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Camino de la esperanza
Pedro Biedma. 10.02.18 
Tras más de media hora oyendo un triste monólogo por parte del doctor, Pablo se despidió de él, cabizbajo y sin pronunciar palabra alguna, una simple señal de adiós con su mano derecha fue suficiente. Al salir y cerrar la puerta de la consulta, observó con estupor como la sala de espera había desaparecido, en su lugar una enorme y empinada montaña se postraba altiva y desafiante a sus pies, una señal de madera indicaba el camino a seguir, .
Con alguna que otra lágrima en sus ojos y miles guardadas en su corazón, comprendió que el destino le regalaba un viaje con el que nunca soñó, con fecha de ida marcada pero sin concretar la de vuelta.
Los primeros kilómetros resultaron duros, demasiado duros,  para colmo se unieron a su aventura varios acompañantes no deseados, el pesimismo, la tristeza y escondida entre las rocas, la traviesa nostalgia que lanzaba puñales hacia lo más hondo de su ser.
A medida que avanzaba, las condiciones climáticas empeoraban, el frío intenso, la penetrante humedad y la incesante lluvia de dolor, de ese dolor que no moja el cuerpo pero que cala el interior, hacían mella en su salud mientras las pocas fuerzas y esperanzas que aún conservaba en algún rincón de su mente, huían poco a poco y en silencio.
Una calma sepulcral reinaba en el ambiente, interrumpida a veces por las miserables carcajadas de sus cruéles acompañantes.
De repente algo inesperado sucedió, al llegar a un tercio aproximado del recorrido, el camino se dividíó en dos, ambos perfectamente señalizados con sendos carteles, el de la derecha se atisbaba negro y sombrío y surgían de él lamentos y quejidos terribles, según la indicación este era el “camino del abandono”. En cambio, en el de la izquierda, predominaba el color verde, según la señalización se llamaba “camino de la esperanza”, mientras Pablo intentaba pensar cuál de ellos seguir, el pesimismo y la tristeza tiraban con fuerza de su mano derecha para que se diriguiera hacía la tétrica vereda negra. El cansancio, aderezado con grandes gotas de sufrimiento, animaban a su desprotegido cuerpo a optar por renunciar y emprender el “camino del abandono”, de hecho avanzó un par de pasos hacia él, pero a lo lejos oyó unas voces que le resultaron familiares, procedían del “camino de la esperanza”, sin duda las reconoció, nacían en las gargantas de sus seres queridos que desgañitados, gritaban sin cesar:”Pablo, ven con nosotros, lucha como siempre lo has hecho, ten fe y esperanza, te queremos y necesitamos estar junto a ti, entre todos resultará más fácil llegar a la cima”.
No se lo pensó dos veces, sacó el cajón de sus recuerdos y contempló los momentos difíciles de su vida, rememoró como siempre había conseguido salir victorioso, recordó los maravillosos trances vividos junto a su mujer, hijos y nietos y decidió que no serían los últimos.
Guardó el cajón, secó las lágrimas del corazón, llamó al optimismo y la alegría, que en un segundo se presentaron allí y lanzó una fuerte patada arrojando a sus molestos acompañantes a un barranco abismal. Con sigilo avanzó hacia una roca donde se escondía la nostalgia, la sorprendió y con sus manos le rodeó el cuello, apretando con las pocas fuerzas que le quedaban, hasta estrangularla sin compasión.
Tras librarse de ellos, se adentró en el “camino de la esperanza”, anduvo unos metros y,  sin apenas percatarse, aparecieron a su lado sus seres queridos. Ana, su querida mujer le besó con ternura y en voz baja le susurró al oído: “cariño el trayecto aún es largo y complicado, existirán momentos difíciles de superar, pero con tus ganas de vivir y nuestra incansable ayuda, ganaremos esta cruel batalla”.
Pablo volvió a llorar, con fuerzas, pero esta vez lloró de alegría, dejó escapar las tímidas lágrimas que se alojaban en su corazón.
Sin tiempo que perder acometieron la escalada, con un ritmo acelerado, conversando y animándose unos a otros, de vez en cuando realizaban una parada obligatoria donde Pablo aprovechaba para vomitar debido a los efectos que el “camino de la esperanza” causaba en su organismo, asimismo comprobaba como su recia cabellera se despoblaba con suma rapidez, pero no existía cabida al pesimismo, allí estaban los suyos para hacerle ver que todo iba bién y esos efectos eran el peaje a pagar para poder cruzar el camino. Hubo momentos en el que sus familiares inventaron alguna excusa tonta para alejarse del grupo unos instantes, buscando un rincón escondido donde llorar en silencio, siempre en silencio, para no se oídos por los demás, tras el desahogo, limpiaban sus rostros y regresaban junto al grupo con una sonrisa artificial pero con aspecto de ser real. Con el paso del tiempo los efectos fueron desapareciendo, la hierba era más abundante y verde y sobre todo, la cima se acercaba más y más.
El viaje duró más de lo previsto, casi un par de años, pero al fin alcanzaron la cumbre, Pablo se sentía mejor que nunca, su cabellera lucía un pelo abundante y recio, los dolores dormían ya en el cajón de los recuerdos.
Tras traspasar la cima, apareció de nuevo en la consulta del doctor, acompañado de su querida Ana, en esta ocasión no se trató de un triste monólogo por parte de Don Rafael, ahora participan los tres en la conversación, con sólidas preguntas que eran respondidas sin limitación, la última y más importante la formuló Pablo: “¿he superado el cáncer, Doctor?”, este respondió con rotundidad :”sí amigo mío, ya no existen células cancerígenas en tu organismo, ahora a disfrutar de la vida, sólo debes realizarte las pruebas periódicas, ¡enhorabuena! a los dos”. Se despidió con un sentido abrazo, antes de  abrir la puerta de la consulta, la inconsciencia le hizo dudar un instante, le vino el recuerdo de aquella maldita cima, la cima del cáncer, sin más la abrió, se agarró del brazo de su esposa y con una amplia sonrisa en la cara, cruzó la blanca sala de espera.
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