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Tel. Alhaurin.com 678 813 376 Telf. de interés Su opinión Clientes Colaboraciones Normas de Alh.com Buscador Anúnciese aquí Hemeroteca Todas las carpetas•12 usuarios en línea • Martes 21 de Agosto de 2018
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El niño de la pequeña melena
Pedro Biedma. 11.02.18 
Bueno, como dice una canción “todo tiene su fin”, con este relato me despido de momento, quiero agradecer a Federico Ortega la oportunidad que me ha dado al poder compartir con todos vosotros algunas de mis historias, espero que os hayan entretenido, os dejo mi email por si queréis enviar cualquier comentario  pbiedma1@gmail.com .   Espero que os guste este último relato, escrito como siempre con el corazón. Pedro Biedma.

Ignacio abrió el frigorífico y se sirvió un vaso de agua fría, tras beberlo de un tirón, se deshizo del sudor pegajoso de su frente, producto del agobiante bochorno del mes de Septiembre. Durante un instante pensó en su mujer y su hijo menor, en lo bien que lo estarían pasando en el cumpleaños de Juan, su primo y amigo, él como casi siempre no pudo asistir, primero es la obligación y después la devoción, a sus 60 años, era su lema preferido.
Volvió al salón que los fines de semana trasformaba en una económica copia del despacho de su oficina y prosiguió con la presentación que debía entregar el lunes. Concentrado en su trabajo, le pareció oír un sonido que provenía de la planta superior, se detuvo un momento y no escuchó nada, seguramente el ruido procedía de la casa de Antonio, su vecino. Pasados unos minutos, un olor extraño invadió el lugar, sus células olfativas trasladaron a su cerebro una esencia a humedad y antigüedad, en definitiva, un aroma a viejo. Ignacio se cercioró que en toda la planta baja se podía percibir, así que abrió todas las ventanas para ventilar el ambiente y continuó trabajando, el tiempo transcurría con suma rapidez y le quedaba bastante para acabar, estaba claro que debía avivar el ritmo y no distraerse con boberías, incluso se reprimió las ganas de fumar y se centró de lleno en su presentación, eso sí, se tomó la pastilla recomendada por su médico de familia. La ansiedad comenzaba a hacer acto de presencia y a esta le acompañaba su amiga inseparable, la subida de tensión, todo ello provocado por el temor a no acabar a tiempo y aderezado por los acontecimientos extraordinarios de esa mañana de domingo.
Pasados unos treinta minutos, algo insólito hizo que Ignacio parase de inmediato y los vellos de su piel se erizaran al unísono, el llanto claro e intermitente de un niño sonaba en la primera planta, tras unos segundos de indecisión, se incorporó de su silla y con un miedo atroz en el cuerpo comenzó a subir las escaleras, despacio muy despacio, todo lo contrario que su temor que se incrementaba por segundos. A medida que se acercaba, el llanto se volvía más fuerte y cercano, mientras avanzaba su mente imaginaba mil cosas diferentes y ninguna de ellas eran buenas, al llegar al pasillo sus ojos le ratificaron lo que sus oídos recibían, sentado en el suelo y junto a la puerta de su dormitorio, un niño de unos tres años, lloraba desconsolado, un niño con una pequeña melena rubia y vestido con una ropa antigua, Ignacio estaba al borde de la locura, ¿cómo había llegado ese niño hasta allí?, ¿quién era?, ¿por qué lloraba?,¿por qué le resultaba familiar?, miles de preguntas sin respuesta se agolparon en su cabeza a la vez que sus piernas bailaban desacompasadas una canción de rock, su corazón estaba a punto de estallar. Con mucha parsimonia se posó delante del niño, el cuál no daba señales de percatarse de su presencia. Entonces Ignacio se armó de valor e intentó tocarlo, casi lo rozaba con las yemas de sus dedos cuando el timbre de su puerta sonó, instintivamente giró la cabeza y al regresarla a su posición anterior, el niño ya no se encontraba a su lado, el llanto desapareció y sólo retumbaba en el ambiente el eco del clásico ding-dong.
Bajó las escaleras corriendo, como esperando que tras la puerta se hallase la explicación a lo que acababa de suceder, pero su deseo se hallaba muy lejos de la realidad.
Al abrir la puerta, una mujer se postraba frente a él, vestía una ropa sucia y de otra época, su mirada parecía perdida, su rostro reflejaba tristeza y dolor. La mujer sin mediar palabra se adentró en la vivienda y directamente se dirigió a la planta de arriba, Ignacio quedó petrificado, sin capacidad de reacción alguna, se mantuvo pegado a la manilla de la puerta y observando atemorizado el caminar de la mujer. Pasados unos segundos eternos, la señora bajó las escaleras, en sus brazos llevaba al niño de la pequeña melena, ahora ella sonreía, por fin y para siempre había recuperado la compañía de su hijo, el crio emitía pequeñas carcajadas de alegría. Ella, al pasar junto a Ignacio, le miró con cara de ternura y felicidad, unió sus labios al rostro de él y le besó como hacía mucho tiempo que nadie lo hacía, una sensación enorme de amor y de cariño bajó desde su cara y se clavó directo en su corazón, por fin reconoció a ambos personajes.
La mujer con el niño en sus brazos, cruzó la puerta y poco a poco se fue perdiendo su imagen entre la repentina neblina surgida en la calle.
Ignacio, ya sin ningún tipo de temor, galopó hasta el cajón donde guardaba las fotografías antiguas, esas que llevaba una eternidad sin ver, buscó una en concreto, la última foto en la que posaba con sólo tres años y una pequeña melena rubia, en los brazos de su madre, quién días después fallecería víctima de una maldita enfermedad. Apoyó la fotografía en su pecho, y entre lágrimas se tumbó en el sofá, se olvidó de la tarea sin acabar, de los hechos acontecidos y se quedó sólo con la sensación transmitida por el beso de su madre.
A las diez de la noche, su mujer e hijo llegaron a casa y encontraron a Ignacio descansando para siempre en el sofá de su improvisada oficina, con una fotografía asida a su cuerpo y con una gran sonrisa dibujada en su cara.  
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