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El plan perfecto
Pedro Biedma. 31.12.17 
Ese día todo iba a ser distinto, se acabaría su papel secundario de marioneta manejada por los caprichos del viento. Se vio reflejado en el espejo que presidía su salón y su rostro era diferente, no se reconocía, su plan perfecto, maquinado sin piedad durante la silenciosa noche, comenzaba a dar sus frutos. Cerró con rabia la puerta de su casa, ataviado con las prendas que a él le vino en ganas, y le dijo adiós al ridículo. Nada más salir se encontró de frente con la altiva familia de sus temores, no faltaba ni uno de ellos, esta vez no los esquivó cambiando de acera, se paró delante de ellos y, con la cabeza muy alta, los miró uno a uno a los ojos, escupió a sus pies y los despidió con un breve y contundente “hasta nunca”.
Continuó su camino con paso firme, al pasar por el bar donde solía estar siempre, observó como desde dentro le miraba y se burlaba la malvada mala suerte, sin más le hizo una señal con la mano derecha desafiándola a salir a su encuentro, la mala suerte avanzó sin miedo, pero a medida que se acercaba su risa disminuía, cuando la tuvo al alcance fue él quién soltó una enorme carcajada y sin previo aviso le clavó un puñal en pleno corazón. La abandonó allí tirada en el suelo y agonizando, se marchó, no sin antes decir “se acabaron tus risas, mala suerte”.
Se dirigió a la Avenida de la Esperanza y subió a un taxi, “directo al Tanatorio, por favor”, comentó al taxista. Tras abonar el importe correspondiente, esperó unos minutos fumando un cigarrillo, después se plantó en el lugar donde estaban enterrando, juntos como ellos deseaban, a la maldad y la insolidaridad, todos los presentes lloraban desconsolados, en cambio él disfrutaba como un niño con zapatos nuevos y rezaba para que sus almas ardieran en el infierno. Al acabar se formó una fila enorme para proceder a dar el pésame, él, armándose de mala educación, se colocó el primero y en vez de la frase ya hecha de “lo siento mucho”, caminó sonriente y negando la mano a cada uno de sus malos recuerdos, a la vez que les decía en voz alta “me alegro mucho, tu serás el próximo” y abandonó ese lúgubre escenario cantando y dando saltos acompasados al caminar.
Su plan estaba a punto de finalizar, sólo le quedaba ajustar cuentas con el fracaso, el pesimismo y la mentira, miró su reloj y era la hora perfecta para encontrarlos. Esta vez cogió el autobús, se bajó en una parada en medio de la nada, anduvo unos minutos campo a través y por fin los divisó, a unos cien metros se hallaban dando su paseo diario por ese pasaje desértico que él tan bien conocía.
Los siguió a cierta distancia y con mucho sigilo para no ser detectado, una vez que llegaron al punto que él esperaba, corrió hacia los tres con un enorme objeto de acero que había ocultado el día anterior, ellos al percatarse de su presencia se quedaron petrificados, incapaces de articular palabraalguna, tan solo el valiente fracaso balbuceó tímidamente “¿qué quieres?, fracasado”, él río a carcajada limpia hasta cansarse, los amenazó con el objeto y les obligó a colocarse de espaldas frente a un pozo existente, buscó detrás del pozo tres cuerdas que tenía escondidas y los
fue atando de pies a cabeza. Permaneció unos minutos fumando un segundo cigarrillo, disfrutando al ver como sus piernas temblaban igual que un flan al ser transportado en un plato. Apuró hasta el final su cigarro y muy despacio se acercó a ellos, uno a uno los empujó con sus dos manos para que volasen hasta el fondo de aquel profundo pozo, oyó con alegría el clásico ruido que emitieron sus cuerpos al entrar en contacto con el agua, cogió varias tablas de madera que encontró por las inmediaciones, las situó en la boca del pozo  y puso sobre ellas enormes y pesadas piedras. Tranquilo y más feliz que nunca, regresó a su casa donde se preparó un contundente almuerzo con su música favorita de fondo y después se introdujo en su cama para gozar de una merecida y reparadora siesta.
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