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La partida de ajedrez
Pedro Biedma. 25.12.17 
Por fin llegó el domingo y Julio se encontraba exultante de felicidad pues tocaba visita familiar, hoy vería a su único hijo Pablo y con suerte a su nieto Julian. A sus ochenta años pocas cosas alegraban ya su vida, para ser exacto sólo dos, la ya mencionada visita dominical y la partida nocturna de ajedrez con su amigo de habitación al que él llamaba simplemente “mala cara”, Julio había sido siempre un apasionado y gran jugador de este juego, pocas personas podían presumir de haberle vencido alguna vez.
A las once de la mañana y puntual como siempre, apareció su hijo, esta vez no le acompañaba Julián. Tras el beso y abrazo de rigor, ambos conversaron sobre las novedades transcurridas durante la semana, pocas la verdad. Pasada una media hora Julio le hizo una confesión a Pablo, se le notaba atemorizado y sin saber cómo empezar a relatar lo que le sucedía. Tras unos segundos, tomó aire y le comentó a su hijo que el lunes por la noche, y antes de empezar a jugar, su amigo “mala cara”, le hizo una propuesta no negociable, consistía en qué si Julio le vencía, como solía hacer diariamente, le otorgaría cualquier deseo que pidiera, en cambio sí perdía, “mala cara se apoderaría de su alma.
Pablo lo escuchó pero sin darle importancia ya que todos creían que su amigo era una invención creada por su mente y alimentada por la soledad y los efectos de su avanzada edad. De hecho Julio no compartía habitación con ningún compañero, y los residentes tenían prohibido abandonar sus dependencias a partir de las diez de la noche. Cuando las cuidadoras realizaban su turno de vigilancia, sobre las doce de la noche, siempre se hallaban con la misma escena, Julio sentado frente a un tablero de ajedrez y hablando solo, él les preguntaba que ¿porqué no saludaban a su amigo?, al que definía como un señor vestido de oscuro totalmente que nunca sonreía y con muy mala cara, las cuidadoras pronunciaban un breve “hola”, para darle la razón, a la vez que pensaban “pobre hombre” y después se marchaban. Julio le siguió contando a su hijo, el cuál no cesaba de mirar su reloj, qué desde esa propuesta no había conseguido ganar a “mala cara”, y el sábado estuvo a punto de perder, todas las partidas acabaron en tablas y eso que él utilizó casi todas sus armas secretas, esta noche utilizaría una estrategia con la que siempre resultó vencedor. Sospechaba que “mala cara” le había engañado fingiendo al principio no saber apenas jugar, pero en cuestión de días, resultaba ser el mejor ajedrecista que había conocido. Así transcurrieron las horas y tras acabar el almuerzo Pablo le besó y se despidió hasta el próximo domingo, el padre con un par de lágrimas en los ojos le dijo “¡ojalá!, hijo”. En el viaje de regreso Pablo recordaba la historia narrada por su padre y murmuraba “pobre papá, cada día va a peor”, cuando llegó a su casa, prácticamente lo había olvidado todo.
El lunes por la mañana, antes de salir hacia el trabajo, el teléfono sonó, era el Director de la residencia quien le comunicó que su padre, tristemente había fallecido, lo encontraron al llevarle el desayuno, estaba sentado junto a su tablero de ajedrez y parecía haber sufrido un ataque al corazón durante la noche.
Inmediatamente y acompañado de su hijo y mujer, tomaron rumbo a la residencia, cuando llegaron el cuerpo de Julio ya se encontraba preparado para ser trasladado al tanatorio municipal. Después de ver el cuerpo de su padre y al observar que le faltaba su reloj de pulsera, Julio siempre lo guardaba en la mesita por las noches, solicitó permiso para ir a su habitación y recogerlo. Al entrar notó una mezcla de sensaciones, soledad, tristeza y frío, sobre todo mucho frío, observó el tablero, con las piezas tal y como las dejó colocadas esa noche y donde su padre había jugado tantas noches imaginarias partidas para, combatir la ausencia de sus seres queridos, entonces se sentó a los pies de la cama y derramó todo su dolor e impotencia en forma de llanto, tras unos minutos se tranquilizó, secó su rostro y tomó el reloj. Antes de cerrar la puerta una mala intuición le obligó a girarse, lo que vio lo dejó paralizado, aterrado. Una sombra inmensa y negra parecía estar sentada en el lugar que debía ocupar el jugador con piezas negras, su padre siempre elegía las blancas, entonces observó como ante su atónitos ojos, el caballo negro y sin que nadie lo tocara, realizaba un perfecto movimiento, inmediatamente la sombra desapareció. Lentamente y con un miedo supremo, se dirigió al tablero y observó la partida, el caballo acababa de dar un jaque mate al rey perfecto.
TÍTULO : LA PARTIDA DE AJEDREZ
SEUDÓNIMO : KAS
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