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Vainas mías…
Crispín y sus cargos de conciencia un miércoles de ceniza

Cuentos y relatos globales. 18.02.18 
Escribe; Walter E. Pimienta Jiménez.- Crispín no tuvo la necesidad de levantarse de su cama ni la de abrir la ventana de su cuarto para darse cuenta que, acabado hacia pocas horas el carnaval, con la presencia del miércoles de ceniza, afuera ya olía a Semana Santa. Lo descubrió en la penetrante y desmayante aroma del incienso que alguien quemaba en el vecindario…De haber abierto la puerta de su casa, cosa que tampoco hizo, la visión de algún vecino que con cara de arrepentimiento viniera de la iglesia con el dibujo de una cruz de ceniza pintada en la frente, fijo se lo hubiese confirmado… Igual que si, por vainas suyas, si se hubiera en cambio dirigido al cuartico que en su vivienda, Marciala, su esposa; y doña Quijota, su suegra, tienen destinado para los domésticos oficios religiosos, viendo alumbrado con una esperma ceremoniosa el cuadrito de la mano poderosa asistido por el infaltable rosario blanco que su cónyuge le pone siempre encima, a efecto de que se le den los milagros, ya no lo dudaría más: flotaba en el ambiente, previo cuarenta días, el perfume del recogimiento propio de la venidera Semana Mayor…y en señal de respeto, ante la llamativa lámina, hasta se le habría ocurrido persignarse y, escarbando en sus problemas existenciales, en efecto, se iba a sentir culpable de las cosas malas que, hasta esa madrugada, había hecho en las pecaminosas fiestas del dios Momo porque, en ese instante de remordimiento, su cuerpo y su alma le pedirían se disciplinara teniendo con el poder de la oración la milagrosa creación en él de otro caballero de fabricación casi santa, imaginándose que cada viernes de cuaresma ayunaría con la puntualidad proverbial de sólo pasar agua esos días…

Y así, llevado por los síntomas especulativos de su aflicción, Crispín supuso como factible que, en adelante, de acuerdo con la mejor tradición, programada su abstinencia cristiana, en tales fechas, si no le era posible ayunar los viernes por algún motivo, con la previa absolución del padre Hernández, quien le prohibiría comer carne, comería pescado como lo ordena la iglesia…y entraría de paso así a una probable obediencia de monasterio que le facultaría permanecer más tiempo confinado en su casa ayudando a su señora en las labores de cocina y estaría pendiente de ver, por casas de su poca fe, si era verdad que llegado el Viernes Santo, el gallo que tiene en el patio cantaría tres veces en memoria del apóstol Pedro quien negó en igual número de ocasiones ser amigo de Jesús…y dando por real el ficticio hecho, la terrenal ave de corral, para su suposición, habría cantado y él, asustado por la certeza, nunca lo haría llegar a la hornilla considerando que el del canto mañanero estaba dando cumplimiento a cierta sagrada orden que le hacía cantar diariamente a la hora santa, trabajo que el Señor le impuso para que él se acercara más a Dios…, en tanto el animal, visto así por su amo, tendría más roja la cresta, más grueso el pescuezo y los muslos pelongos…y todo él ( me refiero al gallo), a sus ojos, desde esta ocasión, adquiriría una figura de aire celestial y sagrada que le volvía intocable así hubiese hambre pero no comida en casa de sus amos.
Tal lo leen, cabe pensar a esta altura de mi relato que, sin dudas, las cuaresmas –como en este caso- hacen milagros en algunas persona y que, mientras tanto, continuando con su interior enmienda, Crispín, aún acostado en su cama al lado de su esposa, no estimaba para nada absurdo sentirse miembro de la orden de San Agustín pasando las tardes cultivando rosas en el vergel de su casa, teniendo tiempo en sus raticos libres para, por fin, luego de veinte años de desidia, meter debajo de una de las patas de la mesa de comedor una simple checa y así, corrigiendo a esta la cojera, evitarse las quemadas que se daba cuando Marciala, un rebosante plato de sopa caliente sobre esta le servía… Además, ese día colgaría correctamente en la pared del corredor el espejo que usa para afeitarse; así como desde ese momento detestaría comer cerdo porque leyó en la Biblia que este es un animal impuro…Y en lo viable, permanecería el mayor tiempo posible en silencio porque le habrían dicho que así se piensa mejor y se escucha a Dios…Y sería esa la ocasión en que, mirando detenidamente a su mujer, a la postre le encontraría el parecido que tanto se le embrollaba en la mente y le diría: “Quédate así quietecita que ya sé a quién te pareces; eres igualitica a la mujer que sale pintada en la hoja de café de la papeleta del “Café Puro Almendra Tropical”.
…Y tomaría la decisión de ir al médico por esos dolores “de no sé qué”, que le dan sin sitio fijo…
Claro que, como a la larga Crispín no se levantó de la cama ni abrió la venta de su cuarto ni se asomó a la puerta de su casa ni mucho menos fue al cuartico de la mano poderosa, con los efectos vivos de un carnaval que le jodía la paciencia porque en sus oídos aún le sonaban las trompetas del último mambo, en el sopor de su terrible guayabo le dijo a su mujer:
-Marciala, mija, mata el gallo y nos lo comemos en sancocho.
A lo que ella, en perfecto acuerdo con su apetito, le respondió:
-Es la cosa más sensata que ser te ha podido ocurrir en años y en un miércoles de ceniza. Ya mismo lo mato…Yo también tengo un hambre…

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