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El pintor de recuerdos
Pedro Biedma. 19.05.18 
Egoísta, mala persona y rico, extremadamente rico, con estos calificativos definían a Alfonso aquellos que por desgracia le conocían. Durante sus setenta y cinco años de vida había logrado amasar una enorme fortuna y para conseguir dicha gesta, nunca dudó en utilizar a su antojo a cientos de personas, las exprimía hasta extraer la última gota, (económica, física y psíquica) de ellas, para luego abandonarlas en la más horrible de las miserias, además nunca mostró síntomas de compasión por sus falsos aliados caídos, todo lo contrario, disfrutaba con ello.
Últimamente y, sin dudas, ayudado por el miedo a la muerte, hablaba mucho consigo mismo, sobre todo en sus largas y solitarias noches, intentaba auto convencerse que en su imaginaria balanza de medir acciones buenas y malas realizadas, ganaban por mayoría las primeras, y falseando la realidad, imaginaba la cantidad de situaciones felices que había otorgado a tanta gente, gracias a sus geniales estrategias financieras. Cuando llegaba a este punto en su auto diálogo, siempre le surgía el mismo dilema, una pregunta a la que ni su mentirosa conciencia era capaz de dar respuesta, ¿cuántos momentos felices habían tenido lugar a lo largo de su vida?, ¿cuál había sido su día más feliz en estos años?, seguro que existen cientos, pensaba, pero era incapaz de recordar uno sólo de ellos. Este hecho le preocupaba y estaba dispuesto a solucionarlo, para ello utilizaría su arma de arreglar problemas, utilizaría su dinero.
A sus oídos llegó la existencia de un pintor y vidente que plasmaba cualquier tipo de recuerdo que le solicitasen. Vivía en pueblo de una provincia cercana a la suya, la mecánica era fácil, el pintor preguntaba qué tipo de recuerdo quería que plasmara en su lienzo, después ambos debían de hablar durante media hora, el tema de la conversación era intrascendente, lo importante era captar los secretos y vivencias guardadas en la mente del cliente. Antes o despúes, firmaban un contrato en el que se adelantaba la mitad del importe (25.000 euros) y al cabo de una semana recibiría en su domicilio y contra rembolso (los otros 25.000 euros), el cuadro acabado.
Aunque el importe no suponía un gran gasto para Alfonso, había recabado suficiente información sobre el pintor, para descartar que se tratase de un timador más, los informes aseguraban la autenticidad de la virtud que este señor poseía.
Impaciente por recordar el momento más feliz de su vida, llamó y le concedieron cita para el día siguiente, nada más colgar avisó a su chófer Antonio para concretar la hora a la que debía recogerlo e indicarle el destino.
Una vez allí, le recibió Amador, un señor de aspecto noble y carácter campechano, tras el saludo de rigor le preguntó a Alfonso ¿que recuerdo desea que le pinte?, él respondió con celeridad y nerviosismo, “el momento de mi vida en el que me he sentido más feliz”. Tras la firma del contrato y la primera entrega del dinero, hablaron durante media hora de temas sin importancia, durante todo este tiempo  Amador no desvió su mirada de los esquivos ojos de Alfonso. Cuando acabaron, el pintor le acompaño a la puerta y sin ofrecerle la mano para despedirse, le comentó “en una semana recibirá su cuadro,  buenas tardes”.
 Alfonso se marchó pensando en la frialdad mostrada por Amador al final de su encuentro, pero pronto se olvidó de ello y comenzó a fantasear cómo sería ese momento que tanto ansiaba revivir y que podría lucir orgulloso en su salón, durante el resto de sus días.
La semana se le hizo más larga de lo habitual, pero por fin se acercaba la hora. Sonó el timbre de su mansión, no permitió que la empleada de casa acudiera a abrir la puerta, daba la sensación hasta de ser amable. Abrió con rapidez, delante de él se mostraba un mensajero, que jadeante pronunció su nombre y le dio un papel para que firmase la entrega, una caja donde debía de encontrarse el cuadro y un sobre. Alfonso le preguntó confiado “¿es un contra rembolso, no?, el mensajero negó con la cabeza y añadió, “no, viene a portes pagados, buenos días” y sin más se alejó.
Extrañado entró en la casa y abrió el sobre, este contenía 25.000 euros y una nota que decía “gracias pero no puedo aceptar su sucio dinero, como verá he cumplido con mi parte del contrato, espero que mi cuadro le haga reflexionar”.
Totalmente confundido por el contenido del sobre y las palabras del pintor, sacó con premura el cuadro de la caja, lo colocó en un caballete comprado para la ocasión, se situó frente a él y con algo de miedo quitó la sabana que lo cubría, su rostro se desencajó por completo, flexionó las piernas y llorando como un niño, contempló lo que el pintor de los recuerdos reflejó como el día más feliz de su vida.
En el cuadro aparecía una mujer vestida de negro que lloraba desconsolada ante el féretro de su amado esposo, a su lado podía verse a un joven Alfonso que reía a carcajadas pensando en que a partir de entonces todos los negocios y fortuna que poseía su padre le correspondían a él, ya empezaba a ser un hombre rico, extremadamente rico. Egoísta y mala persona ya lo era desde que nació.
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