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Adiós, 2017
Jose Maria Barrionuevo Gil. 30.12.17 
Todos sabemos que te vas para no volver. Sin embargo, sabemos que no te vas porque no quieres que los Reyes te echen carbón, aunque, la verdad sea dicha, no te has portado muy bien con nosotros. Te vas, porque te vas. Nos dejas, porque nos dejas.
Para empezar te recordamos que te llevaste a algunos compañeros, que se podían haber quedado un poco más con nosotros. Es que le habíamos cogido cariño, sobre todo, porque eran animosos, leales y se preocupaban y ocupaban de los demás. No eran pasajeros indolentes, porque no se habían contaminado de tu distante  pero porfiada pereza. Se buscaban las habichuelas como podían y encima no se las quedaban. Parecía que tenían “más días que ollas”, porque eran capaces de quitárselo de su boca y trabajar por mejores tiempos con días con colmo.
Luego te enredaste con la política y ahí sí que te has lucido. Se te iban los días al desierto y se quedaban sin pan ni agua muchos de los que dependían de los “tira y afloja” de tus días perdidos por el salón “de los pasos perdidos”, de las voces perdidas de las maquinaciones que les ponían a más de uno hasta el alma perdida. Tantas salpicaduras se nos repartían, que costaba trabajo ver el presente, saber de las dolencias que teníamos y, ¡no decimos nada!, de las goteras que nos irían cayendo insistentemente, demagógicamente, descarada o furtivamente, porque “no estaba el horno para bollos” y se nos quemaban hasta las manos.
Te dejaste llevar de los de siempre, te pusiste en las manos menos cuidadosas que quizá “conocieron los siglos”. Había muchas manos levantadas porque nos habían gritado a traición, mientras otras recogían todo lo que podían a nuestras espaldas, aprovechándose de tus días, porque durante tus noches estaban seguros para sus orgías o para descansar, porque de día tenían una sed insaciable de riquezas bastardas, que nunca colmaban sus voraces apetitos.
    Dejaste, quizá por cansancio, abandonado el tablero de ajedrez y hasta los peones iban devorando al soslayo. Las torres de la justicia se te movían como gato por su casa, movidas por unas manos más que poderosas, que habían colocado todas las torres del mismo color. Y ya sabemos que las torres, cuando se encastillan, defienden una sola bandera con un monocrómico bicolor. Los “alfiles”, siguiendo caminos oblicuos, entraron como “elefantes” en una cacharrería a las órdenes del comandante en jefe “Piolín” y pincharon a más de uno como alfileres, sin conciencia ni miramientos arrojándolos contra el duro suelo de la patria, como sabemos por las noticias.
    El enroque fue magistral, porque los magistrados, magistralmente dejaron fuera de juego las piezas que pudieron tener a mano, ante la mirada del mundo, que por una vez y después de muchos años, volvió sus atentos ojos a esta celtiberia de siempre. Y el mundo se mostró confundido, porque no se esperaba tamaña hazaña de tamaños despropósitos. El enroque te sirvió para que no nos olvidáramos de tus últimos días, en que todos, al parecer, teníamos la culpa y el enrocado se puso a juego con no sabemos qué poder engañoso que se desplegaba desde los mentideros de la corte.
    No sabemos cómo se te ha quedado tu dolorido cuerpo, después de los días 21 y 22, con el apósito del 155, que no ha sido capaz de curarte ninguna herida. Es verdad que el tiempo lo cura todo, pero será otro tiempo, porque no hubo ningún alma de tus entretelas que te dijera “Sé fuerte. Mañana hablamos”. Don Tancredo esperó a que se te gastaran los días, como te pasó tantas veces en esta campaña anual, porque ya te quedaban los días más que contados. Nunca la esperanza fue más infame que las promesas ni las promesas tan bastardas como los castigos.
    La partida se acaba y tu partida es un alivio para los maltratados, sobre todo, las mujeres, porque no tuviste cuidado con ellas ni fuiste diligente en evitar tantas lágrimas y tanta sangre. Te vas solo, como llegaste, y no quisiste compartir alegrías, porque te parecía que eran solo tuyas.
    No tienes que preocuparte más de nosotros, porque nos dejas en buenas manos que son solo las nuestras, que son las mismas con las que hemos cosechado la experiencia que hemos conseguido en tus días. A pesar de todo, gracias por habernos dejado vivir durante todos tus días.

josemª
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