Acosta lo hacía con cierta estética, con pulso favorable y sin temblor en las manos…Y fue aquel el momento en que con autoridad y voz sobria y convincente, poniendo a temblar nuestro mundo y como deteniendo el tiempo, después de un suspiro, nos dijo:
-Señores, esto es un microscopio. El microscopio del que tanto les he hablado. Aquí lo tienen. Muy pocos colegios, inclusive de Barranquilla lo poseen. Ustedes, gracias al padre Alzate, ya cuentan con este; cuídenlo.
Creo que una luz envolvente se apoderó del salón. Nos quedamos cortos ante lo que veíamos y atolondrados dimos un sonoro aplauso no sabíamos si al rector, si al profesor o a aquella cosa…y entonces pensé que al rural acto debieron ser invitados el alcalde, su secretario, el juez promiscuo municipal, los padres de familia y los abuelo.
El profesor, a continuación extrajo del bolsillo de su camisa una hoja de matarratón y la colocó en la platina de observación y en orden alfabético, uno por uno, nos hizo pasar por el ocular del instrumento para que el convencimiento de lo que era una simple hoja y sus partes, fuese el total resultado contemplativo a los ojos desnudos de una completa trama de células que la formaban y poniendo a nuestro alcance toda aquella vida oculta que la misma encerraba…Aquello era un espectáculo, por primera vez veía a una hoja por dentro… he olvidado muchas cosas en la vida, menos aquello…
Cuando el último en pasar por el microscopio lo hizo, el profesor Acosta tomó la vocería y dijo:
-Lo que han visto es un organismo vivo, es mecánica vegetal en movimiento. El microscopio le ha permitido ver lo que la hoja tiene en su interior. Esto sin microscopio no es posible conocerlo. Es como ver el mundo de otra manera.
…Y en ese momento recuerdo que Manuelito Hernández, compañero de pupitre, el hijo de Niano Hernández, incrédulo y algo irreverente, como siempre, en voz baja y para que no lo expulsaran de la clase, dijo:
-Pa’ jodé al profesor Acosta, no damos pa’ ve lo grande y vamos a ve ahora lo “chirriquitico”.
…Pero sí era verdad…gracias a Dios, gracias al padre Alzate y al profesor Acosta, sí podíamos ver “lo chirriquitico” y aconteció que con aquello en clase de ciencias naturales, más de uno de nosotros desde esa vez llevaba en los bolsillos un vasto y surtido “mundo" de insectos que vistos en el microscopio, tomaban fantásticas apariciones aterradoras y hermosas formas al mismo tiempo porque, el ala de una mariposa se descomponía en un lienzo de mil colores y las pinzas de un piojo de cabello eran armas espantosas de locura…
La flor de monte más sencilla y modesta, era hermosa en el microscopio del colegio y los insectos algo más que un punto negro, de antenas y pelos imperceptibles, trompas de miedo y ojos iracundos incrustados en el tope de sus cabezas…
La Biblia dice que no hay distancia entre lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño y aquella verdad de verdades me la hizo entender el microscopio del colegio cuando a este acerqué miedoso mi ojos curioso y vi que una brizna de yerba tenía el grande de una bandera batiente, así como también, algo temeroso, llegué a creer que en este se encerraban fantasmas de medianoche, razón por la cual Manuelito nunca se acercó a ver los encantos y espantos que ocultaba el microscopio del colegio y por eso perdió la materia…

Walter  E.  Pimienta Jiménez.
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