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Transparencias de número
Jose Maria Barrionuevo Gil. 14.01.18 
Los otros días, hablábamos de “transparencias de género”, porque la lengua, casi sin querer nosotros, es un constructo cultural y por ello nos lleva a unos derroteros un tanto gramaticales. Así cuando hablamos de “género”, convendría no escandalizarse y, mucho menos, demostrar a todos los vientos, con nuestros aspavientos, que no dedicamos el tiempo suficiente que requiere una buena reflexión. Siempre estamos distraídos entre las aguas de ese mar tan movido, en el que nadamos como podemos, y en el que es difícil detectar también las transparencias, en este caso, de número. Son los números los que , a veces, nos liquidan. Ya dijimos que “se nos fue el año  con algunas transparencias, que no todas”, porque no todas estaban a la vista.
El número es otro constructo cultural, además de gramatical, matemático, que nos ayuda siempre a concretar situaciones, a aquilatar cantidades, a definir distancias, a especificar poderes, a constreñir dispendios, a detallar riquezas...

Como las transparencias de género son más distractoras, se abusa de ellas para cerrar el año con unos despilfarros de luces y colores que nos confunden los ojos y nos nublan los horizontes de los números. Y los números quedan más que ocultos a la consideración del personal, para que no sufra, por no haber sido agraciado en ningún número de la lotería. La única transparencia, en estos casos son las de las espumas de los botellones, las de las burbujas de los líquidos más o menos espiritosos, pero sin hacer una liquidación transparente de lo que nos ha podido costar el año viejo. Los únicos números, que salen en danza, son los de los distintos bailes, los de las variadas canciones de antaño y los de los chistes con más años que la república franquista de la dictadura.
    Si las transparencias de género les sacan a más de uno los colores a la cara, las transparencias de número sonroja solamente a unos pocos desgraciados, que quedan olvidados de sus amigos de faenas. Afanar es un deporte nacional y nacionalista que cuenta con una numerosa corte de pícaros que nos hacen ver, con el número de la economía nacional, unas posibilidades infinitas de una buena administración, solo reconocida y aplaudida por los opacos votos secretos de las manos ciegas que no ven que el gobierno va desnudo como el rey del cuento.
    “Todas las cosas son, en esencia, números” nos decía Pitágoras y nuestros políticos se machacan la sesera para defender la esencia de las cosas que van de números y que por ser esencia no es visible a nuestros ojos. Incluso podrían hacer de nuestra lengua una lengua anumérica. No tienen que rendir cuenta; les basta con imponerlas y así quedamos todos rendidos a sus desplantes.
    Así tenemos el número de las razones por las que no sabemos todavía a que se dedica el dinero del común, los recursos de todos, cuando nos enteramos indirectamente que se gasta más dinero que el año pasado en medallas, si es que los presupuestos están prorrogados. No son transparentes los números de los gastos militares, cuando nos enteramos solamente de que exceden las partidas del ministerio apropiado y se hace apropiación indebida de otras partidas que nos parten los números de las dotaciones de otros ministerios. No son transparentes los números de los puestos de trabajo creados, cuando sabemos que son números que son divisibles precariamente. No son transparentes los números ni los dedos que hurgan en la opaca hucha de las pensiones. No son transparentes los números del endeudamiento nacional que avanza sobre los lomos del de otros ejercicios en un número de circo que se antoja muy patriótico. No son transparentes las nóminas con sus nombres y apellidos de la famosa e inmaculada amnistía fiscal. Tampoco nos resultan transparentes los números del rescate bancario y a lo “perdío” al  río, en este caso, cenagoso de unas amistades nada transparentes. De las tarjetas black no tenemos ni que hablar porque por huir de toda transparencia se llamaban así: negras; un “blackmail” más, uno de tantos, como el del 3% de Pujol.
    Podríamos seguir así con este rosario, lleno de espinas, que constituye toda la ceremonia de la confusión y del engaño, como si no tuviéramos ya bastante con el caos de las promesas electorales. Cualquier recorrido por la falta de esta transparencia de número parece cerrar este rosario con unas pocas cuentas de casos aislados; al final ¡qué cruz, la que nos queda colgando desde el rosario del espejo retrovisor!
josemª     
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