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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
Nostalgia de los dulces de la semana

Cuentos y relatos globales. 29.04.18 

*Nada existe más dulce que la miel del alma de los abuelos.
Escribe Walter E. Pimienta Jiménez.- Cuando mi abuelo Hernán le descargara a su mula la cipote carga de leña de puro trupillo que trajo esa tarde del monte, había entrado antes a la casa de mi abuela un cigarrón que merodeó la cocina. Yo estaba esa vez allí, tratando de rebuscarme algunos restos del almuerzo que ella siempre dejaba por si acaso, y entonces oí clarito cuando dijo: “Jeee cigarrón qué traes, si es bueno que venga, y si es malo que se detenga”… Dicho y hecho, era él, mi abuelo, quien arribaba… Saltó del sillón del animal, desamarró la pesada carga que cayó con un estruendo al suelo y esto dijo sin que nadie se lo preguntara:
-Es la leña de la Semana Santa para los dulces, y ojalá alcance hasta el Lunes de Pascuita porque en los días santos no se debe ir al monte… Es malo, porque, o se corta uno con el machete o le salen los penitentes y se pasa un susto. Ave María Purísima, todo está consumado.
…Y en ese momento entendí que habría dulces y me imaginé el de papaya, el de piña y el de leche servidos en un plato con “Galletas de Soda Noel”… y se me hizo agua la boca.
Con la lentitud de la faena encima, mi abuelo llegó al corredor y se sentó en un taburete. Mi abuela, como siempre, le recibió con el tinto del amor que le sirvió de un termo en un pocillo de loza que tenía el dibujo de unas florecitas rosaditas pintadas . Ella volvió a la cocina y le empezó a calentar la comida que le había guardado, al tiempo que de un pote de “Avena Quakuer” sacó algunas cucharadas de “Café Puro Almendra Tropical” y las echó en una olla con su agua y con su panela poniendo la cacerola en la candela… Era que el café que había en el termo se estaba acabando y Hernán era tintero…

