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El mejor padre del mundo
Pedro Biedma. 02.05.18 
El día resultó agotador, por fin llegó a casa, casi sin fuerzas abrió lentamente la puerta y arrastrando sus doloridos pies, Juan cruzó el pequeño vestíbulo, tras un breve suspiro, depositó las llaves en el lugar de siempre. Nadie se percató de su presencia, como era habitual, en cambio él sí oyó las voces provenientes del dormitorio de su hijo donde este conversaba con su madre, las distancias eran muy cortas en su humilde vivienda. Sí de algo podía presumir Juan era de su afinado oído, prestó atención a lo que decían y lo que escuchó no fue nada agradable. Su hijo Javier explicaba a Isabel la razón por la que nunca invitaba a sus amigos a casa, le confesaba que se sentía avergonzado sólo con el hecho de imaginar que su padre hiciese acto de presencia vestido de barrendero y sus afortunados compañeros lo vieran y descubrieran la verdadera profesión de Juan, él se había inventado un padre Ingeniero de una importante empresa, es decir, algo a la altura de la función que desempeñaban los progenitores de sus amigos. Además no les podría explicar que su padre no ganaba el suficiente dinero para comprarle la consola de moda con la que jugaban alternativamente de casa en casa, él siempre se inventaba alguna excusa cuando le tocaba el turno. Siguió hablando y confesando sus temores, su habitación estaba decorada con muebles muy simples y algo anticuados, muy distintas a las de sus amistades que eran enormes, modernas y no les faltaba el más mínimo detalle.
Juan abatido, salió al exterior sin hacer ruido y corrió a refugiarse en su viejo coche, cerró la puerta y comenzó a llorar desconsoladamente, el cansancio había desaparecido y un dolor inmenso, acompañado de la mayor de las impotencias, invadía ahora todo su ser. A la vez que lloraba, se maldecía una y otra vez por ser lo que era, las palabras sinceras de su hijo le hicieron sentirse el peor padre de la Tierra. Recordó las cientos de veces que su fallecida madre le decía que estudiara, que si no, no iba a ser nada en la vida, ¡qué razón llevaba!, pensó´, su llanto y dolor aumentaban paulatinamente, deseó volver a ser niño y corregir todos los errores cometidos en él pasado, algo imposible de realizar.
Tras conseguir calmarse, se secó las lágrimas con la manga de su ropa de faena y con una sonrisa simulada e inusual en él regresó a casa. En esta ocasión Isabel y Javier se encontraba en la cocina, el diálogo madre e hijo había finalizado, besó a ambos, su mujer le preguntó “pareces muy contento hoy, ¿te ha ocurrido algo?, a lo que Juan respondió con un breve “no, nada, voy a la ducha”. La noche parecía eterna, su mente revivía una y otra vez lo sucedido esa tarde, en sus oídos resonaba con fuerza la frase “avergonzado de imaginar que mi padre hiciese acto de presencia”, mordía con sus dientes las sábanas de su cama para que las lágrimas brotasen sin compañía del llanto. Por fin, una idea se coló entre la espesura que invadía sus pensamientos, recordó la colección de monedas que heredó de su padre, esa que guardaba en el cajón de “sus posesiones valiosas” rodeadas de fotografías con un gran valor sentimental. Por un instante se trasladó al pasado, pudo ver perfectamente como su querido padre guardaba una valiosa moneda dentro de aquella caja blanca y negra a la vez que le decía “Hijo, cuando muera todas estas monedas serán tuyas, podrás hacer con ellas lo que quieras pero me gustaría que las conservaras, cuando me eches de menos siéntate junto a ellas, abre la caja y respira profundamente, verás como mi olor y mi recuerdo se incrustan en tu ser diciéndote que estoy a tu lado.”