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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
Cuando en mi pueblo hubo… Casas con alma de barro
| | Cuentos y relatos globales. 27.05.18 | | *Sólo el barro engendra el milagro de una casa…y el milagro de la vida…Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Todavía sobreviven por ahí, en la oscura noche de los tiempos, no más de dos o tres. Cuando existían, algunas se asomaban hermosas a las calles y otras, cómo tímida y cohibida, por no creerse bonitas ni vistosamente pintadas, se quedaban dentro de los patios. El recuerdo que de ellas guardo, es fresco, fueron muchas, teniendo como referencia sus techos de fresca palma, sus colores chillones de rojo-rojo, verde-verde o de amarillo con rojo o azul patrimonial, dándole al estético hecho alguna connotación política si acaso porque el dueño de la misma era liberal o conservador… De esta, todos, sin falta, sabíamos dónde quedaban y de quiénes eran: Esta es la casa de Rosana, aquella la del viejo Eulogio, esa otra la del viejo José Ángel, la de más allá la de Helena Antonia, esta, la de Concha Luca, la de la esquina es la de “el Niño Quin”, la de la mitad de la cuadra es la de Otomán… y las mismas, las mismas nunca se cayeron y resistieron a los embates de los duros inviernos y tormentas de octubre porque tenían alma de barro amasado con gotas de vida…Tanto que algunas, como lo de al inicio, en el acto suicida de no venirse abajo, sostenidas por la mano de Dios, aún se mantienen en pie… | En las viviendas de material de ahora, todo está por terminar o arreglar; en las de barro de antes, todo, después de la popular y comunal chagua, quedaba terminado con un “jolón” que hacía de sala y comedor, uno o dos cuartos con ventanas desniveladas, una puerta principal de tablones parados y, allá, afuera, un rancho con hornilla, molendero y tinaja, reposo de leña seca que hacía de cocina… y mucho más al fondo, un techo de la misma palma montado sobre horcones donde, con el sobrado nombre de caballeriza, se le daba albergue a un burro, único patrimonio de la familia ceñido al júbilo de un campesino que de la manera más entrañable, lo hacía tan su suyo como sus cultivos de vida, rebuzno diario de emoción inseparable y tan valioso como su casa misma, toda ella enrejada por una cerca de madera para confinar puercos y gallinas, “consulado” desde el cual el mandatario de la choza mandaba porque mandaba y por derecho de historia… Las casas de barro que en el pueblo antes hubo, hechas sin subido suficiente, y dispuestas como hogar donde nacieron los abuelos que en ellas murieron, donde se casaron nuestros padres y de ellos allí también nacimos, monumentos a la humildad que en sus tiempos existieron, negándose a morir, oficio de embutidores y empalmadores, hoy solamente son evocaciones cargadas de nostalgia y pesadumbre y tierra de la tierra porque de la tierra somos… Hechas como en un taller comunitario, las casas de barro de antes era labor humanitaria de vecinos: unos enterraban los gruesos y resistentes horcones sembrando en cada esquina el espíritu que para siempre vivas le sostendrían; otros, hábiles en el amarre de bejucos, enjaulaban con varas la armazón de madera, parodia de pajarera habitable que rellena de barro fresco por siempre, cuota de todos, era asimismo aporte del pueblo… pueblo donde las señoras, en comarcal labor, cocinaban tres fondos de algún sancocho; alguien con azadón y cavador, picaba el barro; alguno a baldadas lo remojaba con agua sacada a apulso del pozo; en tanto los niños, como jugando al más embarrado, con los pies lo aglutinaban, especie de risible y contenta danza de chachachá infantil que sobre el lodo, también ayudó a construir templos…mientras, abandonando ese día sus labores del campo, Juan Padilla, Juan Barro, Cayetano, José del Carmen, Facundo Padilla, Juan Albá, Cástulo “Cabo”, “Carlos Toche”, Vespasiano Coronell, “Pedro Quita”, Modesto Hernández, Jesús María Coronell, Segundo Arteta, Manuelito García, Juan Gutiérrez, Andrés Samuel, Pedro Aminta, Anastasio Hernández, Goyo Coronell, Francisco Charris, Polo Rocha, José Rafael Molina, Benjamín Molina, “el Niño Flores”, Juan Reyes, Benito Redondo, Ángel Coronell, “Carlos Maluco”, “Carlos Chillo” y otros… confederados por el mismo pundonor y el mismo ánimo, con el tributo de sus manos y vestidos de sudor, se dedicaban los fines de semana a embutirlas construyendo pueblo en medio de una fiesta grande con padrinos que les regalaban el acicate del ron…y una voz de hermandad… Embutir en comunidad una casa era entonces en el pueblo, un acto del alma, colorido goce de simpatía entre compadres, familiares y vecinos; abrazo de amigos en uno de los actos más inminentes de la vida: el de tener siquiera una casa con alma de barro, alquimia de agua y sudor, reflexión de manos que ayudaban, acción creadora que imitaba a Dios en el acto inventor de Adán…porque sólo el barro engendra el milagro de una casa… y el milagro de la vida…
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