Para entonces, mi abuelo todavía fumaba “Tabaco Roa de sortija”, después se lo prohibirían los médicos para que durara 104 años. Lo degustaba sentado en un taburete entre los pausados sorbos de la tonificante bebida. Y, mientras, en la cocina, lo que empezaba a tibiarse olía a apetecible carne guisada.
Yo le quité el sillón a la mula, lo guardé en el cuarto de los aperos, llevé la bestia a la alberca para que bebiera agua, la marré en la caballeriza, le di millo que comer y enseguida metí debajo de la hornilla la leña…Es que siempre fui con ellos un nieto muy colaborador y mucho más en Semana Santa…y volví a acordarme, como cada año en abril, del dulce de papaya, del de piña y del de leche servidos en un plato con “Galletas de Soda Noel” y se me hizo agua la boca…
Con un soplador de hojas de palma de iraca, soplé un fogón, activé las llamas y, luego de un rato, el café que mi abuela dispuso, hirvió y lo coló sobrado en atributos de aroma…
Las doradas llamas calentaron el guiso que estando en el fogón de al lado, se veía apetecible…daban ganas de probarlo y mi abuela, viendo mí no muy oculto apetito, en un platillo me sirvió un poquito…
-Ahorita vienen Rosana y Rebeca, me tocará darles un palo de leña, nunca tienen- dijo ella.
-Si la gastas no habrá ni leña ni “rajuñaos”- dijo mi abuelo y, de nuevo, me acordé del de papaya, del de piña y del de leche servidos en un plato con “Galletas de Soda Noel” y se me hizo agua la boca…
-De qué los vas a hacé- preguntó él.
-De papaya, es el que más me gusta. Ya las tengo cortadas.
-Y pa’ tus nietos de qué los harás… hay que endulzarles el alma- volvió a consultar mi abuelo.
-De piña y de leche.
-Y dónde conseguiste piña si eso por aquí es escaso… no la hay ni en fotografía- cuestionó mi abuelo-
-Le encargué dos a José María… él me las trae. Y el de leche, con lo que sobre de las dos vacas que ordeñas pa’ el desayuno- le explicó ella.
Sentado lo mismo que un rey a la mesa del comedor, que estaba cubierta con un mantel de hule estampado con unos canastos de frutas, mi abuelo ahora, a placer, comía su suculento calentado y, generoso como siempre, apartaba de lo servido para darle de comer también a “Bocanegra”, su perro.
Una luz de felicidad se cruzó por mis ojos al escuchar que mi abuela haría los tradicionales dulces de la Semana Santa…y sin que me mandaran, antes de que cerrara la tarde, fui a la troja del maíz donde ponían las gallinas, en una totuma recogí los huevos del día y escuché que al entregárselos, ella dijo:
-La que no puso hoy fue la bandida de la saraviá.
Lo sabía porque no vio entre los recogidos, el huevo azul que aquella gallina ponía…
Yo guardé los huevos en un canasto que estaba colgado en un rincón de la cocina… Es que siempre fui con ellos un nieto muy colaborador y mucho más en Semana Santa…y otra vez me acordé del dulce de papaya, del de piña y del de leche servidos en un plato con “Galletas de Soda Noel” y se me hizo agua la boca…
…Y claro, dos días después hubo dulces, y claro que los comí…y hoy que con nostalgia hago esta evocación, nuevamente me acuerdo del de papaya, del de piña y del de leche servidos en un plato con “Galletas de Soda Noel” y se me hace agua la boca…
…Pero qué cosa, al paso indefectible de los años, entre el mercado de lo desaparecido están aquellas delicias que mi abuela en Semana Santa con amor hacía… Pues hoy, para flojera de la humanidad, el mundo se llenó de mermeladas procesadas adquiridas en supermercados y tiendas porque a lo mejor algún psicólogo o alguna nutricionista dijo, entre dimes y diretes, que el dulce casero engorda y advirtió que… ¡ojo, mucho ojo con la diabetes!
Que en este tiempo, por negocio, las afro descendientes en Semana Santa hagan y vendan estos dulces, es cierto y se les aplaude… pero los mismos, para los tiempos que corren, entrañablemente hechos en casa, están en vía de extinción gastronómica si no es que han desaparecido…Ya no hay placeres culinarios, sencillos y pastoriles…Hoy, el dulce de Semana Santa, reitero, si es que por ahí de pronto lo hay, no tiene el aderezo del humo de la leña de trupillo con que mi abuela lo hacía y, perdidas las recetas de antaño, nada extraño resulta en este tiempo que alguien las haga públicas por las redes sociales, por celular o por video para que siquiera las probemos de una manera virtual…
En tiempos de Semana Santa, parte de mi seguridad intima en mi niñez y en casa de mis abuelos, era la existencia de las ollas de los dulces de Semana Santa, así como la realidad de una alacena donde no faltaban pedazos de “panela melcochá”, bollos de yuca, alguna que otra “cocá” comprada a José María y unas almojábanas y panderos de las que hacía prima María Jesús… Existencia de cosas que fueron amenazadas y consumidas por mi dulcero apetito… Ya recuerdo yo que muchas veces, a la pregunta de mi abuela: “¿Hernán, dónde está el pedazo de bollo que te dejé esta mañana en la alacena?
El, mi abuelo, sabedor del motivo, de la causa y del culpable, le contestaba resignado:
-No los busques más… Wappe, Wappe (así era como él me decía), se lo comió.
…¡Desventuradas en consecuencia las nuevas generaciones que no saben la felicidad que era raspar las ollas de los dulces de Semana Santa hasta dejarlas relucientes, como nuevas… ni lo que es revolver y revolver el dulce de leche hasta que aquel cuaje y coja punto, mientras las casas del pueblo exhalaban el aroma penetrante del clavito de olor y la canela!...¡Qué infortunio, qué desdicha para las nuevas generaciones desconocer el placer del plop, plop, plo, del dulce de papaya hirviendo y cociéndose en su vasija de barro, eructando un vaho profundo a panela al quitarle la tapa y removerlo y removerlo con el canalete de la acaramelada dicha!... Y qué se podría esperar de una juventud tatuada hasta en el alma, incapaz de sentarse a pelar una papaya, incapaz de rayar un coco ejercitando mejor la paciencia en chatear y chatear por la Internet confeccionando chismes… Provocando amarguras con la lengua, mientras mi abuela, en cambio, hacía mi felicidad con azúcar…
Lo confieso ahora, el dulce siempre fue mi debilidad y a los que hacía mi abuela en Semana Santa, asistí a ocultas junto con su perro “Bocanegra” a cucharearlo como un especialista dulcero y dándole al sabueso de primero “para que no me acusara ni delatara”… ¡Ah…! Qué delicioso placer secreto mientras mi abuela y mi abuelo a pierna suelta dormían y hacían la siesta del Viernes Santo luego de haber comido un salpicón de bagre y yo, en puntillas, llegaba a la olla del dulce de papaya y a la del de piña y a la del de leche y cuchareaba y cuchareaba en la maravillosa compañía de un perro goloso que, “ladrón” como yo, no ladraba…
…Es que siempre fui con ellos un nieto muy colaborador y mucho más en Semana Santa…y por eso ahora, igual que ayer, junto con la memoria de mi abuela, me acuerdo del dulce de papaya, del de piña y del de leche servidos en un plato con “Galletas de Soda Noel” y se me hace agua la boca…

Walter E. Pimienta Jiménez.

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