. En más de una ocasión recurrió al consejo de su padre y efectivamente percibió su olor, su recuerdo y su presencia. Con sigilo se levantó de la cama, se dirigió al salón, cogió la caja, a oscuras se sentó en su sitio del sofá, la abrió, respiró profundo y en silencio dijo “papá perdona lo que voy a hacer, pero no me quedan más salidas”, en ese justo momento la luz se encendió, era Isabel que inmediatamente y al verle llorar como un niño agarrado a la caja, se postró de rodillas frente a él y acariciándole el rostro le preguntó “¿Qué te pasa?”, Juan entre sollozos, le confesó a su mujer que mientras ella y Javier hablaban esa tarde escuchó todo lo que decían y que la única solución era vender las monedas, no le darían mucho dinero pero sí el suficiente para comprarle una consola a su hijo y algunos muebles nuevos. Isabel, no supo que decir, se abrazó a él con todas sus fuerzas hasta que se tranquilizó un poco. Después le convenció para volver a la cama, comenzó a acariciarle el pelo suavemente hasta que se quedó dormido. Por la mañana, como casi siempre, desayunaron los tres juntos, Juan dio una beso a ambos y se marchó a su faena diaria, el plan ya lo tenía bien atado, hoy pediría un par de días de vacaciones en los cuales vendería sus monedas, compraría la deseada consola y algunos muebles y Javier ya no tendría por qué avergonzarse de su padre, eso sí debía de estar muy atento para no coincidir el día en que los agraciados amigos de su hijo estuviesen en casa y no le vieran, él esperaría en alguna calle apartada dentro de su viejo coche y a una hora prudente regresaría con algún pretexto para justificar su tardanza. Lo que Juan desconocía era que Isabel había comenzado a relatarle a Javier toda la verdad, a hacerle ver el amor que su padre le tenía, a que reconociera el gran esfuerzo que realizaba día a día para que no le faltasen las necesidades más básicas, a que comprendiese que desde que nació, su padre vivía y se desvivía por él, a confesarle las múltiples noches en las que estuvo enfermo y su padre no se despegó de su lado nada más que para asistir al trabajo, a recordarle las miles de horas extras que su padre trabajaba para que ellos pudiesen llegar a final de mes, en resumen a hacerle ver que tenía la suerte de tener al mejor padre del mundo, independientemente de su profesión.
Javier, con gesto triste se marchó al instituto, en el camino se detuvo y se sentó en un escalón alejado del paso de la gente, él era muy inteligente, comprendió que su madre llevaba toda la razón del mundo, pensó en el dolor que tuvo que sentir su padre al oír sus despreciables palabras, en el fondo “¿Qué importa una consola o qué los muebles sean más o menos nuevos?, ¿qué tiene de malo la profesión de mi padre?”. Javier se incorporó y se dirigió al instituto, él también había ideado un plan y debía de ponerlo en marcha cuanto antes.
Esa tarde Juan llegó a casa, tras el cariñoso beso a Isabel le preguntó por Javier, a lo que ella respondió “está en casa de sus amigos”, Juan, agotado cogió una lata de refresco, se sentó en su sitio del sofá y encendió la televisión para despejar la mente.
Al cabo de unos minutos la cerradura de la puerta se abrió, era Javier acompañado de tres amigos, Juan se quedó inmóvil, la casa era demasiado pequeña y no le daba tiempo a esconderse, ya le habían visto y encima vestido de barrendero. Su hijo invitó a sus compañeros, los cuales se miraban con sonrisas de maldad, a pasar al salón, una vez allí les dijo “este es mi padre, el mejor padre del mundo”, a continuación se dirigió hacia Juan y dándole un beso en la mejilla, le comentó en voz alta “te quiero papá”, las lágrimas de Juan y de Isabel, que observaba desde la cocina, no tardaron en aparecer. A continuación Javier sacó la caja de monedas del cajón y dijo a sus amigos, “vamos a mi cuarto, no tengo consola, pero seguro que nunca habéis visto unas monedas como las que os voy a mostrar, eran de mi abuelo, ahora son de mi padre y algún día serán mías, por cierto vuestros padres seguro que no disponen de algo tan valioso sentimentalmente para dejaros como herencia”.
A partir de ese día, a Javier no le volvieron invitar a jugar a la consola ese grupo de jóvenes, ni le saludaron en el instituto, pero encontró otro grupo de amigos con los que compartía otras aficiones y la fortuna de tener a los mejores padres y madres del mundo.
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