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El taxi
Eduardo Saez Maldonado. 31.07.18 
El problema del taxi tiene que ver, como tantas otras cosas, con la curiosa costumbre que tenemos de mezclar gestión pública con privada. Desde mi punto de vista, y dado el carácter de servicio público que tiene el transporte, el sector del taxi debería ser de gestión pública exclusivamente. El problema surge cuando el estado permite que las licencias de taxi, en lugar de ser una concesión pública sujeta a unas reglas sensatas, entren en el mercado de la compraventa privada. Y el problema, a estas alturas, tiene difícil solución.
Lo normal en un estado preocupado de dar servicio público, ya digo, es que las licencias de taxi se concedan a particulares por concurso de méritos (una vez verificado el cumplimiento de unos requisitos mínimos similares a los actuales: cursos y licencias requeridas, ausencia de antecedentes penales etc.) Dicho concurso podría tener que ver con la situación laboral y familiar y otros criterios que se pudiera considerar justos y adecuados, y darían derecho a la explotación de la licencia por un periodo de tiempo a definir que podría ser, incluso, hasta la jubilación del adjudicatario. Anualmente, la administración competente podría adjudicar todas las licencias que hubieran sido devueltas por jubilación o cualquier otro motivo.  Esta sería, en mi opinión, la manera más sensata de gestionar el servicio público del taxi.
Sin embargo, en algún momento alguien tuvo la brillante idea de permitir que las licencias pudieran ser compradas y vendidas entrando en una peligrosa dinámica de mezcla de lo público y lo privado. Los taxistas son ahora, de hecho, propietarios de una concesión administrativa, algo absurdo en sí mismo pero que su buen dinero les ha costado. Son por tanto, de hecho, dueños de unos derechos adquiridos con la venia de la administración que ahora no pueden ser obviados. Si para dedicarse a transportar personas en coche de puerta a puerta, un profesional tiene que hacer una  inversión que le supone un préstamo a saldar en muchos años, y está sujeto a unas normas específicas, unas tarifas y horarios regulados, etc, no es de recibo que, de repente, se permita a unas empresas multinacionales, radicadas en paraísos fiscales, entrar a saco (en el sentido original de la expresión, esto es: saqueando) en el sector sin someterse a horarios, precios, limitaciones geográficas etc.
De manera que, o lo mantenemos bajo control estatal (promoviendo la necesaria modernización del sector que, ciertamente, se estaba durmiendo en los laureles) o lo liberalizamos todo de manera que todo el que tenga un coche pueda ganarse unas perras transportando gente cuando le apetezca. Pero claro, el estado deberá entonces resarcir a los taxistas por la cuantiosa inversión que se han visto todos obligados a hacer para empezar a trabajar.
Sobre el papel, el libre mercado es muy bonito. La mano invisible que Adam Smith definió (1), lo dirige todo graciosamente de manera que el mundo acabará deviniendo en una armonía universal perfecta. Las derechas neoliberales defensoras de estos postulados olvidan a menudo que, para que la competencia se dé adecuadamente, todos los actores tienen que tener acceso a las mismas oportunidades, a la misma información. De hecho, el premio Nobel de economía Joseph Stiglitz demostró que:
“…cuando los mercados son incompletos y la información disponible para las partes es asimétrica (lo que sucede en la inmensa mayoría de las transacciones mercantiles), incluso si la estructura del mercado llega a ser perfectamente competitiva, la distribución de los recursos no es necesariamente eficiente…” (2)
 
El liberalismo económico llevado al extremo es, por tanto, algo muy peligroso porque permite a los poderosos competir con ventaja creciente copando cada vez más y más porción del mercado. Esto se hace a costa de ahorrar en tributación ubicando sus sedes en paraísos fiscales (las grandes multinacionales tecnológicas son claros ejemplos), disminuyendo los derechos de los trabajadores utilizando artimañas variadas (véase Ryanair), utilizando su poderío económico para tirar precios que desplacen la competencia tradicional que no puede luchar contra gigantes o usando la competencia desleal al desplazar sus centros de producción a países donde no se respetan derechos humanos ni ambientales. Lo estamos viendo en todos los sectores. Las empresas que han entrado a saco en el sector del taxi, radicadas en Delaware y otros paraísos similares (con lo que los pocos impuestos que pagan se van, encima, de España), están incluso ampliando sus negocios a cualquier cosa que pueda dar algo de dinero haciendo de intermediarios por internet, como comidas a domicilio, paquetería etc. (3). Todo vale. Los autónomos y pequeñas empresas que daban trabajo decente a millones de personas están viéndose obligadas a ceder ante esta avalancha de abusos consentidos (y hasta fomentados) por los estados.
Estas empresas tienen, además, una visión de futuro cada vez más corta. Pretenden ganar la mayor cantidad de dinero en el menor tiempo posible. Ese es el único criterio (el único valor que nuestra sociedad fomenta, por lo demás). Tenemos que ser nosotros, a través de nuestros representantes públicos, los que pongamos algo de cordura a esta dinámica suicida que no tiene en cuenta lo que pasará en las próximas décadas. Ni si este sistema es sostenible ni si nos abocará a una catastrófica crisis social, económica y ambiental. Tenemos que ser los ciudadanos a los que nos preocupa el mundo que dejaremos a nuestros hijos (que se ven abocados cada vez más a condiciones laborales inaceptables hace unos años) los que, con visión de futuro, exijamos a nuestros representantes algo de sensatez, algo de sensibilidad, algo de altura de miras que nos permita mirar a los jóvenes sin tener que bajar la cara avergonzados del mundo que les dejamos y al que, armados de la “competitividad” “individualismo” y “agresividad“ que les estamos inculcando a toda velocidad, tendrán que enfrentarse.
Otra opción, es verdad, es dejar a merced de las fieras (léase liberalizar) el sector del taxi, y ya puestos, de los bomberos (que ya en Málaga han empezado con la perseverante y heroica resistencia de sus trabajadores), de la policía y, ¿por qué no? hasta de la Justicia. Todo se andará.
Dependerá de nosotros, en cualquier caso.
 
Eduardo Sáez Maldonado
 
(1)   https://es.wikipedia.org/wiki/Mano_invisible
(2)    https://racionalidadltda.wordpress.com/2013/09/07/joseph-stiglitz-la-informacion-y-el-cambio-de-paradigma-en-economia/
(3)    https://www.publimetro.cl/cl/tacometro/2017/04/25/cabify-presenta-servicio-reparto-denominado-express.html  
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