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Tazas de café (Final B)
Pedro Biedma. 22.04.18 
Se despidieron en la puerta, con la dulce monotonía de sellar sus labios una mañana más, él subió a su antiguo pero servicial coche azul y desde allí le envió otro cariñoso beso, esta vez unió su boca a la palma de la mano y, como si de un truco de magia se tratara, lo lanzó hacia ella, que lo alcanzó en pleno vuelo para posarlo en su rosada mejilla.
Ninguno logró adivinar que no iba a ser un día como casi todos los demás, hoy quiso rendir homenaje a una triste canción de un grupo de rock madrileño de los años 70 y que en uno de sus temas hablaba de un amor que se rompe por motivos insalvables de la vida.
Andrea entró en casa, su agenda diaria se hallaba repleta de tareas importantes por resolver, pero antes de lo importante, siempre se encuentra lo urgente y en este caso lo urgente era, como no, saborear un cigarrillo acomodada en su silla favorita de la cocina, acompañada de su segunda taza de café, la primera siempre tenía mejor sabor y aroma, la primera la degustaba junto a su querido Daniel, seguro que él utilizaba alguno de sus trucos para prepararlo.
Se dispuso a encender otro cigarrillo, como de costumbre, cuando una de sus intuiciones repentinas le obligó a levantarse con premura y mirar el calendario que colgaba de la pared, ¡no! gritó, el día de hoy estaba marcado con un círculo rojo, señal inequívoca de tratarse de una fecha importante, y vaya sí lo era, 12 de Abril el cumpleaños de Daniel, hoy cumplía 36 primaveras y en once años nunca se olvidó de felicitarlo.
De inmediato y casi al galope, se dirigió al encuentro de su teléfono móvil para llamarlo, los nervios se apoderaron de ella y le impidieron localizarlo, por fin recordó que la noche anterior y presos de un repentino ataque de pasión, varios objetos volaron hasta aterrizar en el sofá del salón, efectivamente allí se encontraba, acompañando por su bolso y uno de sus zapatos, tras cogerlo, nerviosa, marcó el número de Daniel mientras susurraba, “seguro que lo sabía y se ha callado”, el buzón de voz fue quién le respondió. Tras varios intentos sin éxito alguno, decidió esperar un rato y contactar con él una vez hubiese llegado, total ya daba igual felicitarlo un poco más tarde.
Al cabo de media hora llamó a su oficina y atendió el teléfono su secretaria quién le comunicó que el Sr. Martinez aún no había llegado. Entonces una nueva intuición la llenó de intranquilidad y se apoderó de ella, algo no marchaba bien, lo percibía en el ambiente.
Para intentar tranquilizarse subió a su alcoba con el propósito de cambiarse de ropa, la interrumpió el sonido del timbre de la puerta, con toda la rapidez del mundo acabó de vestirse y corrió como nunca antes hacia la entrada principal, con la esperanza de que Daniel hubiese olvidado algo importante en casa. Nada más abrir, sus ilusiones se desmoronaron como una frágil torre de naipes, su cara se desencajó, el natural tono rosado de su rostro, tornó a un triste color pálido blanquecino, delante de ella se presentaban dos agentes de la Guardia Civil con la intención de comunicarle la más terrible de las noticias, el fallecimiento de Daniel ocurrido en una colisión frontal a escasos kilómetros de su casa, no pudieron hacer nada por salvarlo, feneció en el acto.
Su vida se transformó, construyó una coraza infranqueable a su alrededor, los días carecían de sentido, se refugió en si misma perdiendo todo tipo de contacto con en exterior, su otra media naranja nunca la volvería a complementar.
Con suma celeridad transcurrió un año y cercioró que no siempre se cumple el dicho de “el tiempo todo lo cura”, sus heridas continuaban sangrando y ella no visitaba ningún hospital para que le ayudasen a taponarlas. A veces, percibía la manifestación de alguien cerca de ella, podía oler, igual que un gran sumiller, ese perfume que tan familiar le resultaba, solía oír su dulce voz llamándola por su nombre, sentía el suave roce de las yemas de sus dedos acariciando sus rubios y rizados cabellos, por momentos una mano, delicadamente, se posaba en su hombro, con la única finalidad de hacerla sentir querida, señales que indicaban la cercana presencia de Daniel.
Otra vez 12 de Abril y era consciente de la fecha en la que se encontraba, no fue necesario asegurarse con una visita al calendario, hoy su pena y dolor alcanzaban su punto más álgido y , se maldecía una y mil veces por no haberse acordado de felicitarlo el año pasado, igual que hizo hasta entonces. Las horas se volvieron eternas, comprobaba una y otra vez el correcto funcionamiento de todos sus relojes, permaneció desde la mañana sentada en su silla “ya no tan favorita”, asomada a la ventana de la cocina, esperando no sabía qué y devorando un cigarrillo tras otro, sin tomar ni una taza de café. Por fin los rayos de luna anunciaron el arribo de la noche, más tarde de lo habitual o al menos esa fue su sensación, pero llegó. Se marchó a su dormitorio, se duchó y tomó las pastillas recetadas que le ayudaban a conciliar el sueño, después se acostó, en aquella cama enorme y fría como el hielo, a esperar un nuevo día.
Pronto los sueños se apoderaron de su subconsciente, aunque esta vez la percepción resultaba diferente, tenía la certeza de hallarse soñando, pero sus sentidos le indicaban estar despierta. En el sueño su ojos miraban con dirección a la puerta de su habitación, de pronto se mostró delante de ella un sonriente Daniel, que le rogaba silencio, situando su dedo índice en el centro de sus labios, Andrea asumía que todo era un sueño. Él se desvistió, muy despacio y se introdujo en la cama, que dejó de ser fría y enorme, la besó con pasión durante unos minutos, después le susurró al oído “quiero que esta noche apoyes tu cabeza en mi pecho y permitas que te acaricie el pelo mientras duermes, no hables, sella tus dulces labios, sólo escucha y descansa”, ella intentó suplicar perdón por no haber sido capaz de recordar su cumpleaños, pero el pareció leyó su pensamiento y colocó esta vez el dedo índice en el centro de los rosados labios de Andrea, Daniel continuó susurrando “no necesitas solicitar perdón, no tiene importancia, sólo acuérdate que siempre te amaré, mantén mi recuerdo vivo en tu corazón, vive tu vida, busca la felicidad, entierra tu tristeza y cura tus heridas como yo hice con las mías, siempre me tendrás a tu lado cuando lo necesites”. A continuación, Daniel comenzó a cantarle al oído una canción del rey de los boleros, a la vez que no cesaba de pasar sus dedos por los rubios y rizados cabellos de su amada,”Se vive solamente una vez...”. Andrea se quedó dormida dentro del sueño, apoyada en el pecho de Daniel y escuchando esa canción que tanto significado poseía para los dos.
Por la mañana se levantó sumergida en una burbuja de paz y tranquilidad, reviviendo cada minuto de esa mágica noche, deseando que todo hubiese sido real pero sabedora de que sólo se trató de un maravilloso sueño. Se enguató en su bata y bajó a la cocina, tarareando esa canción, dispuesta a tomar el primer café de la mañana.
Pero al entrar vio algo que le cortó la respiración por un instante, la cafetera ya estaba puesta y dos tazas colocadas perfectamente encima de la mesa, la suya caliente y sin azúcar y justo al lado se encontraba Daniel dispuesto a beber la suya.
Ella enmudeció, abría y cerraba los ojos lentamente con miedo a que Daniel desapareciera de la escena, pero no, el continuaba allí postrado, observándola con cara de extrañeza, sonrió y le dijo “cariño te has quedado dormida, no he querido despertarte, te he preparado una taza de café al oír que te levantabas, toma el café a mi lado que me debo de marchar en breve, llego tarde al trabajo”. Entonces ella comprendió que todo había sido un sueño, un terrible sueño, saboreó la taza de café junto a Daniel, era incapaz de articular palabra, lo contemplaba e intentar asimilar, en silencio, que todo resultó ser una broma maligna y pesada, gastada por su cruel imaginación.
Daniel se incorporó, iba con retraso, le acarició suavemente el cabello rubio y rizado y le comentó, “bueno me marcho, luego nos veremos, dame un beso, y espabila que parece que has visto un fantasma”. Ella rió a carcajadas mientras él la observaba sin entender esa risa repentina, ambos se dirigieron, agarrados de la mano, hacia la puerta, él repitió el truco del beso desde el interior de su antiguo pero servicial coche azul. Andrea regresó al interior de la casa sin borrar la sonrisa de su cara y tarareando esa bonita canción. Para asegurarse aún más de que no se encontraba dormida, avanzó hasta el calendario, colgado en la pared, y comprobó con enorme satisfacción que se hallaba en el año 2.015 y no en 2.016, “¡uf! qué alivio”, murmuró en voz baja, preparó su segunda taza de café y la deleitó, más que nunca, mientras fumaba un cigarrillo.
Una vez que acabó y antes de subir a su alcoba y cambiarse de ropa, recordó que en la cena de la noche anterior Daniel le regaló un par de rosas rojas que permanecían en el salón, fue a por ellas y las colocó en un jarrón con agua para que no se marchitaran. De repente una de sus intuiciones le obligó a volver a mirar el calendario, efectivamente era el año 2.015 pero también era 12 de Abril, el cumpleaños de Daniel, hoy cumplía 36 primaveras y en once años nunca se olvidó de felicitarlo.
De inmediato y casi al galope, se dirigió al encuentro de su teléfono móvil para llamarlo, los nervios se apoderaron de ella y le impidieron localizarlo, por fin recordó que la noche anterior y presos de un repentino ataque de pasión, varios objetos volaron hasta aterrizar en el sofá del salón, efectivamente allí se encontraba, acompañando por su bolso y uno de sus zapatos, tras cogerlo, nerviosa, marcó el número de Daniel mientras susurraba, “seguro que lo sabía y se ha callado”, el buzón de voz fue quién le respondió..................
¿Todo volvería a repetirse una y otra vez como un bucle?, ¿respondería Daniel al teléfono?, vuestra imaginación es libre, yo me guardo mi teoría
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