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Crónicas del otro Macondo -Historias para ganarle al olvido-
La mujer de la palangana

Cuentos y relatos globales. 11.03.18 
Con su voz de trompeta gritando en la calle su venta de pescado frito, misionera contra el hambre, de Tubará, por caminos perdidos, venía los viernes la mujer de la palangana.
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.-
Nunca supe el nombre de la mujer de la palangana. Era morena, menuda, delgada. Caminaba suave, lo mismo que una paloma que no hace ruido y pareciera no levantar los pies y que, en perfecto equilibrio con el peso que llevaba encima de la cabeza, estabilizada marchaba acompasada.
De pronto, escuchado su grito de venta, nos asomábamos a la puerta de la casa y la mujer de la palangana, olorosa a pescado frito, se sentía tan cerca que uno al verla, no podía decir “allá viene” sino más bien, “aquí está”…y entonces colocaba el recipiente de aluminio en el suelo, quitaba a los frutos de mar y río que traía los cogollos de matarratón con que les cubría y expresando un “hablen”, movida del corazón, a precio conciliado ofrecía sus celebraciones de cocina…

A manera de permanecer incorporada a las costumbres del pueblo, los viernes, porque los viernes por tradición y asuntos de dogma entre nosotros se come pescado, allá, por los años sesenta, de Tubará, en su preciso reloj de la media mañana, bajando por las lomas de Cazuela, enrumbando por el callejón de la Calle del Golero con su caminar de pisada de paloma, al encuentro de sus habituales compradores, llegaba la mujer de la palangana volviendo evidente en la “corona” que lucía en su cabeza, la aglomeración de un gentío pidiéndole en frenética venta llevara a cabo el bíblico milagro de la multiplicación de los peces…
¡Bocachicoooo fritooooo! Era su grito de garganta metálica. Grito que estremecía el sistema digestivo del continente. Clamor limpio, brillante y claro…Clamor que revelaba con convicción, sostenido y largo su presencia de buena fe; grito que ella hubiese querido, cortando el hilo de los oficios domésticos, fuese salvador del hambre del mundo…La mujer de la palangana, así la conocían las matronas de su tiempo, a decir verdad, suscitaba en las cuatro primeras calles del pueblo, y hasta donde su producto en venta y reventa alcanzaba, un abrir de puertas por las que se escapaba el hambre y entraba la sobrevivencia y el buen apetito poniendo en fuga a la necesidad.
La mujer de la palangana, heroína enfrentada siempre a la escases y la carencia, era la palabra de la confiabilidad en tiempos en que nadie sabía de las siete virtudes del pescado frito: proteínas, vitamina A, vitamina D, minerales, gras insaturadas y omega 3…Y era también la voz viva y sincera al escucharla conversar con lágrimas en los ojos sobre un hijo que se le muriera después de haberse dado una “pitanza de guandú… historia de una historia tan suya que hizo nuestra contada con la tristeza y el vacío que en todos deja la muerte.
Para las estadísticas del DANE de aquel tiempo, y de este tiempo también, la anónima mujer de la palangana no contaba, en tanto para ella lo que contaba era su obligación, su viaje de Tubará a Juan de Acosta y el tocar de puertas y su palangana de siempre llena de pescado frito dejando a su paso el olor sin fronteras de su presencia de calle y plaza, su grito de fiesta en las cocinas y el nombre de Dios en la primera venta gracias a la Virgen del Carmen, todo esto en estrecha relación con una vecindad que la hizo suya los viernes de guardar y que hoy sólo es un recuerdo, un buen recuerdo, un recuerdo del estómago, una nostalgia de apetito y un sentir de lo que ya no es…
…Y dicen que en una aurora de marzo, la mujer de la palangana, la del preciso reloj a la media mañana de cada viernes, esta vez sin hora determinada, como si no hubiese percibido la llegada del sol en uno de sus delicados trazos de luz, bajando la bandera del trabajo, abandonada de su calor que lo pudo con todo, nunca más dijo “ya llegué, “aquí estoy”; dijo “me he ido”…y se fue, se fue respirando verano y muerte y se hizo pasado, se hizo memoria, reminiscencia y ahora un indulgente recuerdo que significa adiós…
Nunca conocí el nombre de la mujer de la palangana ni su historia de mujer consagrada a la pasión del trabajo en el encuentro diario de quienes escuchaban su lamento de ¡bocachicoooooo fritooooooooo! Historia de mujer de piel curtida por los soles de la obligación, historia de mujer diseñada para el pragmatismo de la gratitud en sus compasivos fiados hasta mañana…mujer menuda, delgada, pero gigante, venida de la montaña cada viernes de guardar, trayendo su corazón abierto y volviendo evidente en la “corona” que lucía en su cabeza, la aglomeración de un gentío pidiéndole en frenética venta llevara a cabo el bíblico milagro de la multiplicación de los peces…
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