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Crónicas del otro  Macondo -Historias  para  ganarle  al  olvido-  
Evocación  de mi primer  diente  de  leche

Cuentos y relatos globales. 02.09.18 
Cuando me sacaron mi primer  incisivo  lateral  de leche, no sé  si lloré de risa o  si reí de dolor…
Escribe; Walter  E. Pimienta  Jiménez.- La primera práctica rudimentaria de nuestros padres como “odontólogos”, sin haber nunca estudiado para ello, la hicieron con nosotros sus hijos sacándonos de un jalón con un hilo fuerte el primer diente de leche, en mi caso mi primer incisivo lateral izquierdo, diente que correctamente alineado dentro de un grupo de ellos, se nos afloja y quiere desertar de nuestra boca dejándonos un portillo visible en cada inocente sonrisa tipo abierta ventana bucal que provoca en otros niños nos llamen “macaco” o que estos, no contentos con la burla, nos canten el alusivo canto que en mi pueblo y en mi infancia, ante este evento, así se me dedicaba: “Macaco se fue pa’ el cielo/ con una carga e’ melón/ cuando eran las dos de la tarde/ ya estaba en Repelón/”…
En la lista de mis afectos y de mis proezas alimentarias, mis primeros dientes de leche, con amor de hijo, mordieron los pezones de mi madre criándome y, de ahí en adelante, ya no mordieron el nutricio seno: mordieron mangos viches, verdes y maduros; ciruelas, guayabas, pedazos de coco, bolas de coco, bombones de “Colombina”, “tapabocas”, bolas de chicle; panes de sal y dulce, cucas, “jartapobres”, galletas de soda, galletas de crespo; carne…y para de contar… aunque no he de dejar por fuera que también dieron buena cuenta de cualquier cantidad de mazorcas de maíz asadas como premio glorioso de las buenas cosechas en las rozas que, en compañía, en la finca de “La Plata”, hacían mi abuelo y mi padre…¡Y qué emocionante era el estallido de los granos de maíz al fuego vivo de la hornilla! ¡Y qué delicia el destuse aromático de las chamuscadas mazorcas junto con la poca atención al “voltéalas que se te van quemar” porque para ello lo que había eran buenos dientes apresurados para rullirnos de aquel manjar la maretira dulzona y jugosa que nos faba vida!…

La verdad, lo confieso ahora, me consternó la m perdida de mi primer diente de leche, lo lloré en silencio… Soñaba tenerlo para siempre como los tienen las momias egipcias que se llevan las suyos a la otra vida y con ellos como que siguen comiendo lo que comen los muertos…Era el más valioso en la escala de valores de las piezas dentales que hasta entonces tenía… claro, claro que debía quererlo si era el primero, encontrándose conmigo feliz en mí también primera de sonrisa de medio lado que tanto le gustaba a una de mis vecinitas…

A ocultas en un rincón de la cocina de mi casa, persistentes a la hora de despuntar de noche con ellos la esquina de una panela, mis dientes de leche cumplieron la tarea…Y tenían para ello mentalidad propia haciéndome ir a la cama, luego de pasar un poco de agua, con la satisfacción del deber cumplido. Y nunca, pero nunca, cambiaron en su noble propósito o vocación de morder rabiosamente aquellas duras “arrancamuelas” que vendía “la Niña Sara” en su tienda, melcocha a la que sensato y practico mordisqueaba en el dulzor vehemente de mi propio secreto: el de haberme robado de la cartera de mi mamá los diez centavos que la apetecida golosina me costaba para darme felicidad.

Siempre, de niño, estuve dichoso con el comportamiento de mis dientes de leche; eran incorregibles a la hora de devorar el rojo corazón de patilla, igualmente sordos a la práctica de querer quitarle la checa o tapa a la botella de una bebida gaseosa caliente acababa de bajar del camión de la “Postobón”…Y no sólo eso: convertían en papilla el más blando guineo maduro de modo que rasgaban, trituraban, cortaban…Eran unas verdaderas máquinas de morder y arrancar bocados; tenían algo de caníbales en el momento de un muslo de gallina guisado…y lo mismo tragoneaban ruedas de bollos para las cuales nadie vino en su ayuda…Nunca estuvieron enfermos, si acaso una ligera dentera, ni jamás me dolieron e, indolentes con el cucayo no tuvieron en cuenta para este, de parte de otros, ni súplicas ni oraciones…y entendían al llamado oloroso de una guayaba madura colgando del palo…Trabajaban a horario corrido y aunque la gente de todos los tiempos dice que no existen milagros los milagros en el mundo, yo fui testigo excepcional de uno, el de mis dientes de leche haciendo trizas un pedazo de carne dura estampando en la presa una mordedura capaz de derribar una pared.

Por eso, cuando con el siguiente equipo de emergencia, de un tirón me sacaron mi primer diente de leche: un fuerte hilo de calabrés y un vaso de agua con sal para pararme la sangre, me falló el ánimo, me sentí débil, dejado de Dios... y rehuyendo de las burlas, cuidaba en no ser visto para que los pelaos del barrio no me cantaran lo del "macaco se fue pa' el cielo"

Luego de aquello, guardado el diente debajo de la almohada consejera de mis dilemas infantiles, por la noche quiso “el Ratoncito Pérez" Llevárselo haciéndome la caridad poco compensatoria de dejarme allí una moneda de diez centavos… Qué melancolía, qué tristeza la que sentí cuando me miré al espejo y por aquello de que no quería que mis amiguitos de escuela me cantaran la canción de “el macaco”, por dos días dejé de ir a la escuela, presentándome al tercero con una excusa que a la letra grande, bonita y legible de e mi madre, palabras más, palabras menos, decía: “Seño Ruth, como notará, el niño no fue a la escuela los dos días anteriores por una razón estética”…Mi profesora al leer aquello me miró, se río, y yo como riéndome de mi mismo también, y enseguida escuché que todo el curso me cantó: “Macaco se fue pa’ el cielo/ con una carga e’ melón/ cuando eran las dos de la tarde/ ya estaba en Repelón/”…
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