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Preguntas
Pedro Biedma. 04.02.18 
Adrián a sus doce años no lo podía entender, lo intentó una y mil veces, pero nada, el tema que hoy se trató en clase era aún demasiado complicado para él. En el fondo se encontraba muy tranquilo ya que jugaba con ventaja respecto al resto de sus compañeros, él disponía de un arma secreta, su padre Eduardo, el hombre que poseía respuestas para todo. Alguna vez recurrió a su madre, pero ella siempre utilizaba la misma estrategia y le decía “yo estoy muy liada, me faltan muchas tareas para acabar, cuando venga papá se lo preguntas”, pero Adrián sospechaba que la realidad era otra, ella no conocía la respuesta y se excusaba con el manido tema de las tareas, lo imaginaba ya que en muchas ocasiones mamá también se sentaba a oír atentamente la explicación de Eduardo y Adrián pensaba en voz baja “ves como tampoco lo sabía”.
¿Como era posible la existencia de tantas religiones , casi todas, muy diferentes unas de las otras?, ¿tantos creadores de la Tierra?, ¿y los ateos?, ¿qué pensaban?, demasiadas preguntas que pronto iba a dar por resueltas, sólo era cuestión de tener un poco de paciencia y esperar a papá.
La paciencia no se encontraba entre sus múltiples virtudes, por lo que la tarde se convirtió en una eternidad,  al fin llegó su salvador, como un depredador hambriento, Adrián, se lanzó a la caza de su padre, y tras un cariñoso beso lo abordó a preguntas. Tras oír atentamente, Eduardo tomó aire, soltó su chaqueta y le solicitó a Adrián unos minutos para descansar unos minutos, el día había resultado complicado en la oficina .
Saludó a su mujer Isabel que se encontraba en la cocina preparando la cena, cruzó cuatro palabras de rigor, se aflojó el nudo de la corbata y se acomodó en el sillón de “pensar” de su despacho, en
esta ocasión iba a resultar algo más complicado pero no podía defraudar a su hijo, eso nunca.
Los minutos se transformaron en casi una hora, decidido y con su estrategia ya preparada, llamó a Adrián quien antes de acabar de pronunciar su nombre ya se encontraba frente a él, de rodillas, impaciente, ansioso, al instante entró Isabel y se colocó junto a ellos, expectante, “¿a ver cómo sale hoy de esta?, pensó mientras sus labios dibujaban media sonrisa dirigida irónicamente a su marido.
Eduardo le pidió a su hijo, que por un momento visualizara un libro, pero no un libro cualquiera, un libro mágico, constaba de tres capítulos y el nombre del escritor aparecía siempre al final.
Mágico porque el argumento era distinto para cada lector; el primer capítulo narraba los hechos que había acontecidos antes de nacer y cómo se gestó su nacimiento; el segundo trataba de cómo se desarrolló su vida en este mundo, desde que nació hasta que feneció; y el tercer y último capítulo detallaba lo que tenía lugar tras su fallecimiento.
Siguió con su ejemplo y le dijo que para los que procesan la misma religión, el capítulo uno y el tercero son exactamente iguales, sin diferencia alguna, así como el nombre del escritor, en cambio todos difieren en el segundo capítulo. Entonces le interrumpió Adrián, sí, papá, lo entiendo, pero ¿y los los ateos?, ¿qué leerían en el libro?, preguntó. Eduardo le pidió un segundo para poder beber un poco de agua y así ganar algo de tiempo para idear la respuesta adecuada.
Mientras caminaba hacia el frigorífico, murmuró en voz baja, “!esto cada vez es más difícil¡”.
Regresó a su sillón dispuesto a “rematar la faena”, su hijo lo contemplaba impávido, no movía ni un sólo músculo de la cara. Eduardo prosiguió con su discurso y le explicó que para los ateos, el primer y tercer capítulo se hallaban en blanco, el segundo era distinto para cada uno de ellos, y al final del libro, el nombre reservado para el escritor, era siempre el de “anónimo”.
En resumen, cada uno de nosotros puede leer un libro distinto, los que creemos en la misma religión tendremos en común el primer y tercer capítulo además del nombre del escritor, el segundo capítulo será diferente siempre, independientemente de la religión que procesemos, en los libros de los ateos sólo el segundo capítulo estaría editado, además por un mismo escritor “anónimo”. Pero todos los libros tienen un denominador común, todos están escritos por un autor, incluso en el caso de los ateos, aunque en ese caso el escritor sea “anónimo”.
Adrián lo comprendió perfectamente y se acostó con la grata sensación de que su padre, de nuevo, le había quitado “un peso” de encima.
Al cabo de unos minutos, y sin previo aviso, otras dudas asaltaron su mente, ¿porqué el autor escribe enfermedades?, ¿guerras?, ¿injusticias?, etc,.
Bueno, mañana será otro día y su papá se lo aclarará, ¿o no?.  

Todos los que somos padres hemos vivido o viviremos una experiencia similar, en mi caso ya han llegado a la conclusión de que su papá sólo es su padre y no un arma secreta.